Érase
una vez un hermoso palacio rosado habitado por seis princesas. Las muchachas
solían reír y jugar por las salas y por el amplio jardín que rodeaba su residencia.
No, no eran rubias y delicadas, todo lo contrario, morenas y fuertes, nunca se
desmayaron al pincharse con una aguja -si es que cosieron alguna vez-,
detestaban las manzanas y nunca calzaron zapatitos de cristal. Sus padres
quisieron que fueran cultas y educadas y buscaron para ello institutrices y
preceptores que las instruyeran en idiomas, música, literatura y arte. Disponían
de un sólido patrimonio que administrar, pero nadie creyó necesario que
dedicaran su tiempo a temas prosaicos como las matemáticas financieras o el
derecho mercantil.
Pasaron
los años y sus personalidades se fueron consolidando. Pese a lo que podía
esperarse, nunca se dieron a la molicie y dos de ellas, la mayor y la pequeña, resultaron
ser especialmente activas. La mayor dio muestras de un carácter fuerte y de
grandes dotes para la interpretación, pero el mundo del teatro estaba vetado
para personas de su alcurnia así que dedicó sus nada escasas energías a la
protección de las artes y a sus propias creaciones literarias. Demostró buenos
sentimientos, grandes capacidades organizativas y una nada desdeñable habilidad
conduciendo su propia carroza, cualidades estas que le valieron algunos
reproches ya que no se consideraban propias de una señorita bien educada
La pequeña
carecía del sentido práctico de su hermana, hecho que provocó más de un
enfrentamiento entre ellas. No obstante, se querían mucho y la mayor observaba
con complacencia la desbordante imaginación de la más joven de la familia. Un
príncipe atractivo y algo casquivano fue capaz de conquistar a aquel ser
inquieto y juntos navegaron por las procelosas aguas de la vida inventando
historias, escribiendo novelas y poemas y disfrutando de la vida al máximo. Las
dos hermanas y el príncipe disfrutaron de la amistad y la admiración de un
rapsoda ciego que, como ellos, dedicaba todo su tiempo a cultivar la
imaginación.
Hermosa vida,
en fin, la de aquellos seres. Dicen que el tiempo no perdona, ni siquiera en
los cuentos, y que nuestras princesas también envejecieron y tuvieron que
padecer diversos avatares que acontecieron en el reino, aunque todo ello pasó
hace ya mucho tiempo, en aquel lugar situado más allá del mar. Dicen también
que, al fin y al cabo, como eran princesas lo tuvieron todo más fácil, pero
claro, eso lo escribe una plebeya envidiosa de su talento que quiso ser
millonaria excéntrica, pero eso no pudo ser.
“Cuanto más vivo, más segura estoy de que no encontraré a un ser capaz de comprenderme. Me quedo con los libros, por el momento”. VICTORIA OCAMPO (1890-1979)