Aquella
mañana hacía calor, mucho calor. Un calor seco, diferente al que yo, que venía
de una zona de costa, estaba acostumbrada. Salimos hacia el estanque para
bañarnos. Mi padre, mis dos primas y yo. ¿Cómo fuimos? ¿Tal vez en el
seiscientos? ¿Tal vez andando por una pequeña senda a tramos soleada, a tramos
a la sombra de los pinos? No lo recuerdo.
El
agua estaba levemente turbia y las orillas llenas de juncos. Una pequeña
porción de tierra libre de vegetación hacía las veces de pequeña playa para los
que acudían al lugar. Mi padre nos enseñó a hacer unos pequeños barcos con los
juncos, tal como, seguramente, le habían enseñado a él de pequeño.
Merceditas
y yo nos metimos en el agua poco a poco, mientras Conchita, más pequeña, nos
observaba sin atreverse a entrar. El bañador de mi prima era mitad verde
brillante, mitad azul oscuro. De repente desapareció. Había caído en un pequeño
bache y el agua la cubría por completo.
Sonreí
con seguridad. Sabía nadar y la situación no me pareció peligrosa. Alargué la
mano para agarrarla y acercarla a mí que todavía hacía pie.
Un
segundo después, sin tiempo para reaccionar ni pedir ayuda, me vi debajo del
agua, inmovilizada por la fuerza descomunal de un ser que se subía encima de mi
intentando sacar la cabeza y respirar impidiéndome a mi hacerlo. No podía
salir. Mi prima más bajita y más delgada que yo, presa del llamado pánico del
ahogado, me sujetaba con la fuerza de un pulpo gigante.
De repente mi
cabeza emergió pese a estar todavía atenazada por las manos y las piernas de
Merceditas. Un veinteañero del pueblo, que también se estaba bañando, se había
dado cuenta de la situación y nos empujó apenas un metro más allá, donde ya no
cubría. Seguíamos siendo un rebullo de brazos y piernas, pero ya podíamos
tragar aire y no agua.
Conchita
seguía tranquila, observándonos desde la orilla sin ser muy consciente de lo
que estaba pasando, mientras que mi padre vio interrumpida de forma abrupta la
agradable charla que mantenía con uno de sus amigos de infancia.
Volvimos a
casa. Merceditas, todavía temblorosa y aterrada, decida a no volver a acercarse
a estanques, lagos o piscinas en muchos años. Yo enfadada, furiosa. ¡Con lo
bien que sabía nadar, que había quedado
segunda en el cursillo de la piscina de mi barrio! ¡A punto de ahogarme en un
sitio tan poco profundo!
Mi padre
mustio, reponiéndose del susto y pensando como iba a explicar a mi madre que
estaba distraído en el momento del suceso.
Delante de
todos Conchita, contenta y eufórica, andando a pequeños saltos y decidida a ser
la protagonista de los próximos incidentes y trastadas que pudieran acontecer
en el grupo familiar.