Viernes 13: Hoy ha
amanecido nublado, todo estaba muy húmedo. Hace ya tres meses que estoy en este
apartado lugar de la selva, observando la pequeña manada de chimpancés. Cuando
me presenté a la doctora Goodall no tenía muchas esperanzas, pero ella fue muy
amable. Me dijo que había muchos investigadores interesados en los primates,
pero pocos dispuestos a pasar meses y meses aislados y alejados de familia y
amigos.
Siempre
fue mi ídolo y estaba deseosa de seguir sus pasos. Soy joven como lo era ella
cuando la contrató el doctor Leaky. Pero no británica, espigada y rubia, sino
mediterránea, bajita y castaña.
Me
gustaría celebrar de alguna manera estos tres meses de observación e
investigación pero ando algo corta de provisiones y no me puedo permitir ningún
gasto extraordinario.
Mi
familia (así los llamo) ha parecido adivinarlo y se han mostrado
particularmente activos. Eso me ha dado la oportunidad de tomar interesantes
notas sobre su comportamiento. Una de las madres jóvenes utilizaba un palito
para extraer hormigas de un hormiguero y se los ofrecía a su cría con una
ternura que no tenía nada que envidiar a la más amantísima madre humana. Pude
tomar fotos, ¡lástima no poderlas enviar inmediatamente a Jane! Pero aquí, como
es obvio, no hay cobertura y todo el material de mi investigación está
almacenado en mi pequeño ordenador.
Sábado 14: Hoy han estado
tranquilos y algo aburridos, apenas he apuntado nada. La cabeza se me iba hacia
otras cosas. La situación se me está poniendo difícil, no voy a tener otro
remedio que dejar a la familia y bajar al poblado. Hace ya más de quince días
que tenía que haber venido Nyambi a traerme provisiones y gasolina para el
generador.
No sé si
estará enfermo o tendrá otro problema pero ya no puedo esperar más. Bajaré
mañana.
Domingo 15: Antes de irme,
he ido a echarles un último vistazo. Aunque mantengo las distancias para no
interferir en su comportamiento, sé que me conocen perfectamente. Se han
acostumbrado a mi presencia y me van a echar en falta.
Bajo
andando por el pequeño sendero que conduce al cobertizo donde guardo el viejo
todoterreno que me debe llevar a un lugar habitado. La pista está algo
embarrada pero transitable. Conduzco con cuidado, no me puedo permitir una
avería o un reventón.
No
me cruzo con nadie, ni siquiera cuando estoy ya muy cerca de la población. Al
pasar una curva la veo, apenas una decena de casuchas. Todo está extrañamente
silencioso, restos de lo que parece haber sido una gran hoguera al lado de la
carretera es lo único que veo al llegar. Paro el coche, no hay nadie en las
silenciosas calles, pero, pese a mi temor, no veo signos de violencia. Tengo
miedo. Sigo mi inspección casa por casa, en algunas encuentro el cadáver de uno
de sus habitantes, en sus camas, nadie los ha tocado.
Decido
seguir el viaje hasta la capital, no puedo hacer otra cosa. Me doy cuenta de
repente que en este lugar mi teléfono debería estar ya activo. No es así. No
hay señal, estoy completamente incomunicada. Vuelvo al poblado y entro en el almacén,
cojo algo de comida y agua. En la gasolinera que hay a la salida del pueblo
lleno el depósito y me aprovisiono con un par de latas más. La capital está
lejos, en la costa. No llegaré hasta mañana.
Lunes 16 : Amanece, estoy
descansando dentro del coche en un recodo de la cuneta. He preferido hacerlo
así y entrar en la capital de día. Sigo sin ver a nadie. La carretera está
desierta, una familia de leones dormita en el asfalto y me ven pasar sin
inmutarse. En las afueras de la ciudad restos de enormes hogueras me dan la
bienvenida. No sé qué hacer. Decido ir al hotel Internacional, si hay alguien
estará allí, si hay comunicación con el exterior será desde ese lugar.
El
hotel está en la playa, alto, moderno, vacío y cerrado. Lo rodeo, voy buscando
alguna puerta trasera o de servicio. En la parte de atrás, por el acceso de
mercancías se han olvidado de cerrar. Entro, todo está en su lugar, la amplia y
lujosa cafetería está vacía, como todo, pero tiene un estante con periódicos a
disposición de los clientes.
