Quisiera
escribir esto como antiguamente, utilizando papel y aquellas estilográficas
recargables, pero es lento y muy cansado. No dispongo del tiempo necesario.
Cuando Paula y
yo nos conocimos, ella estaba mirando, precisamente, uno de esos curiosos instrumentos
de escritura en una de las pocas tiendas de antigüedades todavía abiertas en la
ciudad. Delgada, con una melena larga y lisa, parecía muy joven, pero claro,
todos sabemos que hoy día es casi imposible saber la edad de nadie. Los
modernos tratamientos faciales y las máquinas de ejercicio controlado y
dirigido eliminan cualquier signo de la edad.
Hablamos,
congeniamos enseguida. A ambos nos encantaban aquellos antiguos objetos, los
libros. La lectura lenta, pausada, páginas sin brillo, sin posibilidad de
búsquedas, descubriendo poco a poco párrafos y palabras. Nada que ver con
nuestros respectivos trabajos. Soy especialista en cultivos extra planetarios y
ella me dijo que acababa de pasar a la reserva después de varios años comandando
naves que protegían la Tierra de ocasionales caídas de meteoritos. Salimos de
allí con nuestras respectivas adquisiciones, en mi caso una preciosa edición de
“Romeo y Julieta”, en el de ella un no menos hermoso ejemplar de “Guerra y
paz”.
Durante varias
semanas nuestra amistad fue avanzando y consolidándose. Compartimos nuestras
preciadas bibliotecas y hablamos de todo en charlas largas e interminables,
cara a cara, observando la expresión de nuestros rostros. No sólo nos
conectábamos a través de las pantallas de nuestros respectivos dispositivos, sino
que una parte del día la reservábamos para tranquilos encuentros cada vez más
frecuentes. Muchos pensarían que era una relación aburrida, anticuada. No lo
era. Estábamos cada vez más a gusto juntos y decidimos dar un paso más.
Paula habló
con su marido. Sí, había olvidado mencionar que estaba casada con Marcos, un
hombre de negocios en una Tierra esquilmada y con gran escasez de agua potable.
Alto directivo de una de las dos empresas que acaparan semillas a nivel
mundial, Survival, su compañía había conseguido hacía no mucho tiempo la
concesión de la explotación agrícola de Juno, planeta situado detrás de Plutón
y con grandes reservas de agua. A cargo de la nueva explotación había puesto a
Paula, no tanto por el amor que pudiera sentir por ella, como por su gran
capacidad organizadora debido a su larga experiencia como comandante del
ejército.
Al enterarse
de la situación reaccionó con sorprendente calma. Observó nuestro amor con
cierto escepticismo, pero con afecto y comentó, simplemente, que hoy en día,
con una esperanza de vida tan amplia, el matrimonio acababa siendo demasiado
largo y tedioso. No me cabe duda de que fue un golpe para su amor propio, pero
demostró ser, ante todo y sobre todo, una persona práctica y poco dada a
sentimentalismos. Así pues, tras desearle a Paula la mejor de las suertes, pasó
al tema profesional.
Nos sugirió
que, tal vez, la explotación de Juno, situado en el cinturón de Kuiper, en los confines
del sistema solar, sería el lugar donde podríamos establecernos y vivir nuestra
vida a ese ritmo lento y arcaico que parecíamos preferir. Por supuesto el
control de las plantaciones estaba totalmente informatizado, no obstante, tanto
Paula como yo, seríamos muy útiles para controlar y reparar los equipos,
evitando los costosos y largos desplazamientos de los técnicos. Además, ello supondría asumir
responsabilidades respecto al mantenimiento de la maquinaria, así como
planificar y llevar a cabo la expansión y mejora de la instalación.
Resuelto el
tema con Marcos hablé con Sabina. Compañeros de clase, novios más o menos
informales, llevábamos un tiempo sin vernos debido más a sus obligaciones
laborales que a la mías, pero sabía que ella seguía considerándome su pareja y
yo, hasta el momento, no le había comentado mi nueva situación sentimental.
Tengo que
decir que no se tomó el tema tan estoicamente como Marcos, probablemente,
debido a su juventud y a un temperamento romántico e inestable. Me sorprendió
la amplitud de su vocabulario en lo referente a insultos, un par de los cuales
debí consultar en el diccionario ya que desconocía su significado.
No obstante,
estaba enamorado y convencido, así que aguanté el chaparrón lo mejor que pude y
seguí adelante. Preparar el traslado llevó apenas unas semanas, al cabo de las
cuales, la nave que nos transportaba inició una maravillosa travesía de tres
meses y se posó finalmente en la superficie de Juno. Observamos el paisaje,
desértico, extraño y a la vez hermoso. No demasiado lejos, una enorme bóveda
acristalada parecía aguardarnos.
Pasaron los
meses, con su experiencia y mis conocimientos, ampliamos la explotación
aumentando espacio y recursos. Nos complementábamos bien en un trabajo que a
ambos nos gustaba, pero la razón principal por la que habíamos ido hasta allí,
vivir nuestro idilio en completa soledad, parecía el mayor de los éxitos. Una
noche con tres lunas, un horizonte de montes color carmesí, una gran biblioteca
de libros antiguos y tiempo, mucho tiempo para nosotros.
Ese fue, sin
duda, el problema. Lo que yo, con mi juventud, no pensé. Lo que ella, a pesar
de ser mayor, tampoco quiso pensar. Lo que Marcos, pragmático y tranquilo, muy
probablemente, pensaba que ocurriría.
Todo empezó
por aquella costumbre suya de guardar los libros apilados en montones en lugar
de ponerlos en vertical. Una diferencia sin importancia, pensé al principio. Un
hábito irritante tres meses después, cuando tenía que levantar varios volúmenes
para alcanzar el deseado que solía estar en la base.
