Era un pueblo pequeño, como tantos, ni cerca del mar ni de la montaña. De gente que había vivido siempre a lo suyo, sin demasiado interés por lo que ocurría más allá de los límites de su municipio.
Mi
abuelo había nacido allí, pero no mi abuela, aunque nadie me dio nunca una
razón acerca de cual era su lugar de origen. Se ganaban la vida dignamente. No
eran ni pobres ni ricos. Mi abuelo ejercía las profesiones de ebanista,
zapatero y sepulturero. Aunque pueda parecer mucho trabajo, no lo era. El
reducido tamaño de la población requería ejercer más de un oficio para no
permanecer ocioso la mayor parte de tiempo.
Mi
abuela, por su parte, también contribuía a la modesta economía familiar. Era
una modista de habilidad nada desdeñable y una reputada curandera a la que
todos los vecinos acudían en demanda de ayuda para solventar los más diversos
problemas y dolencias.
En
las afueras del pueblo, ni cerca ni lejos de la plaza mayor, estaba la casona
de los terratenientes. Poseían la mayor parte de las tierras de labor y las
arrendaban a los vecinos mediante el arcaico acuerdo denominado “de suelo y
vuelo”. Acuerdo que resultaba mejor para el propietario que para el arrendador,
pero que, a decir de los ancianos del lugar, no era ni bueno ni malo en
comparación a lo que algunos otros amos obligaban a aceptar.
La
señora de la casona se daba muchos humos y le gustaba ir a la moda. Recibía por
correo revistas que decía que le llegaban de París, cosa que nadie ponía en
duda ya que ninguno de los convecinos hablaba francés.
Mi
abuela era la encargada de copiar los vestidos elegidos por la esposa del
hacendado para lucirlos en sus viajes a la capital, cosa que hacía con pericia
cobrando lo que ella le parecía poco y a la acaudalada dama, mucho.
La
presumida mujer, no sólo requería los servicios de mi abuela, sino también los
de mi abuelo, que se veía obligado a discurrir lo suyo para imitar el calzado
fino que nadie en aquel lugar había visto ni usado jamás-
Todo
fue bien hasta que un día el encargo fueron unos zuecos de madera y piel. No
unos zuecos de esos bastos que se utilizan en regiones lluviosas para
protegerse del barro. No. En la foto los calzaba una mujer elegante y
sofisticada con la misma gracia que si llevara un distinguido zapato de salón.
Mi
pobre abuelo no se explicaba como la señora iba a poder andar con un zapato sin
ninguna flexibilidad en la suela. Aquello tenía que tener algún truco. Tras
darle muchas vueltas, dio con la solución y llevó a cabo el encargo, elaborando
un par de zuecos de apariencia idénticos a los de la fotografía.
A
la señora le encantaron. Se los probó entusiasmada y se dirigió a las escaleras
para mostrárselos a su esposo que leía el periódico en el piso de abajo. En su
precipitación, no se dio cuenta de la pequeña bisagra que unía las dos piezas
de madera que formaban la suela y………el resto ya es historia.
La
brecha en la cabeza requirió treinta puntos de sutura; la cicatriz no
desapareció, pese a todos los ungüentos que preparó mi abuela; a mi abuelo lo
acusaron de querer sacarse un extra como sepulturero; a mi abuela de haber
echado mal de ojo.
Tras
el aciago suceso, mi padre decidió emigrar temeroso, no sin razón, de la
hostilidad del terrateniente y su familia. Pocos años después, ni del todo
tristes ni del todo contentos, mis abuelos lo siguieron. En el pueblo había
cada vez menos gente, menos vestidos que hacer, menos muebles, menos zapatos,
incluso la demanda de ataúdes se había reducido considerablemente.
Esta historia
me contaba mi abuelo cuando, de la mano, ni deprisa ni despacio, me llevaba al
colegio. Mi abuela nos despedía en la puerta murmurando: «No hagas caso a tu
abuelo que es un fantasías».
No sé si
era un fantasías o no, pero lo que es seguro, es que yo sí lo soy. Una
fantasiosa auténtica. Si no fuera así, no estaría escribiendo estas líneas, ni
contándoos este relato.