Subió al piso de arriba. Todo estaba vacío, la
luz que entraba por las ventanas no era suficiente para iluminar la amplia sala
con zonas en penumbra. Algunos muebles aquí y allá, armarios con las puertas
abiertas, sillas sueltas y percheros desperdigados daban la impresión de
abandono y desolación.
La obsesión por el ahorro de la
nueva dirección estaba llevando la situación a extremos impensables, reduciendo
los suministros de todo. Conseguir cualquier artículo de oficina era difícil,
así que cuando se rompió una de las ruedas de su silla no dudó en subir a
rebuscar entre el material abandonado en las plantas desalojadas.
En la primera de las dos grandes
salas que conformaban la mayor parte del segundo piso no encontró nada. Pasó a
la segunda. Al fondo, unas mamparas transparentes separaban lo que antes fueron
despachos. Entró en uno de ellos y en un rincón encontró lo que buscaba, una
silla con bastante buen aspecto.
Estaba examinándola detenidamente
antes de llevársela cuando el sonido de un timbre le sobresaltó. Se oía en el
despacho de al lado. Pasó y vio en el suelo un teléfono.
Sonaba insistentemente. Dudó,
levantó el auricular;
―Dígame.
―Buenas, amigo ―dijo una voz con un fuerte
acento sudamericano.
― ¿Qué hay?
―Tardé en llamar, disculpe, pero ya sabe,
estaba atareado con otro trabajo. Sólo deseaba confirmarle que recibí la
primera transferencia. Me ocupo de lo suyo. Tranquilo, amigo, en quince días ya
no tendrá que preocuparse más de su mujer, yo lo resuelvo y, por supuesto,
espero el próximo pago.
Se quedó perplejo y no supo que
decir. Sólo le salió un balbuceo.
―Bien.
―Chao, amigo.
La comunicación se cortó. El
interlocutor había colgado.
Desconcertado, no sabía que
pensar. ¿Qué había querido decir con lo de que se ocupaba de su mujer? ¿La
mujer de quién? ¿Quién ocupaba anteriormente ese despacho? La forma de hablar
le había resultado extraña, brusca, amenazante. ¿O era tal vez su imaginación?
La sala vacía, los rincones en
penumbra resultaban inquietantes y, cuando llevabas un rato, el profundo
silencio resultaba incómodo. “Eso era ―pensó―, el entorno y su imaginación le
estaban jugando una mala pasada”. Una conversación seguramente normal con un
interlocutor equivocado.
Volvió a su sitio con la silla y
reanudó su trabajo. Llevaba un rato cuando no pudo evitar volverse y comentar
con su compañera:
― ¿Sabes quién ocupaba los despachos del fondo
arriba, en el ala de ingeniería?
―No sé. ¿Por qué lo preguntas?
―Por nada, simple curiosidad. He estado arriba
y he cogido esta silla. Me gustaría saber a quién pertenecía.
―Déjame pensar. Creo que te refieres a los
despachos de Mauricio Félez y Antonio Lafuente, no sé exactamente a quien
pertenecía cada uno. Mauricio se acaba de jubilar y Antonio, ya sabes, se fue
de la empresa.
― ¡Cuanta gente ha pasado por aquí! ¿Qué vida
llevaran?.
―Mauricio buena, era un pinta y ya sabes que
esos siempre tienen suerte. Dejó a su esposa, con la que llevaba toda la vida,
y ahora va con una mujer de Europa del este, no sé si ucraniana o polaca,
despampanante y mucho más joven que él.
― ¿Y Antonio? Ese era muy majo y parecía buena
persona.
―Lo era, espero que lo siga siendo. Pero, al
revés, a las buenas personas la vida los machaca.
― ¿Qué quieres decir?
―También está separado o divorciado, no sé,
pero su caso es completamente distinto. Estaba muy enamorado, pero su mujer no.
Se casó con él por despecho, porque la había dejado un novio anterior, un
caradura del estilo de Mauricio. A la larga el matrimonio se fue a pique.
Se quedó pensativo. Dos personas
con problemas matrimoniales. Una casualidad, probablemente, casos como esos
había a cientos. Como decía su compañera, la vida es así.
Se fue a casa. Encendió la
televisión. Estaban emitiendo las noticias. Se sorprendió al escuchar: “Empresario
de Barbastro detenido por el asesinato de su esposa”. “Fue el propio hijo de la
pareja el que alertó a la guardia civil. Al parecer, en el móvil de su padre
detectó mensajes muy sospechosos que, comprobados por la benemérita, resultaron
ser contactos con un sicario mejicano. Según las autoridades, es muy peligroso
y no ha podido ser detenido”.
