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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

miércoles, 8 de junio de 2022

INCIDENTE EN EL ESTANQUE

 

              Aquella mañana hacía calor, mucho calor. Un calor seco, diferente al que yo, que venía de una zona de costa, estaba acostumbrada. Salimos hacia el estanque para bañarnos. Mi padre, mis dos primas y yo. ¿Cómo fuimos? ¿Tal vez en el seiscientos? ¿Tal vez andando por una pequeña senda a tramos soleada, a tramos a la sombra de los pinos? No lo recuerdo.

              El agua estaba levemente turbia y las orillas llenas de juncos. Una pequeña porción de tierra libre de vegetación hacía las veces de pequeña playa para los que acudían al lugar. Mi padre nos enseñó a hacer unos pequeños barcos con los juncos, tal como, seguramente, le habían enseñado a él de pequeño.

              Merceditas y yo nos metimos en el agua poco a poco, mientras Conchita, más pequeña, nos observaba sin atreverse a entrar. El bañador de mi prima era mitad verde brillante, mitad azul oscuro. De repente desapareció. Había caído en un pequeño bache y el agua la cubría por completo.

              Sonreí con seguridad. Sabía nadar y la situación no me pareció peligrosa. Alargué la mano para agarrarla y acercarla a mí que todavía hacía pie.

              Un segundo después, sin tiempo para reaccionar ni pedir ayuda, me vi debajo del agua, inmovilizada por la fuerza descomunal de un ser que se subía encima de mi intentando sacar la cabeza y respirar impidiéndome a mi hacerlo. No podía salir. Mi prima más bajita y más delgada que yo, presa del llamado pánico del ahogado, me sujetaba con la fuerza de un pulpo gigante.

De repente mi cabeza emergió pese a estar todavía atenazada por las manos y las piernas de Merceditas. Un veinteañero del pueblo, que también se estaba bañando, se había dado cuenta de la situación y nos empujó apenas un metro más allá, donde ya no cubría. Seguíamos siendo un rebullo de brazos y piernas, pero ya podíamos tragar aire y no agua.

Conchita seguía tranquila, observándonos desde la orilla sin ser muy consciente de lo que estaba pasando, mientras que mi padre vio interrumpida de forma abrupta la agradable charla que mantenía con uno de sus amigos de infancia.

Volvimos a casa. Merceditas, todavía temblorosa y aterrada, decida a no volver a acercarse a estanques, lagos o piscinas en muchos años. Yo enfadada, furiosa. ¡Con lo bien que  sabía nadar, que había quedado segunda en el cursillo de la piscina de mi barrio! ¡A punto de ahogarme en un sitio tan poco profundo!

Mi padre mustio, reponiéndose del susto y pensando como iba a explicar a mi madre que estaba distraído en el momento del suceso.

Delante de todos Conchita, contenta y eufórica, andando a pequeños saltos y decidida a ser la protagonista de los próximos incidentes y trastadas que pudieran acontecer en el grupo familiar.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...