¡Por fin lo había
conseguido! Tras numerosas entrevistas y pruebas, descartado a veces,
desilusionado otras, había firmado un más que satisfactorio contrato laboral
con la prestigiosa firma minera Contamina. Su expediente académico como graduado
en Ingeniería de Minas era correcto, aunque tampoco excesivamente brillante
pero los seleccionadores se mostraron muy interesados por la formación
complementaria que había recibido en el máster cursado en Dublín. Según dijeron
no les cabía duda de su capacidad para gestionar las situaciones variadas e
inesperadas que surgirían en el desarrollo de su nuevo proyecto.
Por que era un nuevo
proyecto. Y para él no podía ser más ilusionante. Procedente de una familia
siempre comprometida con las causas medioambientales, había sido socio durante
su adolescencia de la Asociación Naturalista de su localidad natal. Por eso un
proyecto de minería sostenible era, sin duda, algo en lo que iba a trabajar con
entusiasmo y dedicación. Es verdad que el puesto requería, no ya un cambio de
país, sino un cambio de continente, pero eso no era obstáculo para alguien joven
y optimista.
Llegó a la pequeña ciudad
el veintitrés de septiembre, cuando comenzaba la primavera en la costa central.
Le mostraron su alojamiento, una casa frente al mar en lo que allí llaman un
condominio, también habían puesto a su disposición un auto. Una vez instalado y
tras un pequeño descanso, se puso ropa cómoda, y cogió el coche decidido a
conocer la zona en general y lo que llamaban el bosque de Chamamey en
particular.
Ese bosque era el
proyecto estrella de su empresa. Lo que demostraba que la minería no era una
actividad nociva, que la compañía no sólo extraía las riquezas de la tierra,
sino que contribuía a mejorar el medio ambiente del territorio en que se
ubicaba convirtiendo un páramo seco, un desierto, en un vergel. Le impresionó.
Era precioso, eucaliptos, acacias, tamarindos habían crecido regados con un
sistema de microaspersión y el agua residual del transporte del mineral al
puerto. Se oían los trinos de numerosas aves, estaba claro que el bosque estaba
muy poblado. Un zorrillo apareció de pronto y huyó espantado ante su presencia.
Caminó, respiró, no se
atrevió a cantar para no enturbiar la paz del lugar. Al atardecer se montó de
nuevo en el coche y se dirigió al puerto a ver la puesta de sol. Un pescador
recogía los aparejos de su pequeña barca. Le saludó y el hombre le contestó
amablemente.
―¿Mucha pesca por aquí?
―Cada vez menos, por
desgracia. ¿Es usted turista? Últimamente no se ven muchos.
―No, no lo soy. Soy
ingeniero de minas y acabo de incorporarme a la explotación de Contamina. Vengo
del bosque. Impresionante la labor de recuperación del hábitat. Estarán ustedes
muy contentos.
El hombre no respondió.
Terminó de recoger sus cosas y balbuceando unas palabras que parecían de
despedida salió con prisa hacia el pueblo. No le extrañó, había oído que la
gente de la zona era seria y poco comunicativa, al fin y al cabo, el era un
extranjero. Poco a poco lo irían conociendo.
A la mañana siguiente se
incorporó a su puesto de trabajo. Le presentaron a la plantilla y le convocaron
a una reunión para ponerle al día de la situación de la explotación y de sus
responsabilidades. La sala de reuniones era amplia y acristalada, una mesa
ovalada no muy grande ocupaba el centro y una pantalla en la pared estaba
dispuesta para proyectar las imágenes de un portátil manejado por una mujer de
mediana edad y aspecto severo vestida con un traje de chaqueta de color claro.
Resultó ser la jefa de prensa y relaciones públicas.
Tras una breve intervención
el director general pasó la palabra a la mujer sentada a su derecha. La
presentación le dejó boquiabierto. Protestas, manifestaciones, querellas
judiciales. Al parecer la empresa que el tenía por modélica estaba acusaba por
los habitantes de toda de zona de estar envenenando con plomo y arsénico a la
población. Niveles 3000 veces superiores a lo normal en análisis de sangre y
orina de niños y adultos revelaban una situación muy grave. Si esto pasaba de
la prensa local a la internacional las acciones de la empresa iban a caer en
picado. Un comunicado de desmentido era urgente, pero debía ser elaborado con
argumentos técnicos sólidos para hacer enmudecer las airadas quejas de vecinos
y autoridades locales y, por supuesto, tranquilizar al Congreso y la
Presidencia del país ya que la empresa había contado desde el principio con
apoyos al más alto nivel.
Todas las miradas se
dirigieron hacia él. El nuevo experto en minería sostenible, máster por una
prestigiosa universidad, la persona más indicada para redactar el informe
solicitado. Palideció, tragó saliva. Tomó la palabra.
―Entiendo que esto
requiere un estudio en profundidad de nuestros protocolos de transporte y
eliminación de residuos. Tal vez son correctos en teoría, pero no se llevan a
cabo adecuadamente. Revisar las balsas de almacenamiento del agua, rastrear
posibles filtraciones, comprobar si, debido a la evaporación, se produce algún
tipo de emanaciones nocivas, etc. Una vez analizado, estudiar soluciones.
Pienso que ……
No pudo terminar. El
director general le cortó secamente. Su amable sonrisa había dado paso a un
rictus irritado.