“¡Caramba como está el mundo!”. Pensó
en sus dos antiguos compañeros de trabajo, ambos con matrimonios complicados. Contratar
un sicario podía ser una manera rápida de zanjar sus problemas o tal vez de
eliminar sus frustraciones.
El sábado por la mañana salió a
dar una vuelta y a hacer recados. Tenía que ir a la herboristería. Era muy
aficionado al té de jengibre y se le estaba acabando. Sin saber por qué, en vez
de ir al establecimiento más cercano, encaminó sus pasos a una pequeña y
coqueta tienda de productos naturales y dietéticos que estaba en una estrecha
calle del casco antiguo.
El local estaba regentado por la
esposa de Mauricio. Él mismo se había encargado de hacer propaganda entre sus
compañeros cuando su relación todavía no había naufragado. Detrás del mostrador
estaba la propietaria. Era una mujer ya no muy joven pero no carente de
atractivo. Sonriente y amable le preguntó que deseaba.
Tenía varios tipos de té de
jengibre. No tuvo inconveniente en asesorar a su cliente. Casi sin darse cuenta
entablaron conversación. Él le dijo que era un lobo solitario. Ella le comentó
que hacía algún tiempo que se había separado y que todavía se estaba adaptando
a la situación
Poco tiempo después se presentó
allí de nuevo con el pretexto de comprar copos de avena. La señora parecía muy
tranquila. Se acordaba de él y estuvo otra vez muy amable. Comentaron
brevemente sus respectivas soledades, pero la ex de Mauricio no se extendió
demasiado. Le atendió con la cortesía del comerciante que quiere convertir a un
cliente ocasional en habitual pero no fue más allá.
Unos días más tarde paseaba por el
parque norte de la ciudad y ¡oh sorpresa!, vio venir de frente a Antonio
Lafuente. Se saludaron cordialmente. Antonio parecía algo envejecido y triste.
Él sí se explayó acerca de su situación sentimental. Parecía necesitado de un
hombro sobre el que llorar.
Le habló de su decepción, de cómo
se había esforzado en crear un hogar feliz, de los primeros tiempos en los que
creyó haberlo conseguido y del momento actual en el que no tenía otro remedio
que aceptar que había fracasado.
Su compañero intentó animarlo con
argumentos no por repetidos menos ciertos:
―Eres inteligente y agradable Antonio. Tienes
toda una vida por delante. Hay mil cosas que puedes hacer y el mundo está lleno
de gente, amigos nuevos. Lo más importante es que no te destroces a ti mismo,
ni malgastes tu tiempo con amargura y odio.
― Gracias por tu apoyo. No te preocupes,
amargura y tristeza sí tengo, odio no. En fin, lo intentaré. No sé por dónde
empezar. A lo mejor me vuelvo a apuntar al club de montaña. Salir los fines de
semana me ayudará.
― ¡Claro que sí, hombre! Sol, aire, ejercicio
e ir con un grupo de gente sana y agradable. Es lo que necesitas. A ver si la
próxima vez que nos veamos me cuentas tus excursiones por el monte.
Se despidió de Antonio contento
por haberlo animado y también de poderlo descartar como posible agresor de su
expareja. Ya sólo le quedaba Mauricio de sospechoso. Seguiría comprando en la
herboristería ―se dijo―.
Pasó el tiempo sin grandes
novedades. Una mañana notó los ojos irritados, la vista muy cansada por la
pantalla del ordenador y decidió dar un paseo por la zona de la oficina que
habían despejado.
Unos operarios estaban sacando los
últimos muebles para llevarlos al almacén.
―Olvidan ese teléfono – les comentó.
―No. Tenemos que dejarlo. Martínez Calvo, el
jefe de mantenimiento, nos ha dado instrucciones de no retirarlo hasta nueva
orden. Ya sabe, nos marean. ¡Mira tú que más daría llevárselo ya!
Cuando volvió a su mesa encontró a
su compañera alterada y nerviosa.
― ¿Sabes lo que ha pasado?
―No. ¿A qué te refieres?
―La esposa de Martínez Calvo, el jefe de
mantenimiento, se ha despeñado con el coche subiendo al Pirineo. Al parecer ha
sido al tomar una curva en el desfiladero del valle Norte.
Se quedó inmóvil, muy sorprendido.
¡Ni Antonio, ni Mauricio! El jefe de mantenimiento. Había utilizado ese
teléfono que ya no usaba nadie para hacer todas las llamadas necesarias y
planear el asesinato. Los operarios a los que había dado la orden eran de una
contrata externa y difícilmente relacionarían el tema. Sólo una casualidad le
había permitido a él sospechar la verdad. Sospecha que se fue convirtiendo en
certidumbre, a pesar de que no creía tener pruebas suficientes para acudir a la
policía. Elucubraciones, le dirían. Y lo más probable es que le aconsejaran
visitar un psiquiatra.
