Bienvenida

Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

viernes, 1 de octubre de 2021

LA ABUELA

 

          Sentada en un taburete en el balcón la niña observa a la anciana, tan viejita. Pequeña pero no encorvada, lenta, pero no torpe. Está regando y quitando las hojas muertas de los geranios que cuida. El espacio no da para mucho, un par de hamacas, un pequeño armario con herramientas y sus macetas.

              Va totalmente vestida de negro, con una saya larga, una blusa que ella llama chambra, delantal y toquilla. En la cabeza un pañuelo anudado por detrás alrededor de un moño de rosca. Vestimenta tradicional y oscura que no la hace parecer triste. No lo es, tiene los ojos vivaces y enseguida sonríe.

              Le gusta hablar con ella. A veces le cuenta alguna anécdota de su infancia ¡hace ya tantos años! o le pregunta cosas de su colegio, un mundo extraño para ella, una mujer analfabeta. La muñeca andadora es un juguete aburrido pero vale la pena ponerla sólo por ver la risa y el entusiasmo de la abuela.

              Mujer tranquila, no suele hablar del pasado. No menciona antiguas tristezas, se adapta, vive. Observa a su vez a la pequeña y recuerda. Tantos años dan para muchos recuerdos. Su propia infancia, la epidemia de cólera. Cómo se escapaba al campo y se sentaba bajo los árboles a comer la fruta caída que el temor a la epidemia había impedido recoger.

              La escuela del pueblo. Se asomaba tímidamente a la puerta y el maestro la animaba a entrar. No se atrevía, sólo había chicos. Ninguna familia del lugar consideraba necesario instruir a las niñas. Se malograban ―decían.

              Su juventud, su boda. ¡Que buen mozo su marido y que orgullosa estaba ella de su brazo! ¡Lástima que pronto descubriera que tenía buena planta pero mal vino!

              ¡Que duros y tristes aquellos días en que lloraba acodada en la mesa de la cocina preguntándose cómo iban a salir adelante los chicos y ella con aquel hombre que gastaba todo su dinero en vino y toda su energía en jurar!

              No le lloró cuando murió, no le lloró nunca, no le rezó un padrenuestro ni le dedicó un pensamiento. Tras los funerales y las misas de costumbre tiró hacia adelante. Sin ayuda pero sin estorbos. Trabajó para otros, llegó a montar su propio negocio. Rabiosa decía: “Si yo supiera letras”

              Salieron adelante, sufrieron una guerra. Sus vecinos, sus amigos, sus parientes, incluso sus propios hijos fueron muriendo pero su fortaleza, a su pesar, la mantuvo.

              Hoy mira melancólica a lo lejos aunque apenas ve por las cataratas y sonríe levemente recordando aquella conversación con su hijo pequeño.

―Madre, he ido a echar el veneno para las ratas en los rincones del gallinero y casi no queda.

―Ya lo sé hijo. Fui a echar yo el otro día y se me cayó el paquete en el balde de fregar los platos. Tuve que tirar todo y limpiar muy bien. Sólo quedó un poco en el fondo. No te preocupes, ve a comprar mas a la tienda del tío Manuel. Coge dinero de la jarra que hay en la alacena.

―De acuerdo madre, ahora voy.

              Duros años, dura vida, pero sí, consiguieron salir adelante.

TRES CAIDAS

 

            Eran ya casi las doce cuando se fue a la cama. Sabía lo que le esperaba, otra larga noche dando vueltas y vueltas sin poder dormir y al final, cuando por fin rendida había conseguido conciliar el sueño, el sonido estridente del despertador le indicó que el tiempo de descanso había terminado.

              Intentaba convencerse de que eran sólo unos pocos días más. Acabaría su contrato y no tendría que acudir ya a la oficina de la Diputación. Pero era difícil, tardaría mucho tiempo en superar aquello.

              Seguir con el trabajo era imposible, no sólo porque la presidenta se lo había dicho con toda claridad, sino porque el ambiente se había tornado irrespirable para ella.

