Hacía poco
que había empezado a trabajar. Dinero escaso, ganas de vivir todas. Fue ella la
que lo propuso. No sé como ni porqué. Me extrañó porque no pensaba que fuera un
tipo de viaje acorde con su carácter. ¿Estás segura? -le pregunté-. ¿En tren y
con mochila? Por mi encantada.
Fuimos
hasta Barcelona en el coche de un compañero de trabajo que solía ir los fines
de semana. Dormimos allí y a la mañana siguiente cogimos un tren con destino a
Ginebra. En la mochila pocas cosas, alguna camiseta, calcetines, un vestido veraniego
por si hacía calor, un jersey y un anorak ligero por si hacía frío. Para evitar
acumular ropa sucia compramos un buen número de braguitas desechables. No hacía
mucho que habían salido y creo que ya no las venden. Esa marca por lo menos no.
Eran de celulosa y venían en paquetes individuales de tres colores, azul, rosa
y blanco. Guías de viaje no llevábamos ninguna. Pesaban y además no sabíamos
seguro dónde íbamos a parar. Sobre la marcha, como suele decirse. El billete
era abierto y permitía subir y bajar donde lo desearas.
Puede
decirse que todo fue de maravilla y que disfrutamos de aquellas vacaciones.
Vimos varias ciudades y hablamos con gente muy diversa. Los viajes en tren
tienen mucho encanto y tener veinte años aún tiene más. He olvidado muchas
cosas. Pero no me hacen falta fotos para recordar aquella soleada mañana en
Salzburgo, hace ya cuarenta años.
¿Conocéis
el Palacio Hellbrunn? Es magnífico y en sus jardines, durante la visita guiada,
se puede ver una zona donde el príncipe-arzobispo entretenía a sus invitados.
Un pequeño teatro, esculturas y una mesa y sus correspondientes taburetes de
estilo tirolés, esos que tienen cuatro patas y un agujerito en medio para
transportarlos mejor. Claro que todo era de mármol. Otra cosa hubiera
desentonado.
El guía,
sonriente, nos invitó a tomar asiento. Sorprendentemente la mayoría de los
turistas se pusieron a los lados tímidamente. Nosotras, cansadas por la larga
visita, nos sentamos en un par de taburetes. Alguna otra persona nos imitó. El
guía nos informó del carácter jocoso y bromista del constructor del palacio a
la vez que pulsaba una palanca y multitud de chorros de agua surgían de todas
partes, esculturas, la mesa y ¡como no! de los agujeritos en nuestros
taburetes. Todos los turistas se mojaron, nadie salió indemne, pero menos que
nadie las dos despistadas sentadas en los taburetes de mármol y que aquel día,
precisamente, se habían puesto la indumentaria ligerita debido al calor.
Corriendo
por los jardines, intentando evitar algo de aquel súbito diluvio, mi amiga
balbuceaba: ¡Ay mis bragas, ay, ay!
Con cara
de “aquí no ha pasado nada” terminamos la visita al palacio lo más dignamente
que pudimos. Según íbamos andando percibíamos como nuestra ropa interior se iba
desgarrando y todo nuestro temor era que se cayera al suelo antes de poder
llegar a un lugar seguro.
La goma de
la cintura sostenía apenas unos jirones de papel de celulosa cuando ¡al fin! llegamos
a nuestro alojamiento. Nos miramos. Suspiramos. No hizo falta hablar. ¡Nunca
hay que salir de viaje sin unas buenas bragas!