Bienvenida

Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

jueves, 31 de marzo de 2022

UN PLANETA MUY LEJANO

        

Quisiera escribir esto como antiguamente, utilizando papel y aquellas estilográficas recargables, pero es lento y muy cansado. No dispongo del tiempo necesario.

Cuando Paula y yo nos conocimos, ella estaba mirando, precisamente, uno de esos curiosos instrumentos de escritura en una de las pocas tiendas de antigüedades todavía abiertas en la ciudad. Delgada, con una melena larga y lisa, parecía muy joven, pero claro, todos sabemos que hoy día es casi imposible saber la edad de nadie. Los modernos tratamientos faciales y las máquinas de ejercicio controlado y dirigido eliminan cualquier signo de la edad.

Hablamos, congeniamos enseguida. A ambos nos encantaban aquellos antiguos objetos, los libros. La lectura lenta, pausada, páginas sin brillo, sin posibilidad de búsquedas, descubriendo poco a poco párrafos y palabras. Nada que ver con nuestros respectivos trabajos. Soy especialista en cultivos extra planetarios y ella me dijo que acababa de pasar a la reserva después de varios años comandando naves que protegían la Tierra de ocasionales caídas de meteoritos. Salimos de allí con nuestras respectivas adquisiciones, en mi caso una preciosa edición de “Romeo y Julieta”, en el de ella un no menos hermoso ejemplar de “Guerra y paz”.

Durante varias semanas nuestra amistad fue avanzando y consolidándose. Compartimos nuestras preciadas bibliotecas y hablamos de todo en charlas largas e interminables, cara a cara, observando la expresión de nuestros rostros. No sólo nos conectábamos a través de las pantallas de nuestros respectivos dispositivos, sino que una parte del día la reservábamos para tranquilos encuentros cada vez más frecuentes. Muchos pensarían que era una relación aburrida, anticuada. No lo era. Estábamos cada vez más a gusto juntos y decidimos dar un paso más.

Paula habló con su marido. Sí, había olvidado mencionar que estaba casada con Marcos, un hombre de negocios en una Tierra esquilmada y con gran escasez de agua potable. Alto directivo de una de las dos empresas que acaparan semillas a nivel mundial, Survival, su compañía había conseguido hacía no mucho tiempo la concesión de la explotación agrícola de Juno, planeta situado detrás de Plutón y con grandes reservas de agua. A cargo de la nueva explotación había puesto a Paula, no tanto por el amor que pudiera sentir por ella, como por su gran capacidad organizadora debido a su larga experiencia como comandante del ejército.

Al enterarse de la situación reaccionó con sorprendente calma. Observó nuestro amor con cierto escepticismo, pero con afecto y comentó, simplemente, que hoy en día, con una esperanza de vida tan amplia, el matrimonio acababa siendo demasiado largo y tedioso. No me cabe duda de que fue un golpe para su amor propio, pero demostró ser, ante todo y sobre todo, una persona práctica y poco dada a sentimentalismos. Así pues, tras desearle a Paula la mejor de las suertes, pasó al tema profesional.

Nos sugirió que, tal vez, la explotación de Juno, situado en el cinturón de Kuiper, en los confines del sistema solar, sería el lugar donde podríamos establecernos y vivir nuestra vida a ese ritmo lento y arcaico que parecíamos preferir. Por supuesto el control de las plantaciones estaba totalmente informatizado, no obstante, tanto Paula como yo, seríamos muy útiles para controlar y reparar los equipos, evitando los costosos y largos desplazamientos de los técnicos.  Además, ello supondría asumir responsabilidades respecto al mantenimiento de la maquinaria, así como planificar y llevar a cabo la expansión y mejora de la instalación.

Resuelto el tema con Marcos hablé con Sabina. Compañeros de clase, novios más o menos informales, llevábamos un tiempo sin vernos debido más a sus obligaciones laborales que a la mías, pero sabía que ella seguía considerándome su pareja y yo, hasta el momento, no le había comentado mi nueva situación sentimental.

Tengo que decir que no se tomó el tema tan estoicamente como Marcos, probablemente, debido a su juventud y a un temperamento romántico e inestable. Me sorprendió la amplitud de su vocabulario en lo referente a insultos, un par de los cuales debí consultar en el diccionario ya que desconocía su significado.

No obstante, estaba enamorado y convencido, así que aguanté el chaparrón lo mejor que pude y seguí adelante. Preparar el traslado llevó apenas unas semanas, al cabo de las cuales, la nave que nos transportaba inició una maravillosa travesía de tres meses y se posó finalmente en la superficie de Juno. Observamos el paisaje, desértico, extraño y a la vez hermoso. No demasiado lejos, una enorme bóveda acristalada parecía aguardarnos.

