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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

LA HORMIGA ATÓMICA

 

              Subió al piso de arriba. Todo estaba vacío, la luz que entraba por las ventanas no era suficiente para iluminar la amplia sala con zonas en penumbra. Algunos muebles aquí y allá, armarios con las puertas abiertas, sillas sueltas y percheros desperdigados daban la impresión de abandono y desolación.

              La obsesión por el ahorro de la nueva dirección estaba llevando la situación a extremos impensables, reduciendo los suministros de todo. Conseguir cualquier artículo de oficina era difícil, así que cuando se rompió una de las ruedas de su silla no dudó en subir a rebuscar entre el material abandonado en las plantas desalojadas.

              En la primera de las dos grandes salas que conformaban la mayor parte del segundo piso no encontró nada. Pasó a la segunda. Al fondo, unas mamparas transparentes separaban lo que antes fueron despachos. Entró en uno de ellos y en un rincón encontró lo que buscaba, una silla con bastante buen aspecto.

              Estaba examinándola detenidamente antes de llevársela cuando el sonido de un timbre le sobresaltó. Se oía en el despacho de al lado. Pasó y vio en el suelo un teléfono.

              Sonaba insistentemente. Dudó, levantó el auricular;

 ―Dígame.

―Buenas, amigo ―dijo una voz con un fuerte acento sudamericano.

― ¿Qué hay?

―Tardé en llamar, disculpe, pero ya sabe, estaba atareado con otro trabajo. Sólo deseaba confirmarle que recibí la primera transferencia. Me ocupo de lo suyo. Tranquilo, amigo, en quince días ya no tendrá que preocuparse más de su mujer, yo lo resuelvo y, por supuesto, espero el próximo pago.

              Se quedó perplejo y no supo que decir. Sólo le salió un balbuceo.

―Bien.

―Chao, amigo.

              La comunicación se cortó. El interlocutor había colgado.

              Desconcertado, no sabía que pensar. ¿Qué había querido decir con lo de que se ocupaba de su mujer? ¿La mujer de quién? ¿Quién ocupaba anteriormente ese despacho? La forma de hablar le había resultado extraña, brusca, amenazante. ¿O era tal vez su imaginación?

              La sala vacía, los rincones en penumbra resultaban inquietantes y, cuando llevabas un rato, el profundo silencio resultaba incómodo. “Eso era ―pensó―, el entorno y su imaginación le estaban jugando una mala pasada”. Una conversación seguramente normal con un interlocutor equivocado.

              Volvió a su sitio con la silla y reanudó su trabajo. Llevaba un rato cuando no pudo evitar volverse y comentar con su compañera:

― ¿Sabes quién ocupaba los despachos del fondo arriba, en el ala de ingeniería?

―No sé. ¿Por qué lo preguntas?

―Por nada, simple curiosidad. He estado arriba y he cogido esta silla. Me gustaría saber a quién pertenecía.

―Déjame pensar. Creo que te refieres a los despachos de Mauricio Félez y Antonio Lafuente, no sé exactamente a quien pertenecía cada uno. Mauricio se acaba de jubilar y Antonio, ya sabes, se fue de la empresa.

― ¡Cuanta gente ha pasado por aquí! ¿Qué vida llevaran?.

―Mauricio buena, era un pinta y ya sabes que esos siempre tienen suerte. Dejó a su esposa, con la que llevaba toda la vida, y ahora va con una mujer de Europa del este, no sé si ucraniana o polaca, despampanante y mucho más joven que él.

― ¿Y Antonio? Ese era muy majo y parecía buena persona.

―Lo era, espero que lo siga siendo. Pero, al revés, a las buenas personas la vida los machaca.

― ¿Qué quieres decir?

―También está separado o divorciado, no sé, pero su caso es completamente distinto. Estaba muy enamorado, pero su mujer no. Se casó con él por despecho, porque la había dejado un novio anterior, un caradura del estilo de Mauricio. A la larga el matrimonio se fue a pique.

              Se quedó pensativo. Dos personas con problemas matrimoniales. Una casualidad, probablemente, casos como esos había a cientos. Como decía su compañera, la vida es así.

              Se fue a casa. Encendió la televisión. Estaban emitiendo las noticias. Se sorprendió al escuchar: “Empresario de Barbastro detenido por el asesinato de su esposa”. “Fue el propio hijo de la pareja el que alertó a la guardia civil. Al parecer, en el móvil de su padre detectó mensajes muy sospechosos que, comprobados por la benemérita, resultaron ser contactos con un sicario mejicano. Según las autoridades, es muy peligroso y no ha podido ser detenido”.

