La
tranquila pareja estaba viendo aquella película de los años 80. De estatura
media, ojos oscuros y mechas impecables ella, no tenía idea del argumento ni
conocía al director. El, delgado, ojos claros, pelo muy escaso, ya la había
visto, aunque casi la había olvidado. En su momento le gustó, era muy joven
pero ahora le resultó todavía más graciosa. Zelig se apellidaba el
protagonista, un personaje delgadito, nervioso, que iba cambiando de aspecto
según cambiaba de ambiente. Su inseguridad era tan grande que adaptaba su
apariencia para ser aceptado en el grupo en que se encontraba en cada momento.
Si estaba con personas judías le crecía el pelo y se le formaban un par de
tirabuzones a los lados de la cara, si los que le rodeaban eran de raza negra
la piel se le oscurecía, si asiáticos, sus ojos se tornaban rasgados y su pelo
liso y lacio.
El
pasó un buen rato, era divertida y entretenida. El argumento original y bien
contado, los intérpretes muy buenos. Cuando terminó se fue a la cocina a
prepararse un café y entonces, sin saber porque, empezaron a venirle a la
memoria diversos episodios de su vida pasada. De chiquitín le encantaba jugar
con la tierra del patio de recreo, pero enseguida percibió que la maestra
prefería a los niños que volvían más limpios a clase y optó corretear más y
embarrarse menos. Ya adolescente, durante las vacaciones en la montaña sus
padres no podían imaginar que aquel infatigable caminante en realidad lo que
deseaba era tumbarse en la arena caliente y respirar la brisa marina. Buen
estudiante, le encantaba la literatura, pero, consciente de la ilusión de sus
padres, se integró desde muy joven en la empresa familiar. Aceptó, sin dudarlo,
el lema de la familia: “Una funeraria no es un negocio glamouroso, pero
jamás falta clientela”. Desempeño sus tareas sin entusiasmo, pero con
corrección y ninguno de los usuarios de sus servicios tuvo jamás la menor
queja.
Su madre le
presentó a la hija de su mejor amiga: “Trabaja en la gestoría familiar―le
dijo― sería magnífico que ambos negocios se unieran. Ya sabes, defunciones,
trámites, testamentos, papeleo por resolver”. Se dio cuenta de lo que
esperaban de el. Parecía maja chica y lo era. Ya llevaban casi cuarenta años
casados en buena armonía. Coincidían en todo. Además mantenía contacto con los
amigos de la infancia. La última vez que se vieron fue en aquel partido de
fútbol. ¡Qué bien lo pasaron jaleando al Real Madrid! El en realidad era del
Barça, pero nadie lo sabía.
Se
preguntó como sería estar solo. Nunca lo había estado. Un extraño temor lo
invadió. Siempre rodeado de su familia primero, de la suya y de la de su esposa
después. Su mujer entró en la cocina sonriendo:
―¿Me
preparas un café a mi también? Vaya tostón de película. No veía el momento de
que se acabara. ¿No te parece?
―Si,
eso mismo estaba pensando. No me ha convencido nada. Se ha hecho larga ¿verdad?
¿Cuál te apetece que sea la próxima que veamos?
―Sonrisas
y lágrimas
―¡Gran
idea!
Sin
darse cuenta se tocó las sienes como buscando unos bucles y no pudo evitar
mirarse al espejo temeroso de hallar algún cambio en su aspecto. Suspiró aliviado
al ver su calva cabeza todavía intacta.