La señora
Isabel salió a la calle tras terminar los trámites en la inmobiliaria. Hacía
fresco y las calles mojadas atestiguaban el reciente paso de un pequeño
chubasco. Respiró hondo y consultó en el teléfono la dirección de la pastelería
que le habían recomendado. No estaba lejos y se dirigió hacia allí arrastrando
un pequeño trolley en el que llevaba una gabardina, un paraguas plegable y los
papeles que había ido a gestionar.
Resultó que en
la gran ciudad las pequeñas distancias eran más grandes de lo que ella
recordaba y la pastelería tenía un escaparate tan discreto que casi se pasa de
largo. Una vez allí, tuvo que decidir entre tartas clásicas, brazos de gitano o
pastelitos. Se decantó por un pastel de mousse de limón.
Quería quedar
bien con los amigos que la habían invitado a comer y acudir con un buen postre
le pareció lo más apropiado. Una vez preparada la tarta en una caja que, a su
vez, estaba metida en una bolsa de plástico de base ancha, se la entregaron.
Rezando para
que no lloviera, la señora Isabel salió a la búsqueda de la parada de metro más
cercana. Con el bolso cruzado en bandolera, arrastrando el trolley con una mano
y llevando la bolsa con la tarta en la otra, llegó a una entrada del subterráneo.
Bajó las
escaleras y pasó un acceso de puertas automáticas. Al leer los indicadores vio
que estaba en la parte del vestíbulo que accedía a la estación de ferrocarril.
Pero ella iba al metro. Tarde se dio cuenta de que las dos estaciones
compartían espacio y había entrado en el equivocado. Pensó que, sin duda, se podría
pasar de una a otra. Dio una vuelta buscando un pasillo que comunicara con la
otra estación. Sólo había unas puertas de metacrilato que se abrían
introduciendo el billete de metro por la ranura. Lo introdujo. Fue rechazado.
Repitió la operación sin éxito dos veces más. Sólo permitía la salida si
previamente se había introducido en alguna entrada. Ella no lo había hecho, no
le había hecho falta para entrar. Algo no estaba bien indicado, algo no había
visto.
Empezó a sudar,
el abrigo le estorbaba, se sentía estúpida. Atascada tontamente en el metro de
una ciudad que presumía de conocer. Buscó con la mirada alguna taquilla, alguna
oficina acristalada, alguien de uniforme. Nada, nadie. La gente entraba y salía
rápido, todos conocedores de su destino y, al parecer, de las peculiaridades de
la estación. De repente una voz grave y profunda se dirigió a ella.
-Por favor
¿Sabes cómo salir de aquí?
Se volvió, una
figura alta, morena, de pelo largo y muy maquillada parecía tan desesperada
como ella. De atuendo y ademanes, muy femeninos, el cartílago de su garganta delataba
su ambigüedad sexual. A la señora Isabel no se le pasó por alto esta
circunstancia, pero, moderna como era, no dejó traslucir sorpresa y respondió:
-Nada chica.
Estoy tan bloqueada como tú. Esto está indicado fatal. No me funciona el ticket
para salir y aquí todo lleva a la estación de ferrocarril. ¿A ti que te ha
ocurrido?
-Parecido.
Quiero llegar al metro y no consigo salir.
Estaban cerca
de uno de los portillos de salida. Un señor pasó su billete y las puertas se
abrieron. Su interlocutora, ágil, apoyó la mano en una de las hojas de metacrilato
impidiendo que se cerrara. Pasó rápido, pero mantuvo el gesto mientras la
señora Isabel, rápida también, cruzó con su trolley, su bolso y su tarta.
Se dirigieron
ambas al metro. Su compañera taconeaba nerviosa, quejándose de que se le había
hecho muy tarde. Isabel insistió en pagar ella los dos billetes de metro como
agradecimiento por la ayuda recibida. Se separaron tomando diferentes líneas
con diferentes destinos.
Sentada, al
fin, en un vagón, con la tarta en el regazo, la señora Isabel sonrió aliviada
pensando qué explicación hubiera dado a su marido e hijo si hubiera sido
detenida por bloquear y saltarse una entrada de la estación, acompañada además
por un personaje desconocido y un tanto peculiar.
La tarta tuvo
éxito. Estaba muy rica y esa misma tarde la señora Isabel volvió a su ciudad
donde, afortunadamente, no había metro. Eso sí, un mes más tarde recibió una
multa del Ayuntamiento de la gran ciudad. Las cámaras de seguridad la habían
grabado y había sido identificada con un sistema de reconocimiento facial. Una
gorra y gafas fueron a partir de entonces compañeras inseparables en sus
viajes.