Pasaron los meses, con su experiencia y mis conocimientos, ampliamos la explotación aumentando espacio y recursos. Nos complementábamos bien en un trabajo que a ambos nos gustaba, pero la razón principal por la que habíamos ido hasta allí, vivir nuestro idilio en completa soledad, parecía el mayor de los éxitos. Una noche con tres lunas, un horizonte de montes color carmesí, una gran biblioteca de libros antiguos y tiempo, mucho tiempo para nosotros.

Ese fue, sin duda, el problema. Lo que yo, con mi juventud, no pensé. Lo que ella, a pesar de ser mayor, tampoco quiso pensar. Lo que Marcos, pragmático y tranquilo, muy probablemente, pensaba que ocurriría.

Todo empezó por aquella costumbre suya de guardar los libros apilados en montones en lugar de ponerlos en vertical. Una diferencia sin importancia, pensé al principio. Un hábito irritante tres meses después, cuando tenía que levantar varios volúmenes para alcanzar el deseado que solía estar en la base.

Un día me sorprendí a mi mismo reprochándole con voz irritada esa forma de organizar la biblioteca. Me sorprendió aún más la respuesta. Con un tono más agresivo que el mío, me contestó que ella no podía soportar que pusiera nombres tan largos a los ficheros de trabajo, de uso común, con los que enviábamos datos a la central de la Tierra.

Diferencias nimias -diréis. No hay diferencia pequeña cuando estás día tras día con la misma persona sin intervención de ninguna otra. Tema psicológico largamente estudiado y que ninguno de los dos habíamos previsto.

Poco a poco la tensión se fue incrementando: Su costumbre de ponerse un rulo en el flequillo tras lavarse la cabeza. Mi costumbre de dejar las toallas en un rebullo después de usarlas. Su hábito de limarse las uñas todos los días. El mío de hacer gárgaras todas las noches. Sus estornudos alérgicos. Mis resoplidos nocturnos.

La burbuja de tranquilidad se convirtió en una caldera en ebullición.

Pero ya todo acabó. Estoy encerrado en la biblioteca, el aire se va enrareciendo poco a poco hasta que acabe por consumirse. Ayer Paula cerró violentamente la puerta gritando que estaba harta de mí. Bloqueó el mecanismo de salida, cerró los conductos del aire. No puedo salir y ella, aunque se arrepintiera, no va a tener oportunidad de abrirme. Lo sé porque, algunas horas antes de su acceso de ira, yo tuve otro y arranqué la palanca que permite salir de la cocina. Cuando ella haya entrado, y sin duda lo ha hecho, le habrá sido imposible salir.

Decido pasar mis últimas horas leyendo. Ojeo algunos títulos y me fijo en un libro de tapas amarillas: “El viento y el caribú”. Son las aventuras de un cazador y trampero en Canadá a principios del siglo veinte. Abro al azar una página cualquiera, leo: “El mal de la cabaña es una enfermedad insidiosa que se abate sobre personas obligadas a vivir juntas mucho tiempo en un mismo lugar sin separarse nunca ni un momento. Durante los meses más fríos del invierno, los dos compañeros de caza nos veíamos obligados a estar metidos en la cabaña todo el día y soportar la constante presencia del otro. Esta situación ha provocado muchas tragedias, ha convertido a amigos en enemigos para toda la vida. Ha ocasionado asesinatos y locuras y, probablemente, el mismo mal es una forma de locura”.

Demasiado tarde me doy cuenta de que Paula y yo hemos sucumbido al mal descrito. ¿Lo supuso Marcos y nos tendió una trampa? ¿O simplemente hemos sido víctimas de nuestra propia obcecación? ¿De no querer aceptar que nuestra historia había terminado y debíamos volver? Ya nunca lo sabremos. Nadie lo sabrá.

 

El joven se quedó mirando absorto la pantalla, impresionado y triste por lo que acababa de leer. Ese último documento que ayudaba a comprender lo que habían encontrado a su llegada. Se había ofrecido voluntario para acudir en ayuda de las dos personas que vivían aisladas en aquel remoto lugar. No sabían que ocurría, ninguno de los sistemas parecía haber fallado y, no obstante, las comunicaciones habían cesado. Su madre, Paula, era sin duda independiente, pero no tanto como para dejar de interesarse periódicamente por la vida de sus hijos. Era extraño que no le hubiera preguntado por su reciente incorporación al Equipo especial de emergencias interplanetarias. ¡Cuánto lamentaba ahora no haberle prestado más atención cuando le daba consejos durante los años de estudio y prácticas!