              Por otra parte, cambiar ¿adónde?. Este había sido su único empleo y en la pequeña provincia en la que vivía las posibilidades eran pocas para alguien de su profesión.

              ¡Que diferente era todo cuando empezó! Había terminado la carrera con buenas calificaciones y su familia estaba bien relacionada en la localidad. No le resultó difícil conseguir una plaza de ingeniera interina en la Diputación.

              No se planteó irse a otro sitio. Para algunos de sus amigos el ambiente de la pequeña ciudad era asfixiante. Pero ella, en cambio, era feliz allí y no tenía interés en vivir en ninguna otra parte.

              Al principio la presidenta pareció encantada con ella. Arrastraba fama de persona dura y difícil de contentar pero no se lo pareció.

              Empezó con pequeños trabajos que asumió con facilidad y enseguida le asignaron tareas de más responsabilidad. Metódica y muy concienzuda, no se permitía el menor error.

              Poco a poco fue ganando confianza en sí misma y en su dominio del trabajo. Lo que no pensó, tal vez por su juventud, tal vez por su carácter, es que ese dominio y seguridad debía ser moderado con una alta dosis de prudencia en sus conversaciones y reuniones con la presidenta.

              Ingenuamente pensaba que su seguridad y autoconfianza serían percibidas como alta competencia en el trabajo y ni por asomo se le ocurrió que podía se considerado como un exceso de arrogancia por parte de su jefa.

              Los días iban pasando, las reuniones se sucedían y ella, cada vez más participativa, cada vez defendía su opinión con mayor rotundidad. No se daba cuenta de que estaba cavando su tumba profesional.

              Pese a su inconsciencia inicial, llegó un momento en el que empezó a percibir un gesto de antipatía en la cara de la presidenta que gradualmente se fue transformando en una actitud claramente hostil.

              No supo que hacer. No entendió, al principio, que ocurría. Cuando se dio cuenta del error cometido la situación no tenía marcha atrás.

              Su plaza salió a concurso. Le dieron a entender de forma inequívoca que no se molestara en presentar su solicitud.

En teoría seguía manteniendo sus funciones, en la práctica era claramente ninguneada.

Los compañeros, mas veteranos y maleados que ella, enseguida se dieron cuenta de la situación y empezaron a dejarla educadamente de lado no fuera a ser que les contagiara su mala suerte.

              Aquella mañana entró cabizbaja en el despacho. Los pies le pesaban, respiró hondo y se sentó frente al ordenador. Al cabo de un par de horas apareció la presidenta. Secamente comentó:

―Vaya, todavía estás aquí. Pronto saldrá la plaza, creo que hay algún candidato estupendo que seguro que introducirá mejoras en el proceso de trabajo.

No le contestó, sería una pérdida de tiempo. Esa lección, aunque tarde, la había aprendido.

―Por cierto, ya que estás, te voy a hacer un encargo. Como sabes mañana celebramos en el Teatro Principal el día de la provincia. He comprado unos zapatos en Shoe´s, no tenían de mi número, me los han encargado y ya están. Recógemelos, que los necesito para el evento.

Se quedó atónita. ¡Era demasiado!. Ella era ingeniera de la Diputación, no su recadera. Se daba perfecta cuenta de que sólo quería humillarla y sacarla de quicio. Estuvo a punto de contestar airadamente y negarse pero…tras unos segundos de reflexión, un relámpago cruzó por su imaginación y repuso:

―De acuerdo, no te preocupes, yo te los recogeré. Que no se diga que la presidenta de la Diputación no acude impecable a los actos oficiales.

Cuando su jefa se fue, se levantó, cogió el bolso y salió tranquilamente.

Llegó a la zapatería. El encargo estaba ya preparado. Como había imaginado eran de tacón muy alto, con plataformas. Mantener el equilibrio con esos zapatos era francamente difícil.

Se fue a casa. Sacó la caja de herramientas. Siempre se le habían dado bien las manualidades y las pequeñas reparaciones. Cogió una pequeña palanca muy fina y el zapato izquierdo. Introdujo la palanca entre la base del talón y el tacón y fue poco a poco presionando para separar el tacón del zapato. Con paciencia lo consiguió. Un clavo unía una parte con la otra pero, una vez separados, aunque se podía volver a encajar, la unión quedaba floja.

