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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

viernes, 1 de octubre de 2021

SIETE DÍAS – FIN DE LA HISTORIA

 

Viernes 13: Hoy ha amanecido nublado, todo estaba muy húmedo. Hace ya tres meses que estoy en este apartado lugar de la selva, observando la pequeña manada de chimpancés. Cuando me presenté a la doctora Goodall no tenía muchas esperanzas, pero ella fue muy amable. Me dijo que había muchos investigadores interesados en los primates, pero pocos dispuestos a pasar meses y meses aislados y alejados de familia y amigos.

              Siempre fue mi ídolo y estaba deseosa de seguir sus pasos. Soy joven como lo era ella cuando la contrató el doctor Leaky. Pero no británica, espigada y rubia, sino mediterránea, bajita y castaña.

              Me gustaría celebrar de alguna manera estos tres meses de observación e investigación pero ando algo corta de provisiones y no me puedo permitir ningún gasto extraordinario.

              Mi familia (así los llamo) ha parecido adivinarlo y se han mostrado particularmente activos. Eso me ha dado la oportunidad de tomar interesantes notas sobre su comportamiento. Una de las madres jóvenes utilizaba un palito para extraer hormigas de un hormiguero y se los ofrecía a su cría con una ternura que no tenía nada que envidiar a la más amantísima madre humana. Pude tomar fotos, ¡lástima no poderlas enviar inmediatamente a Jane! Pero aquí, como es obvio, no hay cobertura y todo el material de mi investigación está almacenado en mi pequeño ordenador.

 

Sábado 14: Hoy han estado tranquilos y algo aburridos, apenas he apuntado nada. La cabeza se me iba hacia otras cosas. La situación se me está poniendo difícil, no voy a tener otro remedio que dejar a la familia y bajar al poblado. Hace ya más de quince días que tenía que haber venido Nyambi a traerme provisiones y gasolina para el generador.

No sé si estará enfermo o tendrá otro problema pero ya no puedo esperar más. Bajaré mañana.

 

Domingo 15: Antes de irme, he ido a echarles un último vistazo. Aunque mantengo las distancias para no interferir en su comportamiento, sé que me conocen perfectamente. Se han acostumbrado a mi presencia y me van a echar en falta.

              Bajo andando por el pequeño sendero que conduce al cobertizo donde guardo el viejo todoterreno que me debe llevar a un lugar habitado. La pista está algo embarrada pero transitable. Conduzco con cuidado, no me puedo permitir una avería o un reventón.

              No me cruzo con nadie, ni siquiera cuando estoy ya muy cerca de la población. Al pasar una curva la veo, apenas una decena de casuchas. Todo está extrañamente silencioso, restos de lo que parece haber sido una gran hoguera al lado de la carretera es lo único que veo al llegar. Paro el coche, no hay nadie en las silenciosas calles, pero, pese a mi temor, no veo signos de violencia. Tengo miedo. Sigo mi inspección casa por casa, en algunas encuentro el cadáver de uno de sus habitantes, en sus camas, nadie los ha tocado.

              Decido seguir el viaje hasta la capital, no puedo hacer otra cosa. Me doy cuenta de repente que en este lugar mi teléfono debería estar ya activo. No es así. No hay señal, estoy completamente incomunicada. Vuelvo al poblado y entro en el almacén, cojo algo de comida y agua. En la gasolinera que hay a la salida del pueblo lleno el depósito y me aprovisiono con un par de latas más. La capital está lejos, en la costa. No llegaré hasta mañana.

 

Lunes 16 : Amanece, estoy descansando dentro del coche en un recodo de la cuneta. He preferido hacerlo así y entrar en la capital de día. Sigo sin ver a nadie. La carretera está desierta, una familia de leones dormita en el asfalto y me ven pasar sin inmutarse. En las afueras de la ciudad restos de enormes hogueras me dan la bienvenida. No sé qué hacer. Decido ir al hotel Internacional, si hay alguien estará allí, si hay comunicación con el exterior será desde ese lugar.

              El hotel está en la playa, alto, moderno, vacío y cerrado. Lo rodeo, voy buscando alguna puerta trasera o de servicio. En la parte de atrás, por el acceso de mercancías se han olvidado de cerrar. Entro, todo está en su lugar, la amplia y lujosa cafetería está vacía, como todo, pero tiene un estante con periódicos a disposición de los clientes.

