Nació Manuel
en un pueblo ni demasiado grande ni demasiado pequeño, en una zona esteparia no
lejos de poblaciones más grandes con cierta actividad económica y cultural. Un
parto más de los muchos que hubo en aquella familia, como en tantas otras de su
entorno. La tasa de mortalidad era alta en los recién nacidos, circunstancia
aceptada como ley de vida, pero que sumía a las mujeres en un estado de
melancolía y tristeza casi permanente.
Una madre, ya
no tan joven y agotada tras varios embarazos, recibió con cariño a Manuel, aun
sabiendo que la tarea de sacarlo adelante era más dura y difícil que lo pasado
los nueve meses anteriores. Y así fue. La criatura no se agarraba al pecho
fláccido y lloraba de hambre sin cesar. Los consejos de hermanas y vecinas no
daban resultado. El niño perdía peso en vez de ganarlo. Un par de recién paridas
se ofrecieron a criarlo a cambio de una pequeña compensación económica.
Disponían de suficiente alimento para sus propios hijos y para Manuel. El acuerdo
era ventajoso para ambas partes.
No resultó.
Aquella terca criatura parecía decidida a seguir la suerte de dos de sus
hermanos, fallecidos apenas unos días después de su alumbramiento, cuando la
señora Dionisia, la más vieja del lugar, sugirió que probaran con leche de cabra.
A nadie le
pareció buena idea ¿Cómo hacerle tomar la leche? Los biberones, algo tan popular
y extendido en años posteriores, era algo desconocido por aquellos lares. No
había otra forma de alimentar a un bebé que la succión directa de una teta y,
obviamente, poner la boquita de una tierna criatura en la ubre de una cabra
parecía descabellado.
Pero la anciana
insistió ¿Qué más daba si el chaval estaba perdido? Ella misma se ocuparía de
hacerlo tal como había visto en su infancia con un hermano suyo. Nada había que
perder. Se habló con el pastor. El conocía mejor que nadie a los animales que,
de diversos propietarios, conducía diariamente a los pastos, retornándolos al
atardecer. Recomendó a Pardilla, una cabra joven, muy sana y con abundante leche.
Dionisia se ocupó de darle un buen lavado, cosa que no tenía poco mérito, como
podrán acreditar todos aquellos que hayan intentado bañar a una cabra.
Las cuatro
patas sobre la mesa de la cocina, el pastor sujetándola de la correa del cuello
y acariciándole la cabeza para tranquilizarla, Pardilla no sabía que pasaba. La
madre, acobardada ante la perspectiva de ver a su hijito pateado no quiso
asistir a aquel primer intento.
Fue Dionisia
quien, con el bebé en brazos y canturreando una nana, aproximó la boquita del
bebé a la ubre del animal. El asustado padre, los hermanitos y un par de
vecinas, conteniendo la respiración vieron al pequeñín succionar del pezón que
le ofrecían y a Pardilla tranquilizarse al comprender lo que querían de ella.
Algo que, a todas luces, no le parecía mal en absoluto.
La cabra pasó
a disfrutar de un trato privilegiado en relación, no sólo a sus compañeras, sino
también a cualquier otro animal de los que habitaban en el pueblo. Fue alojada,
cuidada y alimentada en casa de la familia de Manuel el cual, por cierto,
empezó a engordar y crecer sin ningún problema. Se estableció una rutina
horaria aceptada, mejor que por nadie, por la nodriza caprina que, en cuanto
llegaba la hora de la toma, acudía mansamente al borde de la cuna.
Pasó el tiempo
y el niño fue creciendo. Ya dormía en una cama. Pardilla seguía acudiendo a su
lado ofreciéndole generosamente el alimento que tanto bien le hacía. Así
continuaron mucho tiempo hasta que los padres de Manuel estimaron que ya era suficiente.
Que el muchacho debía desligarse de un animal al que parecía tener más cariño
que al resto de la familia.
La cabra
volvió al rebaño y el chico empezó la escuela. Pero todos los atardeceres,
cuando el numeroso hato de ganado se acercaba al pueblo, un fuerte balido, sin
interés para el resto de los habitantes del lugar, inconfundible para Manuel,
sonaba con insistencia. Sólo cesaba cuando el chico acudía a la llamada de su
nodriza y descargaba sus ubres de la leche que el animal destinaba a su retoño
adoptivo.
Pardilla,
cuidada y querida, murió de vieja. Nadie se planteó jamás sacrificarla. Ni que
decir tiene que Manuel, inevitablemente apodado El Choto, muy bien alimentado
para la época, fue el más alto de todo el pueblo. Debía tener un gran éxito
entre las mujeres, a juzgar por alguna foto en la que se le ve, gallardo y
altanero, rodeado de chicas. Tuvo dos hijas. A la mayor la llamó Dionisia y a
la segunda Pastora, ya que el cura se negó a ponerle Pardilla ¡quién sabe por qué!