Queridos padres:
No
está muy de moda escribir cartas. Yo, de hecho, creo que es la primera que
escribo ya de adulto, pero no encuentro otra manera mejor de despedirme.
Despedirme, sí: me voy; es decir, me fui hace unos días, no sé si os habéis
dado cuenta. Supongo que os sorprende que sea yo el que me vaya esta vez.
Siempre era él. Siempre suspirabais por su vuelta. Veremos a ver si suspiráis
tanto por mí. No os lo toméis a mal, pero es que estoy harto. No lo estoy del
trabajo, me gusta y siento dejarlo, pero las cosas han llegado a un punto en el
que creo que esta es la mejor decisión.
Mirad,
pase que, desde mi más tierna infancia, esté oyendo a todas horas lo guapo que
es mi hermano: los ojazos que tiene, ese pelo ensortijado que da pena cortar,
lo salado y lo simpático que es. Pase que, cuando íbamos al colegio, eran más
celebrados sus suspensos que mis buenas notas. Pase que, de adolescentes,
toleraseis sus salidas de tono y sus comentarios cáusticos con una paciencia
digna del mismo Job. Pase que yo me haya tenido que encargar de todo el trabajo
de las fincas cuando él se fue de parranda y volvió al cabo de varios meses sin
un duro y muerto de hambre. Pase, incluso, que le perdonaseis la segunda vez
que volvió después de “tomar prestada” vuestra tarjeta de crédito y haberse
fundido el saldo de la cuenta corriente. Pero todo tiene un límite: a la
tercera va la vencida, como se suele decir.
No,
no lo entiendo. No comprendo que os haga gracia que me haya quitado la novia;
que estéis dispuestos a pagarle la boda; que mamá sea la madrina; que le cedáis
el piso de la plaza mayor y que le cojáis el traspaso del colmado para que
tenga cómo ganarse la vida. No, no me sirve que me digáis que yo no necesito
tanta atención y que solo hacéis todo lo posible por retenerlo; que es un
espíritu inquieto como el tío Julián y que no queréis que acabe como él.
Esos
argumentos me han convencido hasta hoy, pero se acabó. Sugiero que él se
empiece a encargar de algunas cosas; así os podréis ahorrar el dinero del
traspaso. Entre vigilar el melocotón y la cereza, organizar la matanza y
mantener en condiciones la parte de las acequias que nos corresponden va a
estar entretenido. Yo, de momento, he conseguido un trabajo como carretillero
en la fábrica de baterías, esa nueva que han instalado. No pagan mal y es
bastante fácil conducir uno de esos cacharros después de tanto manejar el
tractor. Me he apuntado, además, a un gimnasio y estoy tonteando con una
chavala que he conocido en la sala de pesas y que no tengo la menor intención
de presentaros, ni a vosotros ni a él.
Por
último, que sepáis que el que admiraba, de verdad, al tío Julián era yo. El que
soñaba con ser instructor de esquí en invierno y monitor de buceo en verano,
era yo. El que envidiaba esa capacidad de dejarlo todo y volverse a construir
una nueva vida otra parte era vuestro otro hijo: el soso, el flacucho, el
tímido. Aún estoy a tiempo y estoy decidido. Os iré mandando postales para que
vayáis siguiendo mi trayectoria, pero no; yo no voy a volver.