Buscó en el armario cola de carpintero. Puso una buena cantidad en ambas piezas y las volvió a unir. Quedó impecable, pero la unión no tenía  la solidez inicial. Unos cuantos pasos y fallaría.

Sonrió al pensar en el porrazo que la presidenta se iba a pegar. Sonrió aún más imaginando lo ridícula que se iba a sentir.

Se encaminó hacia la oficina.

―Aquí tienes. Son preciosos ¡color fucsia! Estarás muy elegante.

―Gracias, respondió la presidenta.

Llegó el día siguiente. Por la tarde se veía bullicio alrededor del teatro donde se iban a celebrar los actos. Señoras elegantes, señores trajeados y multitud de curiosos se habían acercado a ver el ambiente.

En el patio de butacas se habían habilitado unas pequeñas escaleras para acceder al escenario.

Un grupo folklórico abrió el evento. Después las principales autoridades, entre las que se encontraba la presidenta, subieron al estrado para proceder a la entrega de los premios.

Empresarios y artistas se repartieron los galardones.

Al bajar las autoridades las escaleras para dirigirse a sus asientos algo sucedió. Todos vieron a la presidenta torcerse bruscamente hacia un lado y caer de cabeza sobre las butacas de la primera fila.

 

Acababa de darse una ducha y estaba en albornoz y con la cabeza mojada cuando puso la radio. En vez de la música que esperaba oyó un boletín de últimas noticias. Escuchó asombrada:

La presidenta de la Diputación fallece de manera imprevista durante los actos de celebración del día de la provincia.

El accidente de la desafortunada señora se produjo al partirse el tacón de uno de sus zapatos, eso hizo que cayera sobre una de las butacas de patio y su cabeza golpeó contra el reposabrazos, resultando el golpe mortal.

Los desesperados intentos por reanimarla de los servicios de emergencia  han resultado inútiles. El día de celebración se ha convertido en día de luto para todos nuestros conciudadanos.”

Palideció, no esperaba esto. La odiaba pero no hasta el punto de matarla, sobre todo porque……..¿Qué iba a pasar?¿Una investigación?¿Descubriría alguien que el zapato había sido manipulado?.

El terror empezó a dominarla. Un intenso dolor de estómago le hizo doblarse sobre sí misma.

Por la mañana intentó sobreponerse a la ansiedad. De momento nadie podía sospechar nada y  debía comportarse con normalidad.

Se arregló y acudió al trabajo. El accidente era el tema de conversación de todo el mundo. Muchos detestaban a la vícitma, algunos le debían favores, pero para todos había sido inesperado.

¿Quién la sucedería? Se avecinaba un cambio, nuevo jefe, nuevas directrices de trabajo. El nerviosismo del personal era evidente.

Llegó a su mesa y encendió el ordenador.  Abrió el enlace con el principal periódico local y leyó el titular de la primera página : “ Sus zapatos fueron la causa de su muerte”.

Un escalofrío la invadió, pero siguió leyendo……”La infortunada presidenta calzaba unos zapatos del prestigioso diseñador canario Manolo Blahnik cuando uno de los finos tacones se partió en el preciso momento en que bajaba la escalera…..etc….etc.”

Pero…..¿cómo? Al final se había puestos los “Manolos” de los que estaba tan orgullosa en vez de los zapatos que le había mandado recoger. Desde luego, eran mucho mas elegantes y apropiados para la ocasión.

Sólo había sido un pretexto para irritarla. De todos modos, eso ya no importaba.

El alivio la invadió con la misma intensidad que lo había hecho el terror la noche anterior. Entabló conversación con los colegas, fue de corrillo en corrillo a la vez que pensaba que ahora lo de la plaza no estaba perdido ni mucho menos. Ella era la mas preparada con diferencia.

 

Meses más tarde, en una misión situada en una alejada aldea del Congo las monjitas recibieron un paquete de ropa procedente de una ONG.

