Sentada en un
pequeño velador frente al mar y saboreando un Martini, Matilde intentaba dejar
su mente en blanco, aunque no podía evitar que recuerdos lejanos y no tan
lejanos volvieran a ella.
Su infancia,
feliz, tranquila. Sin hermanos. Jugando a veces con alguna amiga del colegio,
muchas veces con su vecino Andrés. ¡Que buen chaval era y que bien lo pasaban
juntos! Un día, en su casa, su padre comentó: “Tendrás que irte Andrés, Matilde
no ha hecho todavía los deberes y me imagino que tu tampoco”.
Al día
siguiente su amigo le comentó:
―¡Pobre
Matilde! ¿te obligan a hacer los deberes todos los días? ¿Y vas al colegio,
aunque te duela la tripa?
―Si no tengo
fiebre sí.
―¡Que padres
tan duros!¡Pobre Matilde!
No fue una
adolescente precoz. Tardó en desarrollarse. Llevaba, además, pelo corto,
pantalones y gafas cuando muchas de sus compañeras habían optado por largas
melenas lisas, diminutas minifaldas y lentes de contacto. Se sentía un poco
relegada, sobre todo desde el día que oyó que comentaban:
―¡Pobre
Matilde! Es buena chica, pero ¡tan sosa! Mejor no le decimos nada de lo del
sábado.
Ya en la
veintena, su afición por la montaña le hizo apuntarse al club “Montañeros sin
fronteras”, lo que le permitió hacer numerosas excursiones por las cordilleras
de su país. Estas salidas le encantaban y la hacían muy feliz. Nada le
resultaba tan gratificante como sentarse en una cima tras una larga y dura
ascensión, respirar profundamente y mirar al horizonte. Conocía, por supuesto, los comentarios de sus
amigas:
―¿Otra vez en
el monte? ¡Pues ni las cabras!
―¡Pobre Matilde! Ya sabes como es. Se ha
negado en redondo a venir a la fiesta de fin de carrera. Dice que lo del traje largo
no le apetece nada.
Aprobó las
oposiciones al Banco Nacional y poco a poco fue ascendiendo en el escalafón.
Continuó viajando siempre que sus obligaciones laborales se lo permitieron.
Llegó a integrarse en pequeñas expediciones a Sudamérica o al Himalaya. Se
sentía libre y feliz. A gusto con su vida. Interesada por multitud de cosas.
Con un grupo de amigos de mentalidad afín a la suya.
Visitaba a sus
padres con frecuencia a pesar de que conocía de antemano la irritante frase de
despedida. Ora su padre, ora su madre, el afectuoso comentario era siempre el
mismo.
―¡Pobre
Matilde! ¡Con lo lista, cariñosa y guapa que eres! ¡Esta visto que los hombres
son tontos!
Llegó a la
jubilación con buena salud y optimismo. Satisfecha de los años trabajados pero
deseosa de hacer miles de cosas por las que sentía interés y no le había sido
posible realizar. Comenzó con unas clases de canto y se integró en un coro con
el que ensayaba semanalmente. Entre las actuaciones con la coral y las salidas
a la montaña, que jamás había abandonado, el tiempo pasaba deprisa. La
colaboración con un voluntariado dando clases de castellano a inmigrantes
recién llegados resultó especialmente gratificante.
La invitaban
con cierta periodicidad a reuniones de antiguas compañeras de colegio. No le
gustaba acudir. La última vez les comentó la fecha de su próximo concierto por
si querían asistir. La respuesta no la sorprendió:
―Así que ahora
cantante. Haces muy bien, ¡pobre Matilde! Es una buena idea para entretenerte.
Yo no tengo tiempo.
―Ni yo
tampoco.
Ahora estaba
disfrutando de un rato de sosiego. Las nubes que aquella mañana amenazaban
lluvia habían desaparecido. El sol le acariciaba los párpados cerrados y la
suave brisa agitaba levemente su melena corta y lisa. Los pequeños sorbos de su
bebida le resultaban deliciosos y un sentimiento de paz la invadía cuando una
voz la sobresaltó.
―¡Buenos días!
¿Le importa que me siente?
Abrió los
ojos. Una mujer en la cincuentena la miraba desplegando una amplia sonrisa.
―He pasado
antes al supermercado y la he visto. Ahora he pasado por segunda vez y me he
dicho: ¡Pobre mujer! ¡Sola! Un poco de charla le vendrá bien.
Ante el
tribunal argumentó que no recordaba nada. Que el rotundo paraguazo que le había
propinado a la señora y que había hecho que cayera al suelo inconsciente, había
sido un acto reflejo, probablemente debido al temor a ser atracada en aquel
barrio cercano al puerto.
La explicación
les pareció convincente. ¿Por qué una pobre señora de cierta edad iba a
desarrollar un comportamiento violento? Sin duda había sido un desafortunado
error. Hubo de pagar, no obstante, una indemnización, cosa que hizo sin
lamentarse. Además, le escribió una afectuosa carta de excusas a la víctima, ya
repuesta del tremendo chichón producido por el golpe. En el sobre incluyó un
bono de fin de semana para dos personas, todo incluido, en el hotel “Don Pepe
“de Marbella.
―¡Que
detallazo! ―dijo el marido―. Se ve que la pobre mujer lo siente mucho.
La noticia
corrió como la pólvora entre amigos y familiares. A la incredulidad siguió la
sorpresa y tal vez algo les hizo meditar porque, a partir de entonces, la
“pobre Matilde” desapareció por completo de las conversaciones, como arrastrada
por un refrescante viento. En su lugar emergió por siempre y para siempre “MATILDE”.