― ¿Qué te pasa? Estás pálido. Creo que
últimamente trabajas demasiado.
Se fue a casa. Inquieto, no pegó
ojo en toda la noche. El amanecer le sorprendió despierto, nervioso y sin saber
qué hacer.
Dos días más tarde seguía en la
misma situación de incertidumbre e indecisión cuando sucedió algo totalmente
inesperado. Recibió una citación para presentarse en una comisaría próxima a su
domicilio.
Acudió preocupado. No se imaginaba
que podía ocurrir. Le atendió un amable policía. Le dijo que habían recibido
una queja de la propietaria de una céntrica herboristería. Al parecer la señora
estaba alarmada porque sus visitas le parecían insistentes e innecesarias. Se
veía claramente que el agente lo tomaba por un Don Juan con poco éxito.
Él, a su vez, vio la ocasión
perfecta para comunicar a la autoridad el caso que llevaba días atormentándolo.
Contó la historia con todo
detalle: la oficina vacía, el teléfono dejado allí como olvidado, la extraña
conversación. Sus primeras sospechas y la certidumbre final de que el jefe de
mantenimiento era el responsable de la muerte de su esposa. El agente juzgó el
tema lo suficientemente grave para ponerlo en conocimiento del comisario. Éste
vino y el repitió toda la historia punto por punto. Tomaron nota de todo, le
hicieron firmar la declaración y le tranquilizaron. Ellos se ocuparían. Se
podía marchar.
Cuando se fue, aliviado y
relajado, el comisario y el agente se miraron. ¡Otro pirado que se cree
Sherlock Holmes!¡Mira que dan trabajo y que pesados son! El comisario parecía
irritado.
El agente comentó:
―No sé, tal vez podríamos comprobar el
teléfono que dice.
― ¡Ni hablar! No estamos para perder el
tiempo. Ya llevamos tres detectives aficionados esta semana y tenemos una
barbaridad de temas que resolver. Además, ya has visto donde trabaja ¿no?
―Si, en la fábrica de motos, esa grande que
instalaron en el polígono Tresvalles.
―Pues a todos esos se le ha subido a la cabeza
lo de la multinacional y le dan vueltas a cualquier cosa. Te lo digo yo que
tengo un pariente trabajando allí. ¡Asunto zanjado!
Mientras tanto en el cuartel de la
guardia civil del pequeño pueblo al final del desfiladero del valle Norte, el
teniente meditaba, intrigado por el accidente sucedido en el terreno de su
competencia.
Conocía a la señora (aquello era
tan pequeño que se conocían todos). Era una mujer tranquila, buena conductora
y, por supuesto, no bebía ni tomaba drogas. No había ese día demasiada
circulación ni inclemencias del tiempo. Nada que pudiera justificar un
accidente tan terrible.
Lo malo es que sus superiores no
lo veían así. Una carretera estrecha y llena de curvas, una conductora ya no
muy joven……no había que pensar más, la vía era difícil y la conductora una
torpe. Tema resuelto.
No obstante, le pidió al mecánico
del pueblo que echara un vistazo a los restos del vehículo antes de que se los
llevaran a la chatarra. Una cosa extraoficial, más bien un favor entre amigos.
Un par de días después, el
mecánico y el teniente conversaban acodados en la barra del bar:
―No me lo explico ―decía el mecánico―. Yo
mismo le hice una puesta a punto hace un mes y le cambié las zapatas del freno.
Le puse unas nuevecitas, te doy mi palabra. Ahora el coche llevaba unas viejas
y desgastadísimas. Es lo que ha podido producir el accidente, que al ir a
aminorar en la curva no le hayan respondido los frenos como ella esperaba y se
haya salido de la carretera.
― ¿Podemos demostrarlo? ―preguntó el teniente.
―Me temo que no. No le hice factura.
Se les unió la médica del pueblo.
Llevaba ya un año por allí. El teniente y ella sintonizaban.
―Estábamos comentando el accidente del
desfiladero. Tengo la impresión de que no fue fortuito pero no puedo demostrar
nada. A tu consulta acudía con frecuencia. ¿Sabes si tenía algún problema con
alguien?
― ¿Cómo para matarla, quieres decir?
― ¿Por qué no? Tanto Adrián como yo estamos
extrañados, él como mecánico que conocía el vehículo y yo, porque a esta señora
la tenía por tranquila, responsable y buena conductora.
―Era todo eso, pero no una persona feliz
precisamente. No se llevaba bien con su marido, pero eso no es raro y tampoco
motivo suficiente para matar a nadie.
― ¿El marido es ese bajito que va siempre muy
estirado?