Había toda clase de prendas, algunas de ellas muy elegantes y poco prácticas para el clima del país y para el ambiente de aquella localidad en particular. No obstante, sabían que eran esas ropas las que más ilusión les hacían a los lugareños así que cuando aparecieron aquellos zapatos color fucsia de enormes tacones y plataforma no dudaron en ponerlos a disposición de las habitantes del poblado.

Fue Oyi, una oronda madre de familia la que los consiguió. Se fue a casa entusiasmada con su suerte. Cuando saliera a pasear por el poblado iba a ser y la envidia de todas. Seguro que a sus hijos les inspiraba más respeto si les reñía desde mayor altura.

¡Dicho y hecho!. El día de mercado se vistió su mejor túnica y sus altos zapatos, cogió a un niño de cada mano y fue a lucirse ante sus vecinas.

Llevaba un buen rato pavoneándose yendo y viniendo entre los puestos cuando, al tropezar con una piedra, el tacón del zapato izquierdo se desprendió y Oyi dio con sus huesos en el suelo,  cosa que produjo una gran hilaridad en sus pequeños hijos y entre sus vecinas.

Se levantó, molesta y algo humillada. Cogió los zapatos con ánimo de tirarlos pero miró el tacón desprendido y pensó: “Esto se puede arreglar”.

Sonrió satisfecha. Lo repararía y seguiría siendo la más alta. Ahora sólo tenía que ir al puesto de N’gué y comprar un buen pegamento.

Mientras tanto, a muchos kilómetros de allí, en una lejana capital de provincia, una flamante ingeniera tomaba posesión de su ansiada plaza fija en la Diputación General del territorio.

DECEPCIÓN

 

            La funcionaria miraba por encima de los cristales de sus gafas de presbicia con cierta irritación. Al otro lado del mostrador una chica morena de pelo largo y cara angelical le sonreía.

              ―No insista señorita, no podemos dar información del expediente de nuestros alumnos.

              ―Venga, por favor, sólo confírmeme en que curso está y no la molesto más.

              Suspiró. Sólo por satisfacer su propia curiosidad introdujo el nombre en la pantalla. Repitió la operación. Pasó a otra opción del menú, buscó en un listado. Levantó la mirada y dijo: “Creo que puedo decirle algo”. La chica amplío la sonrisa expectante.

              ―No podemos dar información de los alumnos como he dicho. Pero ―subrayó―, en este caso no puedo dar información porque el expediente no existe. La persona que usted menciona no está matriculado en esta facultad. No es alumno.

             La cara que tenía enfrente cambió completamente. Los ojos, muy abiertos, las pupilas dilatadas, el labio inferior pareció descolgarse mientras la piel empalidecía.

              ―¿Cómo dice? Tiene que ser un error.

         ―Me temo que no. Me estoy excediendo, pero le voy a decir que esa persona se matriculó efectivamente hace cinco años, no se presentó a ninguna asignatura y no volvió a realizar trámite alguno en años posteriores. Por eso le digo que no es alumno. ¿Es su hermano?

              ―No, es mi novio. Disculpe, ya me voy. Y muchas gracias.

              La funcionaria la miró con pena. Cuando la chica se alejó del mostrador se apercibió de su vientre abultado. Estaba embarazada. “¡Pobre muchacha!”. Movió la cabeza a los lados, suspiró, y se dirigió a la siguiente persona que tenía que atender.

              La joven salió con paso lento y se encaminó a la parada del tranvía. El trayecto se le hizo eterno pero llegó finalmente a su casa. Se sentó en el escritorio con una libreta y empezó a hacer cuentas. Tres bocas que mantener y un solo sueldo, el suyo. Cuando terminó, fue al dormitorio, sacó un par de maletas del altillo y las fue llenando de ropa. Después las dejó en un rincón del vestíbulo. Fue a comprar.

              Al caer la tarde se puso a guisar. Había adquirido en la carnicería una pechuga de pavo entera y se dispuso a trocearla. Sacó un par de cuchillos y escogió el más grande. Tenía una piedra de afilar. Ris, ras, ris, ras frotó con furia hasta que el filo parecía capaz de cortar el aire.

