Siempre había
sido una mente inquieta, gran lector, interesado por todos los temas. Soñó con
ser aventurero, pero ni sus circunstancias ni su presupuesto se lo permitieron.
Lo aceptó e intentó sacar el máximo partido de sus posibilidades. Cuando, ya no
muy joven, tuvo un hijo, se prometió a sí mismo que su vástago podría decidir,
elegir la vida que quisiera y no verse limitado por las mezquindades y rutinas
de la vida del asalariado.
Trabajó mucho,
ahorró cuanto pudo, gestionó bien su ahorro. Consiguió, sino hacerse rico,
acumular un pequeño patrimonio que permitiera a su hijo sentirse seguro, ni
urgido ni agobiado por problemas económicos. Al mismo tiempo lo educaba dándole
todo aquello que el hubiera deseado tener, no tanto cosas materiales como
oportunidades. Música, idiomas, excursiones, pequeños experimentos, visitas a
parques temáticos, funciones infantiles, todo lo que pudiera cautivar su
atención e incentivar su imaginación. Pero, sobre todo, tiempo, mucho tiempo
que tanto él como su mujer le dedicaban. Ambos estaban de acuerdo y jamás, en
todos los años dedicados a la crianza y educación del muchacho, hubo la menor
discrepancia entre ellos, la más pequeña fisura en el objetivo común de
convertir a su retoño en un adulto maduro, culto y capaz.
Disfrutó mucho
de la infancia de aquel niño, sin duda feliz. Risueño, simpático y seguro de sí
mismo, no dio problemas en el colegio y sus notas fueron siempre más que
aceptables. No obstante, al llegar la adolescencia, su padre comenzó a inquietarse.
Seguía siendo un encanto de chaval, pero no mostraba ningún interés por todo
aquello que a su progenitor le parecía tan importante. Empezó dejando la
música. El piano pasó a ser simplemente un lugar en el que se apoyaban los
portarretratos familiares y el jarrón de Murano regalo de los abuelos. Descartó
el francés argumentando que era un idioma sin futuro ya que apenas lo hablaban
doscientos cincuenta millones de personas, nada que ver con el inglés que iba
camino de tener mil quinientos millones. Su talento para el dibujo lo dedicó a
la realización de caricaturas, algo que le proporcionó mucho éxito entre sus
compañeros de clase y amigos y poco entre profesores y familiares. Majo chaval,
en fin, con mucho éxito social y poca profundidad intelectual.
De nada
sirvieron los frecuentes regalos de libros. La lectura que había parecido
interesarle en la infancia, desapareció por completo entre sus aficiones y ni
el formato digital ni el de papel merecieron ni un segundo de atención una vez
cumplidos los doce años. Su madre argumentó que tal vez era algo pasajero,
propio de la adolescencia. La psicóloga del colegio diagnosticó que era un caso
típico de sobreestimulación intelectual de la criatura que había provocado un
rechazo frontal hacia todo aquello que relacionaba con sus padres.
Comentaron el
caso con unos amigos también preocupados por la evolución de su vástago, una chica.
Ellos habían consultado a un prestigioso especialista que concluyó que, como
padres, no habían dedicado suficiente esfuerzo a estimular las inquietudes y el
desarrollo intelectual de su hija por lo que se había convertido en una
personalidad plana, fácilmente influenciable por las redes sociales. Un
dictamen que a la muchacha no le afectó en absoluto, pero había provocado en
los padres un tremendo sentimiento de culpabilidad.
¿Qué hacer?
Todo pareció arreglarse en el momento de matricularse en la universidad. Sin
dudarlo, el chico optó por Administración y Dirección de Empresas. No era lo
que su padre hubiera elegido. Se sorprendió porque le parecían unos estudios
aburridos y sin interés, pero no dejó traslucir sus sentimientos y lo apoyó con
toda el alma deseando que encontrara su camino en la vida y asumiendo, ya por
fin, que ese camino no era el suyo y que su hijo debía marcarse sus propios
objetivos.
No le fue mal.