―No está usted aquí para
pensar. Todo lo que comenta ya lo sabemos, pero ahora lo que urge es limpiar la
imagen de la empresa. Decir a los accionistas lo que quieren oír, lo que
necesitamos que oigan para que no haya una desbandada en las bolsas y acabemos
todos sin empresa y sin trabajo. Tiene todo el día para revisar nuestros datos,
Marcial el jefe de laboratorio y Rosario, de contabilidad, se los pasarán.
Mañana puede preparar la presentación, Martina le ayudará con los gráficos,
fundamentales como apoyo de cualquier argumentación. El viernes por la mañana
revisamos todo y a las 12:00 tenemos una reunión con el delegado del Gobierno.
Por la tarde comunicado de prensa. Usted es la persona designada para mostrar y
defender los datos tanto ante las autoridades como ante los medios de
comunicación. No dudamos que estará a la altura de la situación. No perdamos
más tiempo, ¡a trabajar!
Y con estas palabras dio
por cancelada la reunión.
Hizo lo que le pedían.
¿Qué alternativa tenía? ¿Volver a casa cabizbajo, derrotado? Pensó que era
mejor obedecer, aguantar unos meses y buscar con tiempo otro trabajo que le
permitiera escapar de aquel cepo lobero en que se había metido.
El sábado por la tarde se
acercó a un pequeño acantilado desde el que se divisaba playa Chavin una de las
más frecuentadas de la zona. Quería ver otra vez la puesta de sol, aunque su
estado de ánimo había variado bastante. Observó una bandada de pelícanos
descansando sobre la arena y se acordó de la última conversación que había
tenido con su abuelo.
―Ten cuidado hijo. Vas a
estar muy lejos de tu país y de tu gente. La vida del emigrante es dura.
―Pero yo no soy un
emigrante abuelo ―había sonreído― voy contratado como asesor experto. No
olvides que soy ingeniero y tengo un máster. En la asignatura de debate saqué
siempre la calificación más alta. Alababan mi agilidad mental para argumentar y
defender todas las cuestiones.
―No lo olvido hijo, no.
Te echaré de menos.
Unas lágrimas habían
resbalado por las mejillas del anciano, al igual que ahora resbalaban por las
suyas. Así que era por eso que lo habían contratado, por su capacidad para
argumentar y defender ideas en un sentido y en otro, sin necesidad de creer en
ellas. Puro ejercicio de charlatanería disfrazado de elocuencia. Brusco y
terrible aterrizaje en la realidad había sido el suyo.
Ensimismado como estaba
en sus pensamientos no los oyó venir. El pescador del primer día con tres
compañeros. Serios, taciturnos, sin su retórica ni su capacidad dialéctica pero
seguros de la justicia de su protesta, indignados por el abuso que sufrían ellos
y sus familias. En un segundo lo cogieron, lo levantaron en volandas y lo
lanzaron por el acantilado. Los pelícanos, sobresaltados alzaron el vuelo.
No, no murió, lo lanzaron
lejos, el agua era profunda y el, afortunadamente, un buen nadador. Alcanzó la
playa, la tristeza se le había pasado del susto. Unos niños lo miraban
boquiabiertos. Empapado, caminó hasta el coche aparcado no muy lejos. El
contacto funcionó pese a la humedad y pudo llegar a casa.
Tres años después,
sentado en el sofá, veía un reportaje sobre la zona y las actividades de la
compañía en la que había trabajado. Ya casi lo había olvidado todo. Tras el
incidente, salió inmediatamente de aquel país y volvió al suyo, a sus orígenes.
Le había costado un poco reconducir su vida laboral, en todas partes le
preguntaban los motivos de su repentino cambio y el no estaba dispuesto a
explicar el cúmulo de pensamientos y sensaciones que pasaron por su mente
mientras volaba antes de caer al agua.
Impresionante documental.
Comenzaba por las entrevistas a sonrientes trabajadores de las minas,
contentos, felices, que aseguraban estar muy bien pagados; seguía con las
imágenes del pueblo, casas blancas, pequeños jardines, encantadores chavales a
la puerta de la escuela. La segunda parte mostraba imágenes del bosque a la vez
que mencionaba, de pasada, las dificultades sufridas por la empresa debido a un
ocasional problema de contaminación provocado por la lamentable incompetencia
de un empleado, ingeniero novato, que había sido fulminantemente despedido y
repatriado a su país de origen. Sólo los estrictos protocolos de la empresa,
ejemplar en todos los aspectos, habían evitado un desastre provocado por aquel
individuo que, sin duda, había falseado su currículum.
No daban su nombre, no
mostraban su imagen, no podía demandarlos pese a que la alusión a él resultara
tan obvia. ¿Cómo calificar aquello? ¿simplemente mentira? ¿distorsión
deliberada de la realidad para crear una corriente de opinión favorable a la
empresa? En una estantería baja estaba la Enciclopedia de Historia Universal,
no se había deshecho de ella por razones sentimentales, ese tipo de libros ya
no resultaban útiles. No obstante, le hizo meditar sobre la certeza de lo allí
narrado, ¿Quién sabe cuanto de ello es mentira? ¿cuánto verdad?, ¿cuánto verdad
alterada?
Una cosa era segura,
cierta, verdad inapelable. El ya no podría volver nunca a aquel pequeño país
costero, no llegaría nunca a recorrerlo ni a conocer a sus gentes y, aunque el
mundo es muy grande y aquel lugar pequeño, sintió que esa barrera era para él
un pedazo de vida arrebatada para siempre.