El
día era más que soleado, extraordinariamente caluroso. Una figura andaba
penosamente entre muros grises, sobre un pavimento asfaltado que ardía. Las extremidades
sobre las que se apoyaba eran columnas gruesas rematadas por una especie de
pies palmeados y rojizos.
La
figura basculaba de forma insegura pero no obstante rápida, a la vez que un
sonido balbuceante emergía de una pequeña abertura que seguramente correspondía
a la boca, situada en una ardiente cabeza.
Los
pocos transeúntes con los que se cruzó se apartaban a su paso. El calor
ambiental no era tan grande como el que parecía emerger de su propio cuerpo.
De
pronto, a la derecha, en aquel entorno gris y asfixiante, apareció una colorida
abertura rectangular. La figura emitió un profundo suspiro y se introdujo por
ella. En un agradable salón con butacas rojas, otra figura, claramente
femenina, morena y sonriente, recibió al personaje recién llegado sin
sorprenderse ni extrañarse.
― ¡Vaya cara
traes Pilar! Pasa a la sala de curas.
Tras
el tratamiento con la podóloga, salió de la consulta Pilar. Al verse en un
escaparate se dio cuenta que, de nuevo, era una señora absolutamente
convencional caminando por una agradable calle de una agradable ciudad.