El
patrón no me quería, decía que no era necesaria. Sólo por la insistencia de su
señora y el camarero estoy aquí, en la esquina, discreta y sin estorbar. Así
estaba aquel mediodía cuando ellos entraron, una pareja, él de gesto un tanto
chulesco, ella ceñuda, como de mal humor. Se sentaron en la mesa pequeña lejos
de la pantalla del televisor. No hay servicio de mesas y pidieron en la barra
un par de cervezas y dos pinchos de tortilla. El bar es famoso por sus tapas,
mucha gente acude allí a tomar el aperitivo y algunos encargan bandejas para
las pequeñas celebraciones familiares. No la oía, pero en los labios de ella se
leía la frase dirigida a él: Pagas tu ¿no?
La
policía vino al cabo de un par de días. Era la hora del café y había varios
clientes de los habituales, todos ellos parecían sorprendidos, el patrón se
puso muy nervioso.
-Todo lo que
se sirve aquí es de la mejor calidad -dijo asustado.
Pero insistieron. El difunto no había comido
nada ni antes ni después de su visita al bar. Poco rato después de salir de
allí había acudido a urgencias con un fuerte dolor de estómago, apenas unas
horas después había fallecido. El camarero, tembloroso y con los ojos muy
abiertos, no acertaba a responder las preguntas de los agentes. Entonces tomó
la palabra ella, la patrona, recién salida de la cocina, con el delantal y las
manos manchadas de harina, se dirigió a los agentes y me señaló a mí.
-Adelante,
-les dijo-. Aquí no hay nada que ocultar.
Me bajaron, abrieron
mis tripas, comprobaron mis grabaciones y allí estaba: mientras el hombre
pagaba y el resto de los clientes miraban embobados la pantalla del televisor,
ella sacó una jeringuilla y clavó la aguja en el pincho destinado a su
compañero, cuando el volvió a la mesa ingirió la apetitosa tapa, tomó su
cerveza y ambos continuaron la conversación, más bien disputa, con la que
habían entrado al bar.
Ahora, por las
mañanas, el patrón me limpia el polvo con cariño y le cuenta la anécdota a todo
el que quiere oírla. El asunto salió en la prensa y le dio cierta fama al bar
al que acuden ahora más clientes, incluso está pensando en coger el local de al
lado y poner terraza. Eso sí, tiene que oír todos los días una pequeña regañina
de parte de su esposa.
-¡Nunca me
haces caso! Y eso que suelo tener razón. Acuérdate de lo de la cámara que si no
es por mi que insistí…..en presidio por envenenamiento. Y lo que es peor ¡el
negocio cerrado!
El la mira, se
miran. Ninguno de los dos ha vuelto a probar jamás un picho de tortilla. Por si acaso.