―Si, efectivamente. Me recuerda a “la hormiga
atómica” porque va a todas partes con el casco puesto. Ya sabes. aquella serie
de dibujos animados. Tiene moto y de las grandes. Trabaja en la multinacional
que las fabrica. No sabes lo creído que se lo tiene y como se pavonea.
Al día siguiente, en su oficina,
el teniente decidió solicitar información a la Policía Nacional. Remitió una
copia del expediente por si hubiera alguna investigación paralela.
El informe con las sospechas del compañero del
marido de la señora accidentada estaba pendiente de ser procesado. Se retrasó
porque el agente encargado se había cogido un par de semanas de vacaciones
dejándolo en el cajón y su sustituto desconocía su existencia. Se recibió,
efectivamente, la consulta de la Guardia Civil y se escudriñaron escrupulosamente
las bases de datos, pero no estaban actualizadas.
Las vidas de nuestros personajes
siguieron adelante.
El comisario, también de
vacaciones, había olvidado ya el tema.
El teniente de la Guardia Civil no
vio manera de continuar con la investigación y la archivó.
El empleado que había descolgado
el teléfono buscó insistentemente en los periódicos durante muchos meses alguna
referencia al caso que había denunciado. Sin éxito, pensó que no le habían
hecho caso. Tenía razón.
El jefe de mantenimiento, después
del funeral, los pésames y demás trámites se compró una Harley Davidson, el
sueño de su vida (su mujer no le dejaba hacerlo aduciendo que era de mal gusto)
y un casco lleno de dibujos. También se dejó una perilla y el pelo largo, a pesar
de que las sienes le raleaban.
Al comprar la moto se enfadó con
el vendedor. Se le había ocurrido sugerir que tal vez era una máquina demasiado
grande y pesada para su altura.
“¡Qué sabrá él!” ―se dijo―. Si yo
digo que es la que quiero es ésa y punto.
Pero estaba tan contento y
orgulloso que no le dio más importancia. Volaba por carreteras y autopistas y
no se podía sentir más feliz. ¡Al fin llevaba la vida que siempre había
deseado!
“Es verdad también ―pensaba― que a
la suerte a veces hay que ayudarla un poco”. En su caso había sido sencillo. Primero
algunos conocimientos de mecánica: “No te preocupes, cariño, que yo te repaso
el coche a ver si te lo han hecho bien. De estos mecánicos de pueblo no te
puedes fiar”.
Segundo, la ayuda de otra persona
que sigue el coche, muy cerca, tan cerca que pone nerviosa a la conductora. Se
le echa encima, la obliga a llevar una velocidad alta, más alta de lo
conveniente. Llega la curva fatídica, esa que hay que tomar en segunda, un giro
casi total que rodea uno de los riscos del desfiladero. Frena a fondo, tarde,
los frenos no le responden y se precipita al vacío.
Pero mejor no pensar en cosas
pasadas. El próximo fin de semana se celebraba una concentración de Harleys en
los Alpes franceses. ¡Qué oportunidad! Gente de todas las nacionalidades, las
mejores motos, el mejor ambiente. ¡No se lo podía perder!
Días más tarde, acodado en la
barra del bar montado para los moteros de la concentración, saboreaba una jarra
de cerveza de litro a la vez que presumía ante una rubia teutona, corpulenta y
también aficionada a las motos. Ni el inglés de ella ni el de él eran buenos,
pero lo suficiente para que ella sugiriera que le gustaría dar una vuelta en su
gran moto y que él aceptara encantado.
“Todavía estoy de buen ver”, pensó
metiendo tripa. No en vano se había comprado un chaleco de cuero nuevo con unas
alas a la espalda y se había anudado un pañuelo de calaveras para disimular la
incipiente calva.
Una estrecha carretera de montaña
subía a un mirador desde el valle en el que estaba la concentración de moteros.
Subieron por ella. El paisaje era espectacular y el aire de montaña les agitaba
con fuerza el pelo que sobresalía del casco.
Estuvieron un rato en el mirador,
pero el sol empezaba a ponerse y decidieron bajar. Irían a cenar a algún sitio
y después…………ya veríamos. Se miraron con sonrisa cómplice y se montaron en la
moto.
A él la euforia le daba más alas
que la moto. Enfiló el descenso agresivamente. Quería impresionar. Lo
consiguió.
Al llegar a una curva cerrada, muy
cerrada, como tantas curvas de carretera de montaña, como aquella otra curva
gracias a la cual había conseguido todo lo que quería……………
Tuvo que frenar bruscamente, iba
demasiado deprisa. La moto saltó, la rubia saltó, él no pudo controlarlo,
demasiada moto, demasiada rubia…….…..Y mientras se despeñaba por la ladera del
monte, un pensamiento, el último, pasó como una ráfaga : “¡Ay Mari Carmen! ¡Por
qué no te haría caso!”