              Preparó el guiso: zanahoria, manzana, cebolla y vino para salsa. La pechuga en dados dorada en la sartén y cocida posteriormente en la salsa. Mientras guisaba pensó: “Que no tenga queja de la última cena.”

              No hizo más que un plato. No quería que la cosa se alargara demasiado. La rapidez en estos casos en siempre una ventaja. Eran las ocho cuando él apareció. “Cena especial” ―dijo contento―. Ella sonrió. Se sentaron a la mesa.

              ― ¿Qué tal el día? ¿Muchas clases?

              ―Un poco pesado, como siempre. Hoy hemos tenido clase con el catedrático de anatomía y es un poco aburrido.

              ―Claro. Por cierto, tengo algo que decirte.

              Él alzó los ojos, expectante. Ella mantuvo la sonrisa.

              ―Dime.

              ―No soy feliz y es, sobre todo, porque no he sido sincera contigo. No estoy enamorada de ti ni nunca lo he estado. Me dejé seducir por tu personalidad y por tu prometedor futuro como médico, pero me doy cuenta que fue una actitud egoísta por mi parte. Creo que esta situación debe terminar.

              ―Pero ¿ qué dices? Vamos a tener un hijo.

              ―Eso es lo peor. No sé cómo explicártelo. En fin…. ¿Te acuerdas de aquella cena de empresa de hace unos meses?

              ―Sí, claro.

          ― ¿Y te acuerdas que te hablé de un auditor polaco que nos revisaba las cuentas por aquella época?

             ―Pues sí. Me decías que era muy tenaz.

            ―Y tan tenaz. Insistió en acompañarme a casa y, no sé cómo, acabé acompañándolo yo al hotel. En fin, el resto te lo puedes imaginar. Hay muchas probabilidades de que el niño sea pelirrojo.

              ―Pero…..no sé qué decir. ―Balbuceó atónito y blanco como el papel.

              ―No digas nada. Ya es bastante vergüenza para mí esta explicación. Por eso te digo que no es justo. Esta farsa por mi parte tiene que terminar. He hablado con tu madre, te espera. Tienes preparadas las maletas. Un taxi te aguarda en puerta. Créeme es lo mejor.

              ― ¿Me echas?

              ― ¿Echarte? No, al contrario. Por el respeto que te tengo, que mereces sin duda alguna, te abro la puerta que con mi egoísmo te había cerrado, te devuelvo las alas que mi inconsciencia te había cortado. Tú eres una persona brillante, con un gran porvenir y no te mereces un lastre como yo.

              ―No quiero irme.

              ―Por favor, es lo mejor para todos y, sobre todo, para ti.

      ―Mira, estás muy nerviosa. Esta noche me voy, de acuerdo. Pero mañana volveré y reflexionaremos juntos sobre todo este despropósito.

              ―Vale, mañana hablamos.

              Él se fue. No quería llevarse las maletas, pero ante la insistencia de ella accedió.

             Pasados veinte minutos, cuando estaba claro que ya había cogido el taxi, la muchacha se dirigió al teléfono.

―¿Hermanos Pastor cerrajeros veinticuatro horas? Por favor, necesito un cambio de cerradura urgente. He perdido las llaves y temo que me entren en casa a robar. ¿En media hora? Perfecto, les espero.

Una vez finalizado el cambio de cerradura se duchó, se limpió los dientes y se dirigió al dormitorio tarareando la canción tantas veces bailada en la clase de zumba: “No eres tú, no eres tú, no eres tú, soy yo. Échame la culpa”.

Se puso el pijama y entre risas y llanto se durmió.

 

 

SIETE DÍAS – FIN DE LA HISTORIA

 

Viernes 13: Hoy ha amanecido nublado, todo estaba muy húmedo. Hace ya tres meses que estoy en este apartado lugar de la selva, observando la pequeña manada de chimpancés. Cuando me presenté a la doctora Goodall no tenía muchas esperanzas, pero ella fue muy amable. Me dijo que había muchos investigadores interesados en los primates, pero pocos dispuestos a pasar meses y meses aislados y alejados de familia y amigos.