Un día me
sorprendí a mi mismo reprochándole con voz irritada esa forma de organizar la
biblioteca. Me sorprendió aún más la respuesta. Con un tono más agresivo que el
mío, me contestó que ella no podía soportar que pusiera nombres tan largos a los
ficheros de trabajo, de uso común, con los que enviábamos datos a la central de
la Tierra.
Diferencias
nimias -diréis. No hay diferencia pequeña cuando estás día tras día con la
misma persona sin intervención de ninguna otra. Tema psicológico largamente
estudiado y que ninguno de los dos habíamos previsto.
Poco a poco la
tensión se fue incrementando: Su costumbre de ponerse un rulo en el flequillo
tras lavarse la cabeza. Mi costumbre de dejar las toallas en un rebullo después
de usarlas. Su hábito de limarse las uñas todos los días. El mío de hacer
gárgaras todas las noches. Sus estornudos alérgicos. Mis resoplidos nocturnos.
La burbuja de
tranquilidad se convirtió en una caldera en ebullición.
Pero ya todo
acabó. Estoy encerrado en la biblioteca, el aire se va enrareciendo poco a poco
hasta que acabe por consumirse. Ayer Paula cerró violentamente la puerta
gritando que estaba harta de mí. Bloqueó el mecanismo de salida, cerró los
conductos del aire. No puedo salir y ella, aunque se arrepintiera, no va a
tener oportunidad de abrirme. Lo sé porque, algunas horas antes de su acceso de
ira, yo tuve otro y arranqué la palanca que permite salir de la cocina. Cuando
ella haya entrado, y sin duda lo ha hecho, le habrá sido imposible salir.
Decido pasar
mis últimas horas leyendo. Ojeo algunos títulos y me fijo en un libro de tapas
amarillas: “El viento y el caribú”. Son las aventuras de un cazador y trampero
en Canadá a principios del siglo veinte. Abro al azar una página cualquiera, leo:
“El mal de la cabaña es una enfermedad insidiosa que se abate sobre personas
obligadas a vivir juntas mucho tiempo en un mismo lugar sin separarse nunca ni
un momento. Durante los meses más fríos del invierno, los dos compañeros de
caza nos veíamos obligados a estar metidos en la cabaña todo el día y soportar
la constante presencia del otro. Esta situación ha provocado muchas tragedias,
ha convertido a amigos en enemigos para toda la vida. Ha ocasionado asesinatos
y locuras y, probablemente, el mismo mal es una forma de locura”.
Demasiado
tarde me doy cuenta de que Paula y yo hemos sucumbido al mal descrito. ¿Lo
supuso Marcos y nos tendió una trampa? ¿O simplemente hemos sido víctimas de
nuestra propia obcecación? ¿De no querer aceptar que nuestra historia había
terminado y debíamos volver? Ya nunca lo sabremos. Nadie lo sabrá.
El joven se
quedó mirando absorto la pantalla, impresionado y triste por lo que acababa de
leer. Ese último documento que ayudaba a comprender lo que habían encontrado a
su llegada. Se había ofrecido voluntario para acudir en ayuda de las dos personas
que vivían aisladas en aquel remoto lugar. No sabían que ocurría, ninguno de
los sistemas parecía haber fallado y, no obstante, las comunicaciones habían
cesado. Su madre, Paula, era sin duda independiente, pero no tanto como para
dejar de interesarse periódicamente por la vida de sus hijos. Era extraño que
no le hubiera preguntado por su reciente incorporación al Equipo especial de
emergencias interplanetarias. ¡Cuánto lamentaba ahora no haberle prestado más
atención cuando le daba consejos durante los años de estudio y prácticas!
Apagó el
dispositivo y fue a reunirse con sus compañeros. Eran tres lo miembros de la
expedición de auxilio. Acordaron dividirse y examinar detenidamente el estado
de las instalaciones. Cuando se
reunieron de nuevo y pusieron en común sus impresiones, todos estuvieron de
acuerdo. No sólo parecía estar todo en orden, sino que era evidente que se
habían realizado importantes mejoras. Sin ser conscientes de ello, o tal vez
intuyendo lo que podría pasar, habían creado las bases para que una colonia se
instalara en aquel lugar. Ese proyecto, que en un momento se consideró un
experimento interesante a largo plazo, se había convertido ya en una necesidad
urgente. La escasez de materias primas tras siglos de extracciones sin control,
una naturaleza expoliada que se revelaba contra aquella especie que se
multiplicaba sin cesar y que dificultaba el desarrollo de cualquier otra. Todo
llevaba a la misma conclusión largamente debatida: Expansión o extinción.
Se comunicó
con la base. Explicó la situación y su deseo de continuar la labor de su madre.
Aquel planeta era, sin duda, la esperanza de supervivencia largamente buscada
por investigadores y científicos. Al poco tiempo llegaron voluntarios
dispuestos a participar en el desarrollo y la expansión de aquel nuevo hábitat
al que acordaron llamar Ítaca.
Todos eran
animosos y estaban entusiasmados con aquella experiencia fuera de los límites
de su planeta de origen. Una de las personas más activas era una chica no
demasiado alta con flequillo recto y bastante mal genio. Tenaz y con una gran
vitalidad, no temía argumentar y dar su opinión. Cuando tras una larga
discusión sobre una cuestión organizativa, él le preguntó su nombre, ella le contestó:
“Sabina, me llamo Sabina, como aquellos viejos árboles que crecían en las
condiciones más hostiles, y ¿sabes?, me siento parte de este lugar”.