Aprobó y fue pasando de curso sin dificultad. Materias que al padre le parecían
tremendamente áridas como el derecho mercantil o la estadística eran un juego
de niños para el hijo. Sus trabajos preferidos eran los que incluían una
presentación con diapositivas y no se podía negar que estaba dotado para la
dialéctica. Llegó al final del grado. Había que presentar un proyecto original,
distinto y que demostrara la solidez de los conocimientos adquiridos.
Ni pidió
consejo, ni su padre se atrevió a sugerirle nada. Largos días de estudio,
teleconferencias, tutorías, dieron como resultado un extenso trabajo. Esta vez
sí, el muchacho pidió ayuda. Debía presentarlo al tribunal y nadie mejor que
sus propios padres para ensayar, una y otra vez la exposición. Sabía que eran
rigurosos y que le harían tantas o más preguntas que los examinadores, justo lo
que necesitaba para ejercitarse en dar respuestas rápidas e infundir sensación
de dominio sobre el tema.
Sentado en la
mesa del comedor, con su señora al lado, el intrigado padre observó a su hijo
conectando el portátil a la pantalla del televisor colocada sobre una mesa
auxiliar, de tal manera que reproducía en cierta manera la situación a la que el
joven iba a tener que enfrentarse.
Tras una breve
disertación relativa a la importancia de las nuevas iniciativas como
dinamizadoras de la economía local y nacional, la pantalla se iluminó con la
primera diapositiva que contenía el título del trabajo: “Bosques comestibles.
Estructura empresarial necesaria para su creación. Expectativas de mercado
nacional e internacional”
El eje central
de la presentación era cómo canalizar un nuevo producto y hacerlo rentable, en
este caso los llamados Bosques comestibles, parcelas no muy grandes con
variedad de árboles y de plantas, muchas de ellas comestibles, otras destinadas
a regenerar el terreno. Una idea promovida por especialistas agroforestales
pero que necesitaba el apoyo organizativo de expertos económicos para que
resultara factible, sin olvidar la labor de marketing imprescindible para hacer
llegar a los potenciales clientes la información y hacerles sentir la necesidad
y la urgencia de invertir en el proyecto.
Cálculos
estadísticos hábilmente mostrados a través de diversos gráficos, de líneas, de
barras o circulares, según conviniera para dar una mejor impresión del resultado.
Planos de diseño y fotos de algunos bosques ya creados artificialmente. El
entusiasmo del orador era manifiesto. Al finalizar el padre no pudo más que
concluir:
-Excelente
trabajo, hijo mío. No me cabe duda que vas a dejar al tribunal impresionado.
El muchacho
apagó la pantalla, recogió sus bártulos y se fue a tomar una cerveza con los
compañeros, contento y agradecido de la buena acogida que estaba teniendo su
esfuerzo por parte de la familia.
Al oír el
sonido de la puerta al cerrarse, marido y mujer se miraron. “Nunca oí describir
nada tan parecido a un huerto” -dijo ella con humor. El no sabía que decir.
Parecía tan desconcertado que su mujer, apoyando la mano en su hombro le
susurró al oído:
-Tranquilo. Al
abuelo seguro que le hace ilusión.
-Ha dicho que
esto es a lo que quiere dedicarse cuando termine. ¿Crees que va a ser capaz de
vender como nuevo algo que ya está inventado?
Ella se
encogió de hombros y le sonrió.
-El tiempo lo
dirá.
Y el tiempo lo
dijo. Para pasmo y asombro de sus padres, la empresa creada por un grupo de
chavales, ingenieros agrónomos algunos y graduados en economía otros,
funcionaba. Los pequeños préstamos iniciales de la familia les permitieron
despegar y conseguir más tarde financiación bancaria para alcanzar un tamaño
razonable y llegar a diversos mercados. Los clientes se sucedían y pronto
aparecieron en las páginas naranja de algunos prestigiosos diarios económicos.
Algunos años
más tarde, una pareja de tranquilos jubilados observaba frente al mar la línea
del horizonte.
-No hay nada
nuevo bajo el sol, Fermina.
-No Ignacio.
Pero un mueble antiguo, bien restaurado, puede convertirse en un tesoro.
Y este es el
FIN de la historia de Fermina, Ignacio y Nicolás.