La consulta del psiquiatra era agradable y acogedora. Pintada en tonos claros y con mobiliario moderno. Aparte del escritorio habitual donde eran entrevistados los pacientes, había dos pequeños sofás colocados en ángulo recto y unas estanterías con libros relacionados con su profesión, así como fotos de sus diversas estancias en África. El doctor, cuando era algo más joven, había sido un activo colaborador de una ONG, algo que le producía gran satisfacción y le gustaba recordar.
Esa
mañana escuchaba atentamente a una de sus pacientes. La mujer, de unos
cincuenta años, pelo corto castaño y algo obesa, relataba entre lágrimas y con
voz entrecortada hasta que punto se veía superada por las pequeñas
frustraciones cotidianas. Pequeñas para algunos, pero para ella eran como una
montaña imposible de escalar.
Los
vecinos ruidosos, los comerciantes desaprensivos, el conserje de la finca
insolente, su jefe exigente, agotador. Los hijos, que sólo sabían pedir, pedir
y no hacer nada. Por no hablar del marido que ni la escuchaba, ni la entendía,
ni quería entenderla.
Demasiado
trabajo en la oficina, toda la carga de las tareas domésticas. Y ella, incapaz
de decir que no a nada. Tratando desesperadamente de contentar a todo el mundo
y siendo consciente de que no lo conseguía.
Cuando
terminó, el doctor la miró a los ojos y le sonrió amablemente. Era fundamental
que la paciente se sintiera comprendida y apoyada. Infundirle confianza para
que superara ese estado de abatimiento profundo, esa tremenda crisis de
autoestima.
―Me
gustaría decirle que las cosas pueden cambiar ―le dijo―. Eso esperan muchas de
las personas que acuden a esta consulta. Pero eso no le ayudaría. El mundo es
como es y debemos desarrollar la habilidad de enfrentarnos a él.
Usted
es una mujer capaz e inteligente. Estudie sus problemas uno a uno y enfréntese
a ellos. Vamos a poner un ejemplo simple. Me dice que detesta los partidos de
tenis y que juega para complacer a su marido. Debe reconsiderar su postura. Si
el tenis le causa nerviosismo e irritación, evítelo. Hable, busque
alternativas, usted misma debe encontrar la solución. Pero, insisto, evite las
causas del desasosiego.
Ya
sé que no es sencillo. Le voy a dar unas cápsulas que le ayudaran a dormir
mejor. No se inquiete, no crean dependencia. Un buen descanso, un sueño
reparador, es fundamental para mirar la vida de frente y serenamente. Si le
parece nos vemos dentro de un mes y vemos su evolución y, estoy seguro, sus
progresos.
Pasado
el tiempo acordado, la paciente acudió de nuevo a la consulta. Le comentó al
doctor que había superado sus problemas con el tenis y que eso le había hecho
sentirse mucho mejor. El médico la escuchó, su voz era sin duda más animada.
Iban por buen camino.
Con
intervalos de, aproximadamente, treinta días se fueron viendo. En cada una de
las visitas la mujer había superado uno de los temas que antes la agobiaban
tanto: los vecinos, el jefe, el dueño del colmado (el que la engañaba con el
peso). En fin, que poco a poco, iba resolviéndolo todo.
Tanto
médico como paciente estaban satisfechos de los resultados. El primero decidió
redactar un artículo para una prestigiosa revista médica basado en el caso. Se
iba a titular: “Enfoque imprescindible del tratamiento de las frustraciones de
la vida cotidiana en pacientes faltos de autoestima”.
En
ello estaba cuando su ayudante le anunció que dos policías deseaban verle.
Sorprendido, los recibió y preguntó el motivo de la visita.
―Venimos
a informarle de la detención de doña Matilde García García. Tenemos entendido
que era paciente suya. Así mismo debemos decirle que está usted citado para
prestar declaración en la comisaría del distrito centro mañana a las diez.
El
doctor no pudo ocultar su sorpresa
―Pero
¿Qué ha ocurrido?
―El
juez lo determinará, pero ya le adelanto que hay numerosas pruebas de que es
una asesina en serie.
―
¿Están seguros? Una mujer deprimida, sí, pero muy apacible. Alguien que no era
capaz de afrontar pequeñas cosas en el día a día. Incapaz de decir no a nada.
¡Una asesina!
―Su
marido y sus hijos también están muy sorprendidos. Los fallecidos son: un
profesor de tenis, un integrante de una banda de rock que vivía en su misma
casa, un tranquilo charcutero de un comercio cercano a su domicilio y un
empleado de la empresa “Grúas hermanos Lafuente” que, al parecer, era su jefe.
Si no llegamos a detenerla no sabemos que más hubiera podido ocurrir.
Los
dos agentes observaron la expresión atónita del médico, su repentina palidez y
las gotas de sudor que empezaban a resbalar por su frente
―No
sé si me excedo ―dijo el policía a la vez que echaba un vistazo a las fotos de
la estantería― pero parece usted buena persona. La señora ha sido examinada por
dos psiquiatras forenses. Ambos coinciden en que es una persona débil de
carácter, sumisa y sin iniciativa propia.
―
¿Y?
―Pues
que, por otra parte, ella, no sólo ha confesado los crímenes, sino que ha
afirmado que todo lo ha hecho siguiendo sus instrucciones. Lo que usted le
había indicado en su consulta.
―
¡Mis instrucciones!
―Le
sugiero doctor que busque usted un buen abogado.