Fernando
y Roberto están refugiados bajo un pequeño risco cercano a la cumbre. El viento
azota con fuerza y los copos de nieve apenas permiten ver a medio metro de
distancia.
―Mira
Roberto, te dije que era un error insistir en hacer cumbre. Los nubarrones se
veían venir.
―Pero
la previsión meteorológica era buena. Tú mismo la consultaste anoche.
―Pero
la montaña es incierta, ya lo sabes. En fin, menos charla e iniciemos el
descenso.
―Me
fastidia que cuando algo sale mal me eches la culpa, Fernando. No me parece
justo.
―Nunca
he visto un montañero tan charlatán como tú. Calla y comprueba los nudos de tu
lado. Tenemos que bajar bien encordados. Hace un momento casi te despeñas.
―
¿Quién va delante?
―Tú.
El frontal que llevas es el más potente. Así veremos algo y podremos evitar
resbalar.
Bajan
con sumo cuidado. Aun así, no pueden evitar ir tropezando.
―Poco
a poco Fernando. Me duelen horriblemente los pies. Estas botas me están matando
―
¿No las habías llevado antes?
―No, las
compré hace una semana. Son lo último en tecnología de montaña.
De repente el
frontal de Roberto se apaga. El camino por delante deja de ser visible.
― ¿Qué ha
pasado?
―Se
me ha debido acabar la pila de la linterna frontal
―Pero.
¿No la revisaste antes de empezar la ascensión?
―Pues
no, la verdad. ¡Como decían que eran de larga duración! Ya sabes, esas del
conejito con el tambor.
―O
sea, que has iniciado este ascenso con botas nuevas y sin pilas. ¡Vaya
compañero me he echado! ¡Ahora entiendo lo de tu mujer!
―
¿Qué pasa con mi mujer?
―Sé
que le gusta la montaña tanto o más que a nosotros, así que le pregunté: “¿No
te vienes al Monte Rosa?” y me contestó: “Deja, deja, yo prefiero ir con mis
amigas al circuito del Annapurna. Mejor vais vosotros a vuestro aire”. Vamos,
que te conoce y pasa de ir contigo.
―Chorradas.
Por cierto, ¿no decías que mejor callados?
Continúan
en silencio. La tormenta arrecia. Fernando va delante con la única linterna que
da una luz escasa. Cada vez más agotados, respiran con dificultad.
―Hay
que llegar al refugio.
―No
puedo soportarlo. Los pies no me aguantan, estas botas son una tortura. Me voy
a sentar a descansar un poco.
―Yo
tampoco puedo más. Supongo que parar un poco nos hará bien.
―Mira
ahí delante. Parece que hay alguien. Tal vez estamos más abajo de lo que
pensamos. ¡Eh oiga!
La
figura se acerca. Un anorak azul, apenas se le ve la cara. Unos rizos rubios se
escapan del gorro también azul.
―Nada
de sentarse, chicos. Os vais a quedar helados. ¡Animo que no queda mucho!
―
¿Quién eres? ¿vienes del refugio?
―Si,
más o menos.
―
¿Cómo te llamas?
―Ángel.
―No
te conozco. Ángel ¿que más?
―Gabriel.
Pero basta de charla. Para abajo poco a poco.
Dando
pequeños pasos, con una lentitud exasperante, van descendiendo. Ángel les habla
constantemente, les indica el camino, donde deben pisar para evitar despeñarse.
No les permite desfallecer.
Al
cabo de un tiempo que parece interminable, ven el refugio. Hay gente en la
puerta, los guías. Les hacen señales y corren a auxiliarlos.
―Estábamos
todos alarmados por vosotros, pero el tiempo no permitía salir en vuestra
búsqueda. ¡Menos mal que habéis logrado bajar!
―No
hubiéramos podido sin la ayuda de vuestro compañero.
―
¿Quién? No ha podido salir nadie.
―Sí,
hombre. Ángel Gabriel, ese que habéis mandado. Por cierto, ¿dónde está ahora?
―Ya,
ya, Ángel Gabriel. Pues no sé, se habrá ido a descansar. Vosotros tranquilos,
ahora vamos a entrar, os calentáis, bebéis algo caliente y en cuanto esto
amaine un poco os bajamos al hospital. Allí os atenderá la doctora Gloria Santa
María, sin duda es la persona que necesitáis.