Estimada Rosa María:
No le escribo
esta misiva porque sea agradable para mí comunicar con usted. Tampoco por que
tenga ninguna preferencia por el género epistolar, muy al contrario, lo
detesto. No obstante, creo que esta es la mejor forma de decirle algo del
máximo interés para ambas.
Cada
vez que entro en el pequeño dormitorio del fondo del pasillo, el terror se
apodera de mí. Ondulantes siluetas. Caras apenas esbozadas en las que se
adivinan muecas terribles. Multitud de puntos negros de diferentes tamaños y
apariencias. Todo ello se percibe al alzar la vista. Donde siempre hubo un
techo color crema bordeado por una elegante moldura de escayola, hay ahora un
cielo amenazador poblado de estrellas negras y monstruos.
Nada
más lejos de mi ánimo que molestarla. Sé que disfruta usted viajando. ¡Que
placer! A mi también me ha encantado siempre. El mar, la montaña, otras
ciudades, otras gentes. Todo ello enriquece el espíritu. Eso precisamente le
comenté a su hijo ayer cuando subí a hablar con usted. Un muchacho muy
agradable. Tal vez sintonizamos porque parece extremadamente tímido, como yo
misma lo soy. Enrojeció al decirme que usted no estaba, que estaba pasando unos
días fuera de la ciudad. Le rogué que me ayudara con el tema de los monstruos,
pero contestó con evasivas. Se ve que es usted el alma del hogar y no se atreve
a dar ningún paso sin su aquiescencia. Me fui cabizbaja. Decidí acercarme a la
panadería a comprar unas torrijas. Ya que tenía que seguir conviviendo con las
horribles siluetas tal vez una dulce merienda me ayudaría a olvidarlas o al
menos a sobrellevarlas. Entonces fue cuando la vi. Igualita que usted, saliendo
por la puerta trasera del edificio, la que da al garaje. Yo sabía que era
imposible que fuera usted. El muchacho me lo había dicho bien claro. El
parecido era impresionante, el perfil, la media melena color caoba, la forma de
andar, incluso ese bonito bolso de bandolera color marfil. No lo dudé. Los
malos espíritus se están apoderando del edificio. Han empezado en mi casa,
seguirán por otras. Humedad en las paredes, podredumbre, moho. Poco a poco la
maldad bajará hasta los cimientos y entonces ya no habrá remedio.
Por
eso le escribo. Para avisarle. Tenemos que unir nuestras fuerzas contra ese
enemigo que nos acecha. Yo he hecho lo que he podido. He contactado con el
presidente de comunidad, con otros vecinos, con diferentes expertos en el tema.
Todo el mundo es unánime. Si esa es la opinión generalizada, ¿quién soy yo para
decir otra cosa? Le ruego que se ponga en contacto de una vez con su seguro,
que acepte la visita de un perito, que permita hacer las reparaciones
correspondientes en su cuarto de baño. Sí, lo sé. Todo el vecindario lo sabe. Instaló
usted una bañera de hidromasaje y contrató mano de obra sin cualificar para que
le saliera más económica la obra. Poco después empezó el problema en forma de
pequeña mancha. Hasta hoy. Ya no puedo más. Por supuesto no duermo en ese
cuarto. Aun así, las pesadillas me dominan. El agente de seguros me lo ha dicho
esta mañana por enésima vez: El causante del daño debe abrir el parte de
siniestro y reparar la avería. Esa es usted Rosa María. Aunque su teléfono esté
apagado, aunque su hijo no se atreva a decirle nada, aunque todo esté en
nuestra contra. Esta carta le llegará y usted podrá, por fin, tomar las medidas
necesarias para librar a mi hogar de las húmedas y maléficas manchas que lo
acechan.