              “¡Caramba como está el mundo!”. Pensó en sus dos antiguos compañeros de trabajo, ambos con matrimonios complicados. Contratar un sicario podía ser una manera rápida de zanjar sus problemas o tal vez de eliminar sus frustraciones.

              El sábado por la mañana salió a dar una vuelta y a hacer recados. Tenía que ir a la herboristería. Era muy aficionado al té de jengibre y se le estaba acabando. Sin saber por qué, en vez de ir al establecimiento más cercano, encaminó sus pasos a una pequeña y coqueta tienda de productos naturales y dietéticos que estaba en una estrecha calle del casco antiguo.

              El local estaba regentado por la esposa de Mauricio. Él mismo se había encargado de hacer propaganda entre sus compañeros cuando su relación todavía no había naufragado. Detrás del mostrador estaba la propietaria. Era una mujer ya no muy joven pero no carente de atractivo. Sonriente y amable le preguntó que deseaba.

              Tenía varios tipos de té de jengibre. No tuvo inconveniente en asesorar a su cliente. Casi sin darse cuenta entablaron conversación. Él le dijo que era un lobo solitario. Ella le comentó que hacía algún tiempo que se había separado y que todavía se estaba adaptando a la situación

              Poco tiempo después se presentó allí de nuevo con el pretexto de comprar copos de avena. La señora parecía muy tranquila. Se acordaba de él y estuvo otra vez muy amable. Comentaron brevemente sus respectivas soledades, pero la ex de Mauricio no se extendió demasiado. Le atendió con la cortesía del comerciante que quiere convertir a un cliente ocasional en habitual pero no fue más allá.

              Unos días más tarde paseaba por el parque norte de la ciudad y ¡oh sorpresa!, vio venir de frente a Antonio Lafuente. Se saludaron cordialmente. Antonio parecía algo envejecido y triste. Él sí se explayó acerca de su situación sentimental. Parecía necesitado de un hombro sobre el que llorar.

              Le habló de su decepción, de cómo se había esforzado en crear un hogar feliz, de los primeros tiempos en los que creyó haberlo conseguido y del momento actual en el que no tenía otro remedio que aceptar que había fracasado.

              Su compañero intentó animarlo con argumentos no por repetidos menos ciertos:

―Eres inteligente y agradable Antonio. Tienes toda una vida por delante. Hay mil cosas que puedes hacer y el mundo está lleno de gente, amigos nuevos. Lo más importante es que no te destroces a ti mismo, ni malgastes tu tiempo con amargura y odio.

― Gracias por tu apoyo. No te preocupes, amargura y tristeza sí tengo, odio no. En fin, lo intentaré. No sé por dónde empezar. A lo mejor me vuelvo a apuntar al club de montaña. Salir los fines de semana me ayudará.

― ¡Claro que sí, hombre! Sol, aire, ejercicio e ir con un grupo de gente sana y agradable. Es lo que necesitas. A ver si la próxima vez que nos veamos me cuentas tus excursiones por el monte.

              Se despidió de Antonio contento por haberlo animado y también de poderlo descartar como posible agresor de su expareja. Ya sólo le quedaba Mauricio de sospechoso. Seguiría comprando en la herboristería ―se dijo―.

              Pasó el tiempo sin grandes novedades. Una mañana notó los ojos irritados, la vista muy cansada por la pantalla del ordenador y decidió dar un paseo por la zona de la oficina que habían despejado.

              Unos operarios estaban sacando los últimos muebles para llevarlos al almacén.

―Olvidan ese teléfono – les comentó.

―No. Tenemos que dejarlo. Martínez Calvo, el jefe de mantenimiento, nos ha dado instrucciones de no retirarlo hasta nueva orden. Ya sabe, nos marean. ¡Mira tú que más daría llevárselo ya!

              Cuando volvió a su mesa encontró a su compañera alterada y nerviosa.

― ¿Sabes lo que ha pasado?

―No. ¿A qué te refieres?

―La esposa de Martínez Calvo, el jefe de mantenimiento, se ha despeñado con el coche subiendo al Pirineo. Al parecer ha sido al tomar una curva en el desfiladero del valle Norte.

              Se quedó inmóvil, muy sorprendido. ¡Ni Antonio, ni Mauricio! El jefe de mantenimiento. Había utilizado ese teléfono que ya no usaba nadie para hacer todas las llamadas necesarias y planear el asesinato. Los operarios a los que había dado la orden eran de una contrata externa y difícilmente relacionarían el tema. Sólo una casualidad le había permitido a él sospechar la verdad. Sospecha que se fue convirtiendo en certidumbre, a pesar de que no creía tener pruebas suficientes para acudir a la policía. Elucubraciones, le dirían. Y lo más probable es que le aconsejaran visitar un psiquiatra.