              Me siento y empiezo a hojearlos. Todo empieza a aclararse. Los titulares son parecidos, el tema único. Ordeno los ejemplares por fecha, de más antiguos a más recientes. La enfermedad se detectó en una ciudad portuaria del sur de Asia. Infinidad de material para la industria y el comercio se distribuía desde allí. Tras la aparición del primer foco, otros cientos surgieron de manera vertiginosa, como una erupción espontánea y repentina en toda la superficie terrestre, Se aconsejaba quemar los cadáveres de las víctimas. Toda la experiencia adquirida en pandemias anteriores parecía inútil. El diario más reciente muestra un titular enorme y siniestro: “NO HAY ESPERANZA”

              Hundida en la butaca trato de asimilar la situación. Estoy sola en una ciudad infectada, no tengo donde ir ni medios para hacerlo, no me puedo comunicar con nadie, si es que hay alguien con quien contactar.

 

Martes 17: Me he instalado en el hotel, en una suite con terraza frente a la bahía. Es un buen sitio para esperar. No encontraré otro mejor. No puedo volver a la selva. No sólo porque no tendría suministros, sino porque sé que pondría en peligro a mi familia de chimpancés. Son tan parecidos a nosotros que se verían afectados por la enfermedad que yo, sin duda, he contraído con mi deambular en estos últimos días.

              Si logran sobrevivir, tal vez, sólo tal vez, dentro de unos miles de años ellos ocupen el espacio que estamos dejando libre.

 

Miércoles 18: Un estruendo me despierta. Sobresaltada salgo a la terraza. Un extraño artefacto flota en la bahía no muy lejos de la orilla. No tengo prismáticos pero parece una cápsula cerrada. Me acerco al puerto y cojo una pequeña embarcación de las muchas que flotan olvidadas y amarradas al muelle.

              Mientras me acerco a ese objeto flotante, una portezuela se abre y una lancha neumática auto inflable es lanzada al costado de la cápsula. Una figura salta a ella y mira en mi dirección. Cuando las dos embarcaciones se encuentran nos observamos atónitos.

 

Jueves 19: ¡Sí, es un astronauta!. Está mucho más informado que yo de todo. No, no hay esperanza. La epidemia se ha extendido. Sus dos compañeros y él estaban aislados en la estación aeroespacial. En nuestro planeta, sus posibilidades eran nulas. Los otros eligieron morir en el espacio, él quiso volver. Desde la base, los últimos ingenieros programaron los sistemas para que la cápsula pudiera llegar a la Tierra aunque, le advirtieron, sin garantías de supervivencia en el aterrizaje.

              Allí ya no queda nadie, me dice. Estamos sentado mirando al mar, yo me estoy tomando un café con hielo, él un whisky “on the rocks”. De repente me doy cuenta de algo: “No sé cómo te llamas”

              Él me sonríe. “Me llamo Adam”, responde “¿Y tú?. Yo me echo a reir, divertida por la casualidad y contesto: “Me llamo Eva”

 

 

              Estoy emocionado, me ha costado mucho descifrar los escritos encontrados entre las ruinas de la antigua civilización. Por suerte el autor parecía desear que su relato perdurara y lo escribió  en un material frágil pero envuelto en otro material transparente casi imperecedero, además lo introdujo en un cofre metálico y ello ha permitido que llegara hasta nuestros días casi intacto.

              Me ha ayudado también que el texto estuviera en tres lenguas diferentes, ha sido apasionante. No entiendo muy bien la ocupación del primer individuo, aunque parece claro que el segundo era un viajero del espacio.

              Estoy ansioso por mostrar mi hallazgo a los colegas de la academia de arqueología pese a que sé, de antemano, las críticas y el rechazo que voy a sufrir. Los celos profesionales son lo más habitual entre nosotros y cualquier descubrimiento que se salga de los caminos trillados sufre una fuerte censura. No me importa, tarde o temprano lo aceptarán y, aunque no fuera así, este diálogo de dos seres que vivieron y que fueron parte de este planeta hace millones de años me hace sentir a mí mismo mucho más vivo.

             

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...