Me
siento y empiezo a hojearlos. Todo empieza a aclararse. Los titulares son
parecidos, el tema único. Ordeno los ejemplares por fecha, de más antiguos a
más recientes. La enfermedad se detectó en una ciudad portuaria del sur de
Asia. Infinidad de material para la industria y el comercio se distribuía desde
allí. Tras la aparición del primer foco, otros cientos surgieron de manera
vertiginosa, como una erupción espontánea y repentina en toda la superficie terrestre,
Se aconsejaba quemar los cadáveres de las víctimas. Toda la experiencia
adquirida en pandemias anteriores parecía inútil. El diario más reciente
muestra un titular enorme y siniestro: “NO HAY ESPERANZA”
Hundida
en la butaca trato de asimilar la situación. Estoy sola en una ciudad
infectada, no tengo donde ir ni medios para hacerlo, no me puedo comunicar con
nadie, si es que hay alguien con quien contactar.
Martes 17: Me he instalado
en el hotel, en una suite con terraza frente a la bahía. Es un buen sitio para
esperar. No encontraré otro mejor. No puedo volver a la selva. No sólo porque
no tendría suministros, sino porque sé que pondría en peligro a mi familia de
chimpancés. Son tan parecidos a nosotros que se verían afectados por la
enfermedad que yo, sin duda, he contraído con mi deambular en estos últimos
días.
Si
logran sobrevivir, tal vez, sólo tal vez, dentro de unos miles de años ellos
ocupen el espacio que estamos dejando libre.
Miércoles 18: Un estruendo
me despierta. Sobresaltada salgo a la terraza. Un extraño artefacto flota en la
bahía no muy lejos de la orilla. No tengo prismáticos pero parece una cápsula
cerrada. Me acerco al puerto y cojo una pequeña embarcación de las muchas que
flotan olvidadas y amarradas al muelle.
Mientras
me acerco a ese objeto flotante, una portezuela se abre y una lancha neumática
auto inflable es lanzada al costado de la cápsula. Una figura salta a ella y
mira en mi dirección. Cuando las dos embarcaciones se encuentran nos observamos
atónitos.
Jueves 19: ¡Sí, es un
astronauta!. Está mucho más informado que yo de todo. No, no hay esperanza. La
epidemia se ha extendido. Sus dos compañeros y él estaban aislados en la
estación aeroespacial. En nuestro planeta, sus posibilidades eran nulas. Los
otros eligieron morir en el espacio, él quiso volver. Desde la base, los
últimos ingenieros programaron los sistemas para que la cápsula pudiera llegar
a la Tierra aunque, le advirtieron, sin garantías de supervivencia en el
aterrizaje.
Allí
ya no queda nadie, me dice. Estamos sentado mirando al mar, yo me estoy tomando
un café con hielo, él un whisky “on the rocks”. De repente me doy cuenta de
algo: “No sé cómo te llamas”
Él
me sonríe. “Me llamo Adam”, responde “¿Y tú?. Yo me echo a reir, divertida por
la casualidad y contesto: “Me llamo Eva”
Estoy
emocionado, me ha costado mucho descifrar los escritos encontrados entre las
ruinas de la antigua civilización. Por suerte el autor parecía desear que su relato
perdurara y lo escribió en un material
frágil pero envuelto en otro material transparente casi imperecedero, además lo
introdujo en un cofre metálico y ello ha permitido que llegara hasta nuestros
días casi intacto.
Me
ha ayudado también que el texto estuviera en tres lenguas diferentes, ha sido
apasionante. No entiendo muy bien la ocupación del primer individuo, aunque
parece claro que el segundo era un viajero del espacio.
Estoy
ansioso por mostrar mi hallazgo a los colegas de la academia de arqueología pese
a que sé, de antemano, las críticas y el rechazo que voy a sufrir. Los celos
profesionales son lo más habitual entre nosotros y cualquier descubrimiento que
se salga de los caminos trillados sufre una fuerte censura. No me importa,
tarde o temprano lo aceptarán y, aunque no fuera así, este diálogo de dos seres
que vivieron y que fueron parte de este planeta hace millones de años me hace
sentir a mí mismo mucho más vivo.