― ¿Qué te pasa? Estás pálido. Creo que últimamente trabajas demasiado.

              Se fue a casa. Inquieto, no pegó ojo en toda la noche. El amanecer le sorprendió despierto, nervioso y sin saber qué hacer.

              Dos días más tarde seguía en la misma situación de incertidumbre e indecisión cuando sucedió algo totalmente inesperado. Recibió una citación para presentarse en una comisaría próxima a su domicilio.

              Acudió preocupado. No se imaginaba que podía ocurrir. Le atendió un amable policía. Le dijo que habían recibido una queja de la propietaria de una céntrica herboristería. Al parecer la señora estaba alarmada porque sus visitas le parecían insistentes e innecesarias. Se veía claramente que el agente lo tomaba por un Don Juan con poco éxito.

              Él, a su vez, vio la ocasión perfecta para comunicar a la autoridad el caso que llevaba días atormentándolo.

              Contó la historia con todo detalle: la oficina vacía, el teléfono dejado allí como olvidado, la extraña conversación. Sus primeras sospechas y la certidumbre final de que el jefe de mantenimiento era el responsable de la muerte de su esposa. El agente juzgó el tema lo suficientemente grave para ponerlo en conocimiento del comisario. Éste vino y el repitió toda la historia punto por punto. Tomaron nota de todo, le hicieron firmar la declaración y le tranquilizaron. Ellos se ocuparían. Se podía marchar.

              Cuando se fue, aliviado y relajado, el comisario y el agente se miraron. ¡Otro pirado que se cree Sherlock Holmes!¡Mira que dan trabajo y que pesados son! El comisario parecía irritado.

              El agente comentó:

―No sé, tal vez podríamos comprobar el teléfono que dice.

― ¡Ni hablar! No estamos para perder el tiempo. Ya llevamos tres detectives aficionados esta semana y tenemos una barbaridad de temas que resolver. Además, ya has visto donde trabaja ¿no?

―Si, en la fábrica de motos, esa grande que instalaron en el polígono Tresvalles.

―Pues a todos esos se le ha subido a la cabeza lo de la multinacional y le dan vueltas a cualquier cosa. Te lo digo yo que tengo un pariente trabajando allí. ¡Asunto zanjado!

              Mientras tanto en el cuartel de la guardia civil del pequeño pueblo al final del desfiladero del valle Norte, el teniente meditaba, intrigado por el accidente sucedido en el terreno de su competencia.

              Conocía a la señora (aquello era tan pequeño que se conocían todos). Era una mujer tranquila, buena conductora y, por supuesto, no bebía ni tomaba drogas. No había ese día demasiada circulación ni inclemencias del tiempo. Nada que pudiera justificar un accidente tan terrible.

              Lo malo es que sus superiores no lo veían así. Una carretera estrecha y llena de curvas, una conductora ya no muy joven……no había que pensar más, la vía era difícil y la conductora una torpe. Tema resuelto.

              No obstante, le pidió al mecánico del pueblo que echara un vistazo a los restos del vehículo antes de que se los llevaran a la chatarra. Una cosa extraoficial, más bien un favor entre amigos.

              Un par de días después, el mecánico y el teniente conversaban acodados en la barra del bar:

―No me lo explico ―decía el mecánico―. Yo mismo le hice una puesta a punto hace un mes y le cambié las zapatas del freno. Le puse unas nuevecitas, te doy mi palabra. Ahora el coche llevaba unas viejas y desgastadísimas. Es lo que ha podido producir el accidente, que al ir a aminorar en la curva no le hayan respondido los frenos como ella esperaba y se haya salido de la carretera.

― ¿Podemos demostrarlo? ―preguntó el teniente.

―Me temo que no. No le hice factura.

              Se les unió la médica del pueblo. Llevaba ya un año por allí. El teniente y ella sintonizaban.

―Estábamos comentando el accidente del desfiladero. Tengo la impresión de que no fue fortuito pero no puedo demostrar nada. A tu consulta acudía con frecuencia. ¿Sabes si tenía algún problema con alguien?

― ¿Cómo para matarla, quieres decir?

― ¿Por qué no? Tanto Adrián como yo estamos extrañados, él como mecánico que conocía el vehículo y yo, porque a esta señora la tenía por tranquila, responsable y buena conductora.

―Era todo eso, pero no una persona feliz precisamente. No se llevaba bien con su marido, pero eso no es raro y tampoco motivo suficiente para matar a nadie.

― ¿El marido es ese bajito que va siempre muy estirado?