              Siempre fue mi ídolo y estaba deseosa de seguir sus pasos. Soy joven como lo era ella cuando la contrató el doctor Leaky. Pero no británica, espigada y rubia, sino mediterránea, bajita y castaña.

              Me gustaría celebrar de alguna manera estos tres meses de observación e investigación pero ando algo corta de provisiones y no me puedo permitir ningún gasto extraordinario.

              Mi familia (así los llamo) ha parecido adivinarlo y se han mostrado particularmente activos. Eso me ha dado la oportunidad de tomar interesantes notas sobre su comportamiento. Una de las madres jóvenes utilizaba un palito para extraer hormigas de un hormiguero y se los ofrecía a su cría con una ternura que no tenía nada que envidiar a la más amantísima madre humana. Pude tomar fotos, ¡lástima no poderlas enviar inmediatamente a Jane! Pero aquí, como es obvio, no hay cobertura y todo el material de mi investigación está almacenado en mi pequeño ordenador.

 

Sábado 14: Hoy han estado tranquilos y algo aburridos, apenas he apuntado nada. La cabeza se me iba hacia otras cosas. La situación se me está poniendo difícil, no voy a tener otro remedio que dejar a la familia y bajar al poblado. Hace ya más de quince días que tenía que haber venido Nyambi a traerme provisiones y gasolina para el generador.

No sé si estará enfermo o tendrá otro problema pero ya no puedo esperar más. Bajaré mañana.

 

Domingo 15: Antes de irme, he ido a echarles un último vistazo. Aunque mantengo las distancias para no interferir en su comportamiento, sé que me conocen perfectamente. Se han acostumbrado a mi presencia y me van a echar en falta.

              Bajo andando por el pequeño sendero que conduce al cobertizo donde guardo el viejo todoterreno que me debe llevar a un lugar habitado. La pista está algo embarrada pero transitable. Conduzco con cuidado, no me puedo permitir una avería o un reventón.

              No me cruzo con nadie, ni siquiera cuando estoy ya muy cerca de la población. Al pasar una curva la veo, apenas una decena de casuchas. Todo está extrañamente silencioso, restos de lo que parece haber sido una gran hoguera al lado de la carretera es lo único que veo al llegar. Paro el coche, no hay nadie en las silenciosas calles, pero, pese a mi temor, no veo signos de violencia. Tengo miedo. Sigo mi inspección casa por casa, en algunas encuentro el cadáver de uno de sus habitantes, en sus camas, nadie los ha tocado.

              Decido seguir el viaje hasta la capital, no puedo hacer otra cosa. Me doy cuenta de repente que en este lugar mi teléfono debería estar ya activo. No es así. No hay señal, estoy completamente incomunicada. Vuelvo al poblado y entro en el almacén, cojo algo de comida y agua. En la gasolinera que hay a la salida del pueblo lleno el depósito y me aprovisiono con un par de latas más. La capital está lejos, en la costa. No llegaré hasta mañana.

 

Lunes 16 : Amanece, estoy descansando dentro del coche en un recodo de la cuneta. He preferido hacerlo así y entrar en la capital de día. Sigo sin ver a nadie. La carretera está desierta, una familia de leones dormita en el asfalto y me ven pasar sin inmutarse. En las afueras de la ciudad restos de enormes hogueras me dan la bienvenida. No sé qué hacer. Decido ir al hotel Internacional, si hay alguien estará allí, si hay comunicación con el exterior será desde ese lugar.

              El hotel está en la playa, alto, moderno, vacío y cerrado. Lo rodeo, voy buscando alguna puerta trasera o de servicio. En la parte de atrás, por el acceso de mercancías se han olvidado de cerrar. Entro, todo está en su lugar, la amplia y lujosa cafetería está vacía, como todo, pero tiene un estante con periódicos a disposición de los clientes.

