Frida está sentada en un banco
pegado a la fachada de una casa azul, de un azul fuerte, brillante, alegre, tan
alegre como sus ropas coloridas y amplias y las flores que forman la diadema
que enmarca su rostro. Su semblante, no obstante, es muy serio, la fuerza de su
mirada bajo unas cejas inusualmente espesas, resulta intimidante.
Franz se aproxima con paso cansado.
No es viejo sino de mediana edad, pero sus movimientos son lentos. Viste un
traje claro de lino y una corbata de finas rayas azules. Se podría decir al
verlo que tiene un aspecto triste, pero al ver a la mujer sonríe abiertamente y
la saluda.
― ¿Quién eres? ¿Me habías llamado?
―No pensaba verte aparecer. Simplemente me gustaría
charlar contigo. Mi marido me ha hablado de tus obras, he leído alguna y me ha
impresionado. Parece que tenemos mucho en común.
― ¿De veras? ¿Como qué?
―Bueno, los dos somos mentes inquietas, deseosas de hacer
muchas cosas, de una vida artística activa pero lo que tenemos es una salud
endiabladamente mala que no nos permite dar rienda suelta a las inclinaciones
de nuestro espíritu. Además, las iniciales de nuestros nombres coinciden FK ¿No
te parece un aviso del destino?
―No sé que pensar, la verdad. ¿Vives aquí?
―No exactamente. ¿quieres pasar y verás mi obra?
Al entrar en la casa, multitud de autorretratos
representando la soledad y el sufrimiento de la autora convencieron al recién
llegado de las semejanzas entre sus espíritus atormentados. Se volvió hacia la
mujer y le preguntó.
― ¿Por qué me has convocado?
―He leído “La metamorfosis”. Tras un accidente que tuve a
menudo me siento como el protagonista. Conozco también tu biografía y sé que
nuestros respectivos problemas de salud no nos impiden, al contrario, nos
incitan a la actividad intelectual, nos estimulan el deseo sexual. Has tenido
varias parejas, igual que yo. Sueño contigo a menudo, tu personalidad me ha
atraído desde el principio y por eso he deseado conocerte.
Él la mira, desconcertado y a la vez interesado ¡qué
mujer tan peculiar, tan especial, tan diferente a todas las que ha conocido
hasta ahora! Atormentada, creativa, insatisfecha, luchadora ¡que fuente de
inspiración! Tal vez con ella no fracasaría, no se sentiría agobiado por el
afecto maternal y la compasión con que todas las mujeres de su vida lo habían
tratado. Al fin y al cabo, los dos eran enfermos, eso los igualaba y los
vinculaba de una manera mucho más estrecha. Se da cuenta de que ella percibe lo
que pasa por su mente. Indeciso e inseguro le dice:
―No quiero que te hagas ilusiones. Ya tengo una vida, tu
tienes un marido por lo que me has dicho. Además, soy un enfermo, mi esperanza
de vida es corta.
―Mis ilusiones son libres, mi marido está en otra parte y
tu esperanza de vida es la que yo te dé. ¿Aún no te has dado cuenta de dónde
estás? Esta es mi casa, esta es mi obra, este es mi sueño. Estás aquí porque yo
te estoy imaginando, porque tus palabras, tus libros, tus historias me han
permitido recrearte, reconstruirte, aparecer. Porque he decidido soñar que
nuestras iniciales FK y FK están bordadas en una almohada en la que tu y yo
apoyaremos nuestras cabezas tras hacer el amor y no con nuestro intelecto
precisamente.
Él sonríe una vez más, mira al horizonte a través de la
ventana y vuelve a posar sus ojos en ella, en su trenza, en su gesto desafiante
y atractivo.
― ¿Estás segura de que sólo yo soy un sueño? Tal vez tu
también lo eres. ¿Te has parado a pensar que quizás alguien te está imaginando
en este momento, que alguien que ha estudiado nuestras biografías ha deseado
que nos hubiéramos conocido?
Ella, perpleja, frunce el ceño, va a responder cuando por
la puerta de la casa ve aparecer a una tercera persona. Se lo indica con un
gesto a su interlocutor y ambos miran al personaje recién llegado: alto, rubio,
ojos claros, cara ancha, atrayente sonrisa, aspecto algo infantil. No tiene
nada que ver con ellos. ¿Quién es ese? ¿Qué hace aquí?
Franz rompe el hielo presentándose.
―Buenas soy FK, Franz Kafka, no sé si me conoce.
―Por supuesto, le admiro muchísimo y a usted también ―dice
dirigiéndose a ella― también es FK, si no me equivoco, Frida Kahlo.
―Pero ¿quién es usted? ―responde ella irritada.
―Soy FK, igual que ustedes, pero con una J delante, JFK,
presidente de los Estados Unidos.
―Pero usted no es un artista atormentado y creativo. No
tiene nada en común con nosotros. Está estropeando mi sueño, mi deseo, lo que
hubiera podido ser una fantástica historia de amor.
―Lo lamento de verás, no sé que ha podido suceder. De
repente me he visto en una pradera agostada por el sol y esta casa es lo único que
había en el horizonte. No soy un artista, desde luego, pero comparto con
ustedes una pertinaz mala salud desde mi juventud y una vida fatalmente corta
que no me permitió llegar tan lejos como hubiera deseado.
Los tres personajes se miran perplejos, Franz y Frida
levemente molestos, John incómodo y deseando desaparecer. ¿Quién o qué los
había llevado a esta situación?
En ese momento la guionista apartó la mirada de la
pantalla de televisión. Se había distraído con el enésimo reportaje sobre el
atentado de Dallas. Volvió a concentrarse en las páginas de aquel delirio que
se le había ocurrido una tarde de verano: Unir los destinos de dos personajes a
los que admiraba de manera muy especial.