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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

jueves, 29 de junio de 2023

EL BOSQUE

 

Siempre había sido una mente inquieta, gran lector, interesado por todos los temas. Soñó con ser aventurero, pero ni sus circunstancias ni su presupuesto se lo permitieron. Lo aceptó e intentó sacar el máximo partido de sus posibilidades. Cuando, ya no muy joven, tuvo un hijo, se prometió a sí mismo que su vástago podría decidir, elegir la vida que quisiera y no verse limitado por las mezquindades y rutinas de la vida del asalariado.

Trabajó mucho, ahorró cuanto pudo, gestionó bien su ahorro. Consiguió, sino hacerse rico, acumular un pequeño patrimonio que permitiera a su hijo sentirse seguro, ni urgido ni agobiado por problemas económicos. Al mismo tiempo lo educaba dándole todo aquello que el hubiera deseado tener, no tanto cosas materiales como oportunidades. Música, idiomas, excursiones, pequeños experimentos, visitas a parques temáticos, funciones infantiles, todo lo que pudiera cautivar su atención e incentivar su imaginación. Pero, sobre todo, tiempo, mucho tiempo que tanto él como su mujer le dedicaban. Ambos estaban de acuerdo y jamás, en todos los años dedicados a la crianza y educación del muchacho, hubo la menor discrepancia entre ellos, la más pequeña fisura en el objetivo común de convertir a su retoño en un adulto maduro, culto y capaz.

Disfrutó mucho de la infancia de aquel niño, sin duda feliz. Risueño, simpático y seguro de sí mismo, no dio problemas en el colegio y sus notas fueron siempre más que aceptables. No obstante, al llegar la adolescencia, su padre comenzó a inquietarse. Seguía siendo un encanto de chaval, pero no mostraba ningún interés por todo aquello que a su progenitor le parecía tan importante. Empezó dejando la música. El piano pasó a ser simplemente un lugar en el que se apoyaban los portarretratos familiares y el jarrón de Murano regalo de los abuelos. Descartó el francés argumentando que era un idioma sin futuro ya que apenas lo hablaban doscientos cincuenta millones de personas, nada que ver con el inglés que iba camino de tener mil quinientos millones. Su talento para el dibujo lo dedicó a la realización de caricaturas, algo que le proporcionó mucho éxito entre sus compañeros de clase y amigos y poco entre profesores y familiares. Majo chaval, en fin, con mucho éxito social y poca profundidad intelectual.

De nada sirvieron los frecuentes regalos de libros. La lectura que había parecido interesarle en la infancia, desapareció por completo entre sus aficiones y ni el formato digital ni el de papel merecieron ni un segundo de atención una vez cumplidos los doce años. Su madre argumentó que tal vez era algo pasajero, propio de la adolescencia. La psicóloga del colegio diagnosticó que era un caso típico de sobreestimulación intelectual de la criatura que había provocado un rechazo frontal hacia todo aquello que relacionaba con sus padres.

Comentaron el caso con unos amigos también preocupados por la evolución de su vástago, una chica. Ellos habían consultado a un prestigioso especialista que concluyó que, como padres, no habían dedicado suficiente esfuerzo a estimular las inquietudes y el desarrollo intelectual de su hija por lo que se había convertido en una personalidad plana, fácilmente influenciable por las redes sociales. Un dictamen que a la muchacha no le afectó en absoluto, pero había provocado en los padres un tremendo sentimiento de culpabilidad.

¿Qué hacer? Todo pareció arreglarse en el momento de matricularse en la universidad. Sin dudarlo, el chico optó por Administración y Dirección de Empresas. No era lo que su padre hubiera elegido. Se sorprendió porque le parecían unos estudios aburridos y sin interés, pero no dejó traslucir sus sentimientos y lo apoyó con toda el alma deseando que encontrara su camino en la vida y asumiendo, ya por fin, que ese camino no era el suyo y que su hijo debía marcarse sus propios objetivos.

