Los años pasan
sin que apenas lo notemos y de repente un día, te miras al espejo y han
aparecido las temidas patas de gallo, te pesas y la báscula te confirma tus
peores temores, miras a tu alrededor y te das cuenta que las casas, como las
personas, envejecen. Pero ellas tienen remedio, te dices, y te lanzas a la
reforma con la esperanza de que la reparación de desperfectos y la creación de
un hogar moderno y actualizado ayudará a tu maltrecha autoestima y mejorará
incluso tu imagen en el espejo, sobre todo si el cristal es un poquito ahumado.
Con esa
intención, para empezar, me lancé a renovar el cuarto de baño. La ducha con una
gran alcachofa que parece que te estés duchando bajo la lluvia, no fue
problema. Mantener las losetas de mármol de la pared y encontrar otras que
armonizaran para crear un zócalo dónde antes estaba la bañera y ahora se iba a
poner la ducha, fue algo más complicado. Mi sueño de instalar un inodoro
japonés con todos los adelantos de comodidad e higiene resultó imposible.
Algo
decepcionada pero nunca derrotada decidí seguir adelante. Se iniciaron las
obras, las puertas cuidadosamente protegidas con cortinas de plástico para que
el polvo de los trabajos no se introdujera en las otras habitaciones. Pero el
ingenuo morador-reformador propone y los diversos gremios disponen. Inesperados
problemas, discrepancias entre el proyecto y la realidad, todo generaba más y
más partículas polvorientas. Cuando ya todo parecía terminado, cuando una
primera limpieza se había efectuado, entonces él, el fontanero, con una sonrisa
tímida, me anunció: “Creo que he perforado una tubería. Bueno, la verdad es
que no lo creo. Estoy seguro”. Se solucionó, claro, volvieron los albañiles
de los que agradecida me había despedido. Quitaron una baldosa, rascaron aquí y
allá, se reparó la tubería, recompusieron la pared. La nube de polvo invadió
todos los resquicios por muy protegidos que estuvieran.
Cuando por fin
terminó todo me miré al espejo. A las patas de gallo se habían sumado tres
arrugas en el entrecejo y otras tres en la frente. Entonces apareció él, el
fontanero. Se había dejado la caja de herramientas en la galería de la cocina.
Le acompañé a recogerlas y le sugerí que bajara andando por la escalera ya que
el ascensor no marchaba muy bien y era fácil quedarse encerrado. Le mostré la
puerta antiincendios tras la que se encontraba la escalera. ¿Puede culparme
alguien por la zancadilla seguida de un empujón que le di? Cualquiera que haya
hecho obras en su casa me entenderá. Es verdad que se rompió la tibia, el
peroné y tres costillas, pero es evidente que era un torpe que ni caer rodando
sabía.