―Si, efectivamente. Me recuerda a “la hormiga atómica” porque va a todas partes con el casco puesto. Ya sabes. aquella serie de dibujos animados. Tiene moto y de las grandes. Trabaja en la multinacional que las fabrica. No sabes lo creído que se lo tiene y como se pavonea.

              Al día siguiente, en su oficina, el teniente decidió solicitar información a la Policía Nacional. Remitió una copia del expediente por si hubiera alguna investigación paralela.

El informe con las sospechas del compañero del marido de la señora accidentada estaba pendiente de ser procesado. Se retrasó porque el agente encargado se había cogido un par de semanas de vacaciones dejándolo en el cajón y su sustituto desconocía su existencia. Se recibió, efectivamente, la consulta de la Guardia Civil y se escudriñaron escrupulosamente las bases de datos, pero no estaban actualizadas.

              Las vidas de nuestros personajes siguieron adelante.

              El comisario, también de vacaciones, había olvidado ya el tema.

              El teniente de la Guardia Civil no vio manera de continuar con la investigación y la archivó.

              El empleado que había descolgado el teléfono buscó insistentemente en los periódicos durante muchos meses alguna referencia al caso que había denunciado. Sin éxito, pensó que no le habían hecho caso. Tenía razón.

              El jefe de mantenimiento, después del funeral, los pésames y demás trámites se compró una Harley Davidson, el sueño de su vida (su mujer no le dejaba hacerlo aduciendo que era de mal gusto) y un casco lleno de dibujos. También se dejó una perilla y el pelo largo, a pesar de que las sienes le raleaban.

              Al comprar la moto se enfadó con el vendedor. Se le había ocurrido sugerir que tal vez era una máquina demasiado grande y pesada para su altura.

              “¡Qué sabrá él!” ―se dijo―. Si yo digo que es la que quiero es ésa y punto.

              Pero estaba tan contento y orgulloso que no le dio más importancia. Volaba por carreteras y autopistas y no se podía sentir más feliz. ¡Al fin llevaba la vida que siempre había deseado!

              “Es verdad también ―pensaba― que a la suerte a veces hay que ayudarla un poco”. En su caso había sido sencillo. Primero algunos conocimientos de mecánica: “No te preocupes, cariño, que yo te repaso el coche a ver si te lo han hecho bien. De estos mecánicos de pueblo no te puedes fiar”.

              Segundo, la ayuda de otra persona que sigue el coche, muy cerca, tan cerca que pone nerviosa a la conductora. Se le echa encima, la obliga a llevar una velocidad alta, más alta de lo conveniente. Llega la curva fatídica, esa que hay que tomar en segunda, un giro casi total que rodea uno de los riscos del desfiladero. Frena a fondo, tarde, los frenos no le responden y se precipita al vacío.

              Pero mejor no pensar en cosas pasadas. El próximo fin de semana se celebraba una concentración de Harleys en los Alpes franceses. ¡Qué oportunidad! Gente de todas las nacionalidades, las mejores motos, el mejor ambiente. ¡No se lo podía perder!

              Días más tarde, acodado en la barra del bar montado para los moteros de la concentración, saboreaba una jarra de cerveza de litro a la vez que presumía ante una rubia teutona, corpulenta y también aficionada a las motos. Ni el inglés de ella ni el de él eran buenos, pero lo suficiente para que ella sugiriera que le gustaría dar una vuelta en su gran moto y que él aceptara encantado.

              “Todavía estoy de buen ver”, pensó metiendo tripa. No en vano se había comprado un chaleco de cuero nuevo con unas alas a la espalda y se había anudado un pañuelo de calaveras para disimular la incipiente calva.

              Una estrecha carretera de montaña subía a un mirador desde el valle en el que estaba la concentración de moteros. Subieron por ella. El paisaje era espectacular y el aire de montaña les agitaba con fuerza el pelo que sobresalía del casco.

              Estuvieron un rato en el mirador, pero el sol empezaba a ponerse y decidieron bajar. Irían a cenar a algún sitio y después…………ya veríamos. Se miraron con sonrisa cómplice y se montaron en la moto.

              A él la euforia le daba más alas que la moto. Enfiló el descenso agresivamente. Quería impresionar. Lo consiguió.

              Al llegar a una curva cerrada, muy cerrada, como tantas curvas de carretera de montaña, como aquella otra curva gracias a la cual había conseguido todo lo que quería……………

              Tuvo que frenar bruscamente, iba demasiado deprisa. La moto saltó, la rubia saltó, él no pudo controlarlo, demasiada moto, demasiada rubia…….…..Y mientras se despeñaba por la ladera del monte, un pensamiento, el último, pasó como una ráfaga : “¡Ay Mari Carmen! ¡Por qué no te haría caso!”

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...