Apagó el dispositivo y fue a reunirse con sus compañeros. Eran tres lo miembros de la expedición de auxilio. Acordaron dividirse y examinar detenidamente el estado de las instalaciones.  Cuando se reunieron de nuevo y pusieron en común sus impresiones, todos estuvieron de acuerdo. No sólo parecía estar todo en orden, sino que era evidente que se habían realizado importantes mejoras. Sin ser conscientes de ello, o tal vez intuyendo lo que podría pasar, habían creado las bases para que una colonia se instalara en aquel lugar. Ese proyecto, que en un momento se consideró un experimento interesante a largo plazo, se había convertido ya en una necesidad urgente. La escasez de materias primas tras siglos de extracciones sin control, una naturaleza expoliada que se revelaba contra aquella especie que se multiplicaba sin cesar y que dificultaba el desarrollo de cualquier otra. Todo llevaba a la misma conclusión largamente debatida: Expansión o extinción.

Se comunicó con la base. Explicó la situación y su deseo de continuar la labor de su madre. Aquel planeta era, sin duda, la esperanza de supervivencia largamente buscada por investigadores y científicos. Al poco tiempo llegaron voluntarios dispuestos a participar en el desarrollo y la expansión de aquel nuevo hábitat al que acordaron llamar Ítaca.

Todos eran animosos y estaban entusiasmados con aquella experiencia fuera de los límites de su planeta de origen. Una de las personas más activas era una chica no demasiado alta con flequillo recto y bastante mal genio. Tenaz y con una gran vitalidad, no temía argumentar y dar su opinión. Cuando tras una larga discusión sobre una cuestión organizativa, él le preguntó su nombre, ella le contestó: “Sabina, me llamo Sabina, como aquellos viejos árboles que crecían en las condiciones más hostiles, y ¿sabes?, me siento parte de este lugar”.

miércoles, 2 de marzo de 2022

UN INDIVIDUO DE PROVECHO

 

              Los dos chicos estaban sentados fumándose un cigarro en el murete que bordeaba uno de los solares del barrio. Llevaban el pelo largo, cortado en capas y descuidado. Las cazadoras, estrechas y cortas, escasamente llegaban a la cintura de los pantalones acampanados.

              Se aburrían. Decidieron acercarse al centro a dar una vuelta. Mientras paseaban iban tocando las manetas de los coches aparcados a lo largo de la calle. Lo hacían así con frecuencia. Si encontraban alguno abierto, entraban, hacían un puente para ponerlo en marcha y se iban a dar una vuelta con él. Después de un par de horas lo abandonaban en cualquier lugar. Siempre había algún despistado y ellos aprovechaban la circunstancia para divertirse un rato a su costa.

              Ese día el desprevenido fue el propietario de un Seat 124 coupé azul. Los muchachos actuaron como de costumbre y salieron rápidamente hacia las afueras de la ciudad. Iban tan entusiasmados y divertidos que no se dieron cuenta de que estaban rebasando el límite de velocidad. De repente, un par de motos de la Guardia Civil apareció, les dio alcance y les obligó a parar.

              ―Nos hemos caído tío ―dijo Antonio― Él era el que conducía, aunque su compañero Ramón era igual de hábil conduciendo todo tipo de coches.

              Al ver a los dos jóvenes, los agentes no dudaron un segundo de que el automóvil era robado. Carnet de conducir, no tenían. Documentación del vehículo, no sabían dónde estaba. Suspiraron, ¡otros ladronzuelos de poca monta! Tendrían que llevarlos al cuartelillo y al día siguiente ya estarían fuera. ¡Había que seguir el protocolo!

              Les pidieron que abrieran el capó. Lo hicieron. El guardia miró el interior y llamó a su compañero. En un segundo los dos chicos se vieron apuntados por las pistolas de los agentes. Los esposaron y llamaron pidiendo refuerzos. Una furgoneta policial los recogió y los llevó a comisaría.

              Una hora después, sentados en un taburete sin respaldo, en una sala de paredes grises y húmedas, aterrados por un rigor que no esperaban, vieron aparecer a un inspector con corbata, tirantes y una pistola en la sobaquera.

              ―Vamos directos al grano chicos, y más vale que digáis la verdad. ¿Quién es ese hombre y porqué lo habéis matado? ¿Para robarle el coche? ¿El dinero? ¿Adónde lo llevabais? Habéis empezado fuerte para ser tan jóvenes.

              Antonio y Ramón, a menudo tan chulitos y desafiantes, se quedaron petrificados. Sus rostros casi imberbes parecieron descolgarse, al igual que sus mandíbulas que se abrieron levemente. Sintieron como se les erizaba el pelo y balbucearon al unísono: ¿Qué hombre?

― ¿Qué hombre va a ser? El que llevabais en el maletero.

Si se hubieran estrellado contra un muro a doscientos por hora el impacto no habría sido mayor. Se pusieron a hablar a la vez, histéricos. Ramón llorando, juraba y perjuraba que ellos no sabían nada. Antonio gritaba que era mentira, que se estaban riendo de ellos, que no habían hecho nada. Bueno, robar el coche sí, pero nada más.