              Me siento y empiezo a hojearlos. Todo empieza a aclararse. Los titulares son parecidos, el tema único. Ordeno los ejemplares por fecha, de más antiguos a más recientes. La enfermedad se detectó en una ciudad portuaria del sur de Asia. Infinidad de material para la industria y el comercio se distribuía desde allí. Tras la aparición del primer foco, otros cientos surgieron de manera vertiginosa, como una erupción espontánea y repentina en toda la superficie terrestre, Se aconsejaba quemar los cadáveres de las víctimas. Toda la experiencia adquirida en pandemias anteriores parecía inútil. El diario más reciente muestra un titular enorme y siniestro: “NO HAY ESPERANZA”

              Hundida en la butaca trato de asimilar la situación. Estoy sola en una ciudad infectada, no tengo donde ir ni medios para hacerlo, no me puedo comunicar con nadie, si es que hay alguien con quien contactar.

 

Martes 17: Me he instalado en el hotel, en una suite con terraza frente a la bahía. Es un buen sitio para esperar. No encontraré otro mejor. No puedo volver a la selva. No sólo porque no tendría suministros, sino porque sé que pondría en peligro a mi familia de chimpancés. Son tan parecidos a nosotros que se verían afectados por la enfermedad que yo, sin duda, he contraído con mi deambular en estos últimos días.

              Si logran sobrevivir, tal vez, sólo tal vez, dentro de unos miles de años ellos ocupen el espacio que estamos dejando libre.

 

Miércoles 18: Un estruendo me despierta. Sobresaltada salgo a la terraza. Un extraño artefacto flota en la bahía no muy lejos de la orilla. No tengo prismáticos pero parece una cápsula cerrada. Me acerco al puerto y cojo una pequeña embarcación de las muchas que flotan olvidadas y amarradas al muelle.

              Mientras me acerco a ese objeto flotante, una portezuela se abre y una lancha neumática auto inflable es lanzada al costado de la cápsula. Una figura salta a ella y mira en mi dirección. Cuando las dos embarcaciones se encuentran nos observamos atónitos.

 

Jueves 19: ¡Sí, es un astronauta!. Está mucho más informado que yo de todo. No, no hay esperanza. La epidemia se ha extendido. Sus dos compañeros y él estaban aislados en la estación aeroespacial. En nuestro planeta, sus posibilidades eran nulas. Los otros eligieron morir en el espacio, él quiso volver. Desde la base, los últimos ingenieros programaron los sistemas para que la cápsula pudiera llegar a la Tierra aunque, le advirtieron, sin garantías de supervivencia en el aterrizaje.

              Allí ya no queda nadie, me dice. Estamos sentado mirando al mar, yo me estoy tomando un café con hielo, él un whisky “on the rocks”. De repente me doy cuenta de algo: “No sé cómo te llamas”

              Él me sonríe. “Me llamo Adam”, responde “¿Y tú?. Yo me echo a reir, divertida por la casualidad y contesto: “Me llamo Eva”

 

 

              Estoy emocionado, me ha costado mucho descifrar los escritos encontrados entre las ruinas de la antigua civilización. Por suerte el autor parecía desear que su relato perdurara y lo escribió  en un material frágil pero envuelto en otro material transparente casi imperecedero, además lo introdujo en un cofre metálico y ello ha permitido que llegara hasta nuestros días casi intacto.

              Me ha ayudado también que el texto estuviera en tres lenguas diferentes, ha sido apasionante. No entiendo muy bien la ocupación del primer individuo, aunque parece claro que el segundo era un viajero del espacio.

              Estoy ansioso por mostrar mi hallazgo a los colegas de la academia de arqueología pese a que sé, de antemano, las críticas y el rechazo que voy a sufrir. Los celos profesionales son lo más habitual entre nosotros y cualquier descubrimiento que se salga de los caminos trillados sufre una fuerte censura. No me importa, tarde o temprano lo aceptarán y, aunque no fuera así, este diálogo de dos seres que vivieron y que fueron parte de este planeta hace millones de años me hace sentir a mí mismo mucho más vivo.

             

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...