Era un niño
moreno y muy delgado. Había nacido bien entrado el siglo XXI, siendo recibido
con gran alegría por sus padres. Estos, tras sucesivos y fallidos intentos de
concebirlo por el método más habitual y natural, decidieron pedir ayuda médica.
Afortunadamente, las técnicas de reproducción asistida funcionaron y, pocos
meses más tarde, Kevin asomó su carita a este mundo y pasó a formar parte de
él.
Nada se
regateó en un hijo tan deseado. Desde el primer momento dispuso de todo cuanto
pueda imaginarse útil para un pequeño de corta edad. Chupetes personalizados,
diversas mantitas de actividades, lamparitas nocturnas con música para
estimular su desarrollo cerebral, una cunita que se balanceaba automáticamente.
Absolutamente de todo había en la tiernamente decorada habitación del recién
nacido.
Con el año
llegaron la piscina de bolas, las cajas musicales de actividades y los
andadores en forma de pequeño coche con volante y todo. Un teléfono de
estruendoso timbre le permitía pulsar los números y fingir llamadas. Al cumplir
los dos años, una moto correpasillos, un ordenador en miniatura y una guitarra
eléctrica de plástico fueron los juguetes estrella.
Por
extraño que parezca, Kevin nunca tuvo triciclo, ni bicicleta. Sus padres
decidieron que esos era regalos prosaicos y anticuados y, cuando cumplió tres
años, le regalaron un coche eléctrico infantil. Estuvieron dudando entre varios
modelos, decantándose por un Mercedes de dos velocidades y botón de marcha
atrás, capaz de circular a 7 km por hora. Disponía también de un control remoto
para que los padres pudieran dirigir el vehículo y evitar percances.
Mal
comedor e inquieto, agotaba a todos y todos lo adoraban. Simpático y alegre
sopló las velas de su tercer cumpleaños sin saber lo que se avecinaba.
Preescolar.
Un enorme cambio para un polluelo que no ha dejado jamás el nido. Un edificio
extraño, lejos (desde su perspectiva) de su casa. Una mujer desconocida que le
hablaba, parecía amable, pero ¿quién era? Un grupo de niños. Unos parecían
jugar, muchos lloraban. Su madre le dio un beso, parecía nerviosa. Su padre le
dijo, ¡que suerte! ¡que bien lo vas a pasar en el colegio!
Si
que fue bien. A Kevin le gustaban las novedades y el colegio estaba lleno de
ellas. En apenas unos días se había
hecho amigo de todos los niños, comía estupendamente y participaba con
entusiasmo en todas las actividades organizadas por la profesora.
El
veintiocho de septiembre era el cumpleaños de Rubén, el pelirrojo. Además de
llevar caramelos, su madre acudió a clase con una guitarra. Junto con la
profesora formaron un dúo más que eficaz, interpretando un amplio repertorio de
canciones infantiles.
Todos
estaban sentados en corro, riendo y cantando, pero Kevin estaba muy intrigado.
Observaba aquella caja de madera con un agujero y unos hilos. El sonido parecía
brotar de allí, alegre, divertido, lo más bonito que había oído nunca. Pero no
podía ser, por más vueltas que daba alrededor de las dos mujeres, no veía cable
ni motor alguno. Además, la caja era de un marrón muy soso, nada de colores.
Parecía
tan inquieto que la madre de Rubén le preguntó si no le gustaban las canciones.
La respuesta la dejó muy sorprendida: “Nos estáis engañando, la música no puede
salir de esa cosa. Es demasiado fea.”
Ella
sonrió y se sentó a su lado. Le hizo coger la guitarra entre las manos y
deslizar la mano por las cuerdas. Sonidos increíbles surgieron de aquel pequeño
gesto. Le pidió que le enseñara más. Esto es “La”, y esto es “Mi”. Eso para
empezar, le dijo.
La
maestra observó la escena. Al día siguiente fueron todos al aula de música
donde los mayores, esos que ya tenían siete años, formaban un pequeño coro
mientras la profesora de música tocaba el piano. Kevin miró todo con mucha
atención y confirmó que era cierto lo que había descubierto el día anterior.
Lo
que sus padres descubrieron o, mejor dicho, les descubrieron en el colegio, es
que el niño tenía una cualidad inesperada, muy buen oído. Sorprendente cualidad
viniendo de una familia que jamás había prestado atención, no ya la música
clásica, sino ni siquiera a los cuarenta principales.
Sólo
por probar lo apuntaron a clases de piano. Poco después pidió un violín. Todos
los juguetes quedaron en el olvido. El coche fue a parar al mismo primo segundo
que había heredado el parque de bolas. Lo recibió con gran entusiasmo sin
comprender la preferencia del hijo de la tía Mari Carmen por esos cacharros
musicales.
Algunos
años después, los padres acudieron, por primera vez, al Auditorio. Acudían a
presenciar el concierto inaugural de la temporada a cargo de la Orquesta de
Jóvenes Revelaciones. Todo les pareció impresionante: La amplitud de la sala,
la madera que forraba suelos y paredes, el respetuoso silencio del público, los
elegantes trajes de los músicos. Ellos mismos le habían comprado el suyo a su
hijo, aunque pensaron que era algo estrafalario. Cambiaron de opinión al verlo
allí. Cuando el resto de la orquesta enmudeció y su Kevin interpretó aquel sólo
de violín, toda la sala, puesta en pie, estalló en aplausos, su madre en
sollozos y su padre, también emocionado no pudo evitar pensar: “Habrá que hablar
con el sobrino para continuar con el negocio. Con este chico no podemos contar.”