¡Cuánto
tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos
meses para que se cumplan, pero, ¿Qué importan unos meses? Fue el mayor golpe
de suerte de mi vida, aunque al principio no fui consciente de ello. Al
contrario, aquel secuestro parecía una pesadilla. Nada lo presagiaba. No era
alguien que esperara ser víctima de un secuestro: un hombre tranquilo, buen
profesional, sociable —tal vez demasiado— con las mujeres.
Me
he buscado en la Wikipedia. Aparece mi historia, pero no si estoy vivo o
muerto. Yo mismo no estoy seguro. Quizá creo que soy un viejo recordando y solo
soy un espíritu errante incapaz de soltar amarras de este mundo, incapaz de
desligarse de la mejor aventura de su vida. Pero, es que, como digo, aquello
fue un éxito. Cuando el operativo asaltó la casa, pocos confiaban en mi
intuición. Algún compañero se frotaba las manos pensando en ocupar mi puesto
tras una sonora metedura de pata. No fue así. Allí estaban, durmiendo tan
tranquilos, seguros de que nadie los encontraría en aquel pueblo remoto, frío,
ventoso, poblado solo por unos pocos habitantes y muchas leyendas.
Lo
encontramos delgado y ojeroso, pero bastante sereno. Supongo que confiaba en
que su familia pagaría. Dinero no les faltaba, sobre todo al hijo. Cuando nos
despedimos, me dijo: «Gracias por su eficiencia comisario. No lo olvidaré». Me
hice ilusiones pensando que tendrían algún detalle conmigo. Por supuesto,
tenemos prohibido aceptar regalos, aunque nadie se va a enterar si te mandan un
detallito a casa. Pero transcurrió el año, llegaron las siguientes Navidades y
se fueron, y ni una triste cesta llegó a mi puerta.
Cuando
ya no esperaba nada, sonó el teléfono. No era un regalo, era una oferta. Una
oferta para contratar mi eficiencia y pagarla adecuadamente. Comparé el sueldo
que la brigada me pagaba por mis desvelos con la retribución por proteger a
aquella familia. No lo dudé. A partir de ahí, todo fue rodado. Algún tiempo
después monté mi propia empresa de seguridad especializada en proteger a
celebridades. El final es bien conocido: mis herederos han vendido el negocio
por un buen montón de millones de euros. Se puede decir que aquel terrible
incidente tuvo un final feliz, no sólo para la víctima, sino especialmente para
mí.
Hace
poco vi unos titulares sobre el hijo del secuestrado, que fue quien me contrató
y fue mi jefe durante unos años. Siempre le dije que eso de ser tan casquivano
le iba a traer problemas, pero nunca me hizo el menor caso. Yo tampoco insistí.
Creo que no investigó mucho sobre mi antes de ofrecerme el puesto, si lo
hubiera hecho, tal vez de habría enterado de que, además de eficaz, soy muy
aficionado al ocultismo, que solía acudir a la feria anual de brujería, que
tenía un romance con una aspirante a bruja domiciliada en la localidad y que
participaba en aquelarres en el castillo. Ella fue quien ―sin conocer mi
profesión―, me comentó las extrañas idas y venidas en aquel caserón de la
plaza. Las fechas, los vehículos que utilizaban, lo que sabía y lo que intuía.
Se
enfadó bastante cuando me vio aparecer con los GEO. Me echó una maldición y,
tal vez por eso, ahora mismo, no sé si estoy aquí o allá. Aunque igual no es la
maldición sino la senilidad. En cualquier caso, el que también me maldijo fue
mi compañero, el que logró rescatar al futbolista. Ese sí que fue eficaz de
verdad y nada, ni una subida de sueldo. Y es que la suerte, ya se sabe, justa
no es, por eso es suerte.