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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

miércoles, 26 de abril de 2023

LA SEÑORA ISABEL Y SU TARTA DE LIMÓN

 

La señora Isabel salió a la calle tras terminar los trámites en la inmobiliaria. Hacía fresco y las calles mojadas atestiguaban el reciente paso de un pequeño chubasco. Respiró hondo y consultó en el teléfono la dirección de la pastelería que le habían recomendado. No estaba lejos y se dirigió hacia allí arrastrando un pequeño trolley en el que llevaba una gabardina, un paraguas plegable y los papeles que había ido a gestionar.

Resultó que en la gran ciudad las pequeñas distancias eran más grandes de lo que ella recordaba y la pastelería tenía un escaparate tan discreto que casi se pasa de largo. Una vez allí, tuvo que decidir entre tartas clásicas, brazos de gitano o pastelitos. Se decantó por un pastel de mousse de limón.

Quería quedar bien con los amigos que la habían invitado a comer y acudir con un buen postre le pareció lo más apropiado. Una vez preparada la tarta en una caja que, a su vez, estaba metida en una bolsa de plástico de base ancha, se la entregaron.

Rezando para que no lloviera, la señora Isabel salió a la búsqueda de la parada de metro más cercana. Con el bolso cruzado en bandolera, arrastrando el trolley con una mano y llevando la bolsa con la tarta en la otra, llegó a una entrada del subterráneo.

Bajó las escaleras y pasó un acceso de puertas automáticas. Al leer los indicadores vio que estaba en la parte del vestíbulo que accedía a la estación de ferrocarril. Pero ella iba al metro. Tarde se dio cuenta de que las dos estaciones compartían espacio y había entrado en el equivocado. Pensó que, sin duda, se podría pasar de una a otra. Dio una vuelta buscando un pasillo que comunicara con la otra estación. Sólo había unas puertas de metacrilato que se abrían introduciendo el billete de metro por la ranura. Lo introdujo. Fue rechazado. Repitió la operación sin éxito dos veces más. Sólo permitía la salida si previamente se había introducido en alguna entrada. Ella no lo había hecho, no le había hecho falta para entrar. Algo no estaba bien indicado, algo no había visto.

Empezó a sudar, el abrigo le estorbaba, se sentía estúpida. Atascada tontamente en el metro de una ciudad que presumía de conocer. Buscó con la mirada alguna taquilla, alguna oficina acristalada, alguien de uniforme. Nada, nadie. La gente entraba y salía rápido, todos conocedores de su destino y, al parecer, de las peculiaridades de la estación. De repente una voz grave y profunda se dirigió a ella.

-Por favor ¿Sabes cómo salir de aquí?

Se volvió, una figura alta, morena, de pelo largo y muy maquillada parecía tan desesperada como ella. De atuendo y ademanes, muy femeninos, el cartílago de su garganta delataba su ambigüedad sexual. A la señora Isabel no se le pasó por alto esta circunstancia, pero, moderna como era, no dejó traslucir sorpresa y respondió:

-Nada chica. Estoy tan bloqueada como tú. Esto está indicado fatal. No me funciona el ticket para salir y aquí todo lleva a la estación de ferrocarril. ¿A ti que te ha ocurrido?

-Parecido. Quiero llegar al metro y no consigo salir.

Estaban cerca de uno de los portillos de salida. Un señor pasó su billete y las puertas se abrieron. Su interlocutora, ágil, apoyó la mano en una de las hojas de metacrilato impidiendo que se cerrara. Pasó rápido, pero mantuvo el gesto mientras la señora Isabel, rápida también, cruzó con su trolley, su bolso y su tarta.

Se dirigieron ambas al metro. Su compañera taconeaba nerviosa, quejándose de que se le había hecho muy tarde. Isabel insistió en pagar ella los dos billetes de metro como agradecimiento por la ayuda recibida. Se separaron tomando diferentes líneas con diferentes destinos.

Sentada, al fin, en un vagón, con la tarta en el regazo, la señora Isabel sonrió aliviada pensando qué explicación hubiera dado a su marido e hijo si hubiera sido detenida por bloquear y saltarse una entrada de la estación, acompañada además por un personaje desconocido y un tanto peculiar.

La tarta tuvo éxito. Estaba muy rica y esa misma tarde la señora Isabel volvió a su ciudad donde, afortunadamente, no había metro. Eso sí, un mes más tarde recibió una multa del Ayuntamiento de la gran ciudad. Las cámaras de seguridad la habían grabado y había sido identificada con un sistema de reconocimiento facial. Una gorra y gafas fueron a partir de entonces compañeras inseparables en sus viajes.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...