¡Que
calor hace y que cansada estoy! ¡Menos mal que ya llego a casa! Lo he pasado
fatal todo el día. Tengo los ojos irritados y cansados y me duele la espalda.
La verdad es que fue una buena idea la de la nueva presidenta de escalera al
solicitar que pusieran una pantalla con las noticias en el ascensor. Tengo poco
tiempo y esos minutos que transcurren hasta la llegada al piso once me permiten
enterarme, al menos, de los titulares más importantes del día. Cuando llegue a
casa me sentaré ante el televisor a ver si me informo más detalladamente de
alguna de ellas. Estoy entre el tema de los Estados Unidos, la vida privada de
Julio Iglesias o lo de los chinos. Creo que voy a ver si me entero de lo de los
chinos. Con eso de que son callados, discretos y nos quedan lejos, no les
hacemos demasiado caso, pero he oído que nos están tomando la delantera en
todo.
Esta
cerradura no va nada bien, la llave parece que rasca al entrar. Tendré que
llamar al cerrajero y que me la cambie. El día menos pensado me voy a quedar en
la calle. Los hermanos Pastor son los mejores. Corre el rumor de que su
experiencia la adquirieron delinquiendo, vamos que eran unos hábiles rateros
que se acabaron reinsertando. No se si será cierto o es una campaña de
descrédito de la competencia. En cualquier caso, los llamaré. Son los mejores y
también los más atractivos. Al operario que vino la última vez el mono le
quedaba espectacular y el cinturón de herramientas lo llevaba con un estilo
digno de la mejor pasarela.
¡Que
gusto sentarme y quitarme los zapatos! Comprar este sofá fue un acierto. Me voy
a preparar algo de merienda para reponer fuerzas que si no me voy a quedar
dormida y luego será peor. ¡Qué extraño, no recuerdo haber lavado los platos!
Esta cocina tan ordenada no parece mía. Si no fuera porque son mis muebles
diría que estoy en otro sitio. Desde luego estoy fatal. Resulta que debí
comprar yogur de frutas del bosque en lugar del de mango. Las galletas no son
digestive avena sino chocolate y almendras. En fin, más vale eso que nada.
Definitivamente cada día estoy más despistada. Me voy a tomar el yogurt mirando
el panorama. Lo mejor que tiene este piso son las vistas. Siempre me relajan.
Me
estoy mareando un poco. No puede ser. Una cosa es lo del yogurt y las galletas,
pero esto no. Esto es increíble. La vista es la misma, pero la perspectiva
distinta. Parece que estoy más alta, alcanzo a ver más lejos. Miro a mi
alrededor, pero no, esta es mi casa, son mis muebles, he entrado con mi llave.
Miro al suelo, es mi alfombra, el libro sobre la mesa es el que estoy leyendo.
Lo tomo y miro en que página esta el marcador. No, no es donde lo dejé ayer.
Pero eso no quiere decir nada, me pude confundir, era ya tarde. Vuelvo a la
cocina, abro los armarios. La vajilla es la mía. Pero todo está limpio,
inmaculado, demasiado limpio, extrañamente limpio. El poto, en la maceta junto
a la ventana, parece algo más grande y mejor cuidado que estaba ayer. Aguzo el
oído, en el piso no hay más que silencio.
Temblando,
avanzo por el pasillo. Al fondo, dos puertas. Empujo despacio la primera, la
del cuarto donde tengo el escritorio y los libros. Salto hacia atrás
sobresaltada. Lo conozco, aunque nunca hemos hablado. Las escasas veces que nos
hemos encontrado en el ascensor apenas me ha saludado.
Hola
―me dice el vecino del piso
doce― ¡Hace tanto tiempo
que te esperaba! ¿Está todo a tu gusto?