Pidieron por favor que llamaran a sus padres, se acusaron mutuamente de haber tenido la idea de coger el coche y sufrieron, cada uno a su manera, tal ataque de ansiedad que los funcionarios decidieron mandarlos a calabozos separados para interrogarlos más adelante.

―Más bien parecen un par de pardillos ―comentó el inspector a su compañero―. Por otra parte, ¿no era mucho coche para ese viejo?

―Pues sí ―respondió el otro agente― creo que tiene 1800 c.c. y cinco marchas nada menos. ¡Ya me gustaría a mí!

Trascurrieron tres días. Antonio en el calabozo no hacía más que darle vueltas a la cabeza. Tenía que ser verdad, no se les ocurrió mirar el maletero. Nunca lo hacían, ¿para qué si sólo usaban los coches un par de horas? El colmo de la mala suerte, un crimen. Su familia no tenía dinero para abogados. Él, un chaval de barrio, mal estudiante, sin trabajo. Quien quiera que hubiera matado al hombre estaría encantado de que alguien pagara en su lugar. Lloró y lloró, nadie lo veía y aunque lo hubieran visto, nadie lo compadecería.

El miércoles por la tarde a las cinco lo fueron a buscar. “La hora de los toros. Me van a dar la puntilla” ―pensó.

Pasaron a un despacho. Sus padres sentados enfrente de la mesa. Su madre llorosa, su padre ceñudo.

―Aquí tienen a su chaval ―dijo el comisario―. Llévenselo y hagan lo posible para que no vuelva. Firmen aquí.

Antonio no se lo creía, pero no se atrevió a decir nada. Salieron los tres, cogieron un taxi y se sentaron detrás. Él en medio, prensado entre sus progenitores. Todos en absoluto silencio. Llegaron a casa y al traspasar la puerta su madre estalló en sollozos mientras su padre la daba un manotazo que lo lanzó dos metros hacia delante. Los juramentos que siguieron hubieran impresionado al carretero más curtido.

Tras una hora de imprecaciones y lloros el chico empezó a entender lo ocurrido. Al parecer los señores Sánchez del Peral habían salido al campo con el padre de la señora a pasear y a que le diera un poco el aire al abuelo. Lo que le dio al anciano fue, no se sabe si una apoplejía, un síncope, o un mal aire. Pero, en fin, que murió repentinamente y su hija y su yerno se encontraron con el pobre señor difunto en pleno campo.

Si iban a pedir ayuda lo tenían que dejar sólo, si se iba el marido la señora se quedaba asustadísima. Ella no podía ir, no sabía conducir.

Desconcertados pensaron que lo mejor era ponerlo en el maletero, ir a casa, coger una manta y subirlo en brazos como si hubiera sufrido un desmayo. Era domingo y no había mucha gente por la calle. Parecía lo más fácil. Una vez allí, llamarían a su médico para que certificara la defunción.

La impresión cuando bajaron a la calle con la manta fue mayúscula. Tardaron más de una hora en calmarse y centrarse un poco. Llamaron a un amigo de la infancia del señor Sánchez que era abogado y que les aconsejó poner una denuncia por la desaparición del coche. Les dijo además que contaran toda la verdad. Él mismo los acompañaría.

Pero en estos casos, las cosas van despacio. La versión del respetable matrimonio hubo de ser verificada. La autopsia confirmó la muerte natural sin ninguna clase de violencia. Retiraron la denuncia por el robo del coche. Bastante problema era el tema de haber movido el cadáver sin la correspondiente autorización. Los imprudentes jóvenes fueron puestos en libertad.

 

En la cocina de un agradable piso, la familia discute mientras come. El hijo argumenta.

―Papá, no sé porque te empeñas en que haga ese curso de inglés en verano. He sacado buenas notas y quiero descansar, ir a la piscina y salir con los amigos.

―Tienes tiempo de todo. El día es largo y tu madre y yo estamos trabajando. Aprovecha para mejorar, así podremos ir de vacaciones al extranjero y nos harás de intérprete.

―Eres muy exigente, no me dejas parar. No voy a ser perfecto, seguro que tú a mi edad no lo eras.

―Perfecto, perfecto no, pero bastante formal y trabajador sí que era ―sentencia el padre.

Sonríe para sus adentros mientras recuerda la manaza de su propio padre, curtida en mil trabajos duros, agitándose ante su cara mientras gritaba: “Sólo te pido Antonio, sólo te pido que después de esto dejes de avergonzarnos y que te conviertas en un individuo de provecho”.

Algún día se lo contaré ―pensó―. Pero más adelante.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...