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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

viernes, 12 de mayo de 2023

ISLA DE CABRERA, 1809

         

Estoy sentado en el pequeño promontorio que se adentra en el mar. Tan solo un par de metros me separan del acantilado vertical en cuya base se estrellan las olas con violencia. Mi espalda se apoya en una piedra. Delante de mí, un área amplia de pequeños hierbajos me permite ver a lo lejos a cualquiera que intente acercarse.

Sé que vendrán. Estoy débil y he visto lo que hacían con otros. El más temible es Jean Marie. Todos tienen hambre, yo también la tenía. Ahora ya no, ahora no siento nada y por eso creo que está cercana mi muerte. No me importa morir, hace tiempo que perdí la esperanza de retornar a mi tierra, de volver a ver a mi madre, a Florence. Hace tiempo que ya no sueño con mi padre, con pedirle perdón por no haber seguido sus consejos.

Veo agitarse los matorrales a lo lejos. No hay viento. Son ellos. El barco con las escasas provisiones hace días que no viene. Aunque llegara, ya no tengo fuerzas para acercarme y disputar a puñetazos una ración escasa. Ellos si que tienen fuerza. La sacan de todos los débiles que van cayendo. Están a la espera de sacarla de mí. Pero no se la voy a dar.

Me alisté ilusionado, cegado por las promesas de gloria del emperador. Empujado por la soberbia de la juventud, desoí los consejos de mis padres, ignoré el llanto de Florence. He vivido lo suficiente para ser consciente de mi error, para sufrir el infierno de la guerra, para matar y para sentir el odio profundo de los que nos han traído a esta isla como prisioneros.

Estoy enfermo, agotado, pero no enloquecido por el sol y el hambre como ellos. Sé que esperan la noche para atacarme. Me arrastrarán hasta su campamento y dirán que ya estaba muerto cuando me encontraron.

Nadie puede acceder a la parte de la costa situada bajo este acantilado. La luna ya ha aparecido. Venus y ella brillan en el cielo. La silueta de tres hombres aparece tras la escasa vegetación que se divisa desde mi posición. Tal vez es el delirio, pero creo ver el brillo de sus dientes y la mueca de una espeluznante sonrisa. Aún conservo la lucidez suficiente para decidir sobre mi fin. Me levanto, sólo tres pasos son necesarios. Salto. Seré pasto de los peces, pero no de mis compañeros de prisión e infortunio.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...