El estadio
estaba muy cerca y los gritos de los aficionados se oían desde casa. El partido
era decisivo y muy emocionante, pero, aun así, prefirieron ver la retransmisión.
Sentados en el sofá frente al televisor con un par de coca colas y algo que
picar, su hijo y ella estaban atentos a la pantalla celebrando con risas y oes
los aciertos y desaciertos de su equipo. En un momento dado hubo un pequeño
alboroto en las gradas y la cámara enfocó hacia allá. Un hombre apareció en
primer plano mirando fijamente al objetivo. Ella se estremeció. No es que las
facciones le resultaran familiares, es que eran “sus” facciones, las de él, las
que nunca había podido olvidar. Llevaba incluso un polo azul claro, como los
que le gustaban a él, como los que vestía siempre.
La miraba,
estaba segura de que la veía, pero no podía ser, era imposible. ¿Se estaba
volviendo loca? Se dirigió a su hijo.
―¿Ves ese
espectador de polo azul?
― Sí, no sé
porqué lo enfocan tanto. ¡Que tío más serio!
―Feo ¿Verdad?
―¡Caramba
mamá! No digas que es feo que es un tipo como yo, moreno de pelo rizado con la
cara ancha. ¿quieres deprimirme o qué?
El partido
estaba a punto de terminar. Para sorpresa del chico, con la excusa de comprar
más refrescos salió. Se dirigió al estadio. Por la zona en la que estaba
sentado dedujo por que puerta podía salir el misterioso espectador.
¡Ahí estaba!
Pasó a su lado sin prestarle atención. Ella lo llamó por su nombre, Juan. No
hubo respuesta. Lo llamó de nuevo. Esta vez por su apellido, como solía hacerlo
en broma tantas veces, ¡Zabaleta!
Se detuvo,
volvió la cabeza. ¿Nos conocemos?
―¿Juan?
―Me confunde
con mi hermano señora. Lo siento. Desapareció hace años. No sabemos nada de él.
Disculpe.
El
desconocido siguió su camino y ella volvió sobre sus pasos aliviada, sin poder
evitar una sonrisa. ¿Cómo había podido dudarlo? Ella misma lo mató.