Estoy sentado
en el pequeño promontorio que se adentra en el mar. Tan solo un par de metros
me separan del acantilado vertical en cuya base se estrellan las olas con violencia.
Mi espalda se apoya en una piedra. Delante de mí, un área amplia de pequeños
hierbajos me permite ver a lo lejos a cualquiera que intente acercarse.
Sé que
vendrán. Estoy débil y he visto lo que hacían con otros. El más temible es Jean
Marie. Todos tienen hambre, yo también la tenía. Ahora ya no, ahora no siento
nada y por eso creo que está cercana mi muerte. No me importa morir, hace
tiempo que perdí la esperanza de retornar a mi tierra, de volver a ver a mi
madre, a Florence. Hace tiempo que ya no sueño con mi padre, con pedirle perdón
por no haber seguido sus consejos.
Veo agitarse
los matorrales a lo lejos. No hay viento. Son ellos. El barco con las escasas
provisiones hace días que no viene. Aunque llegara, ya no tengo fuerzas para
acercarme y disputar a puñetazos una ración escasa. Ellos si que tienen fuerza.
La sacan de todos los débiles que van cayendo. Están a la espera de sacarla de
mí. Pero no se la voy a dar.
Me alisté
ilusionado, cegado por las promesas de gloria del emperador. Empujado por la
soberbia de la juventud, desoí los consejos de mis padres, ignoré el llanto de
Florence. He vivido lo suficiente para ser consciente de mi error, para sufrir
el infierno de la guerra, para matar y para sentir el odio profundo de los que
nos han traído a esta isla como prisioneros.
Estoy enfermo,
agotado, pero no enloquecido por el sol y el hambre como ellos. Sé que esperan
la noche para atacarme. Me arrastrarán hasta su campamento y dirán que ya
estaba muerto cuando me encontraron.
Nadie puede
acceder a la parte de la costa situada bajo este acantilado. La luna ya ha
aparecido. Venus y ella brillan en el cielo. La silueta de tres hombres aparece
tras la escasa vegetación que se divisa desde mi posición. Tal vez es el
delirio, pero creo ver el brillo de sus dientes y la mueca de una espeluznante
sonrisa. Aún conservo la lucidez suficiente para decidir sobre mi fin. Me
levanto, sólo tres pasos son necesarios. Salto. Seré pasto de los peces, pero
no de mis compañeros de prisión e infortunio.