No le fue mal. Aprobó y fue pasando de curso sin dificultad. Materias que al padre le parecían tremendamente áridas como el derecho mercantil o la estadística eran un juego de niños para el hijo. Sus trabajos preferidos eran los que incluían una presentación con diapositivas y no se podía negar que estaba dotado para la dialéctica. Llegó al final del grado. Había que presentar un proyecto original, distinto y que demostrara la solidez de los conocimientos adquiridos.

Ni pidió consejo, ni su padre se atrevió a sugerirle nada. Largos días de estudio, teleconferencias, tutorías, dieron como resultado un extenso trabajo. Esta vez sí, el muchacho pidió ayuda. Debía presentarlo al tribunal y nadie mejor que sus propios padres para ensayar, una y otra vez la exposición. Sabía que eran rigurosos y que le harían tantas o más preguntas que los examinadores, justo lo que necesitaba para ejercitarse en dar respuestas rápidas e infundir sensación de dominio sobre el tema.

Sentado en la mesa del comedor, con su señora al lado, el intrigado padre observó a su hijo conectando el portátil a la pantalla del televisor colocada sobre una mesa auxiliar, de tal manera que reproducía en cierta manera la situación a la que el joven iba a tener que enfrentarse.

Tras una breve disertación relativa a la importancia de las nuevas iniciativas como dinamizadoras de la economía local y nacional, la pantalla se iluminó con la primera diapositiva que contenía el título del trabajo: “Bosques comestibles. Estructura empresarial necesaria para su creación. Expectativas de mercado nacional e internacional”

El eje central de la presentación era cómo canalizar un nuevo producto y hacerlo rentable, en este caso los llamados Bosques comestibles, parcelas no muy grandes con variedad de árboles y de plantas, muchas de ellas comestibles, otras destinadas a regenerar el terreno. Una idea promovida por especialistas agroforestales pero que necesitaba el apoyo organizativo de expertos económicos para que resultara factible, sin olvidar la labor de marketing imprescindible para hacer llegar a los potenciales clientes la información y hacerles sentir la necesidad y la urgencia de invertir en el proyecto.

Cálculos estadísticos hábilmente mostrados a través de diversos gráficos, de líneas, de barras o circulares, según conviniera para dar una mejor impresión del resultado. Planos de diseño y fotos de algunos bosques ya creados artificialmente. El entusiasmo del orador era manifiesto. Al finalizar el padre no pudo más que concluir:

-Excelente trabajo, hijo mío. No me cabe duda que vas a dejar al tribunal impresionado.

El muchacho apagó la pantalla, recogió sus bártulos y se fue a tomar una cerveza con los compañeros, contento y agradecido de la buena acogida que estaba teniendo su esfuerzo por parte de la familia.

Al oír el sonido de la puerta al cerrarse, marido y mujer se miraron. “Nunca oí describir nada tan parecido a un huerto” -dijo ella con humor. El no sabía que decir. Parecía tan desconcertado que su mujer, apoyando la mano en su hombro le susurró al oído:

-Tranquilo. Al abuelo seguro que le hace ilusión.

-Ha dicho que esto es a lo que quiere dedicarse cuando termine. ¿Crees que va a ser capaz de vender como nuevo algo que ya está inventado?

Ella se encogió de hombros y le sonrió.

-El tiempo lo dirá.

Y el tiempo lo dijo. Para pasmo y asombro de sus padres, la empresa creada por un grupo de chavales, ingenieros agrónomos algunos y graduados en economía otros, funcionaba. Los pequeños préstamos iniciales de la familia les permitieron despegar y conseguir más tarde financiación bancaria para alcanzar un tamaño razonable y llegar a diversos mercados. Los clientes se sucedían y pronto aparecieron en las páginas naranja de algunos prestigiosos diarios económicos.

Algunos años más tarde, una pareja de tranquilos jubilados observaba frente al mar la línea del horizonte.

-No hay nada nuevo bajo el sol, Fermina.

-No Ignacio. Pero un mueble antiguo, bien restaurado, puede convertirse en un tesoro.

Y este es el FIN de la historia de Fermina, Ignacio y Nicolás.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...