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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

miércoles, 5 de octubre de 2022

UNA CUALIDAD INESPERADA

 

Era un niño moreno y muy delgado. Había nacido bien entrado el siglo XXI, siendo recibido con gran alegría por sus padres. Estos, tras sucesivos y fallidos intentos de concebirlo por el método más habitual y natural, decidieron pedir ayuda médica. Afortunadamente, las técnicas de reproducción asistida funcionaron y, pocos meses más tarde, Kevin asomó su carita a este mundo y pasó a formar parte de él.

Nada se regateó en un hijo tan deseado. Desde el primer momento dispuso de todo cuanto pueda imaginarse útil para un pequeño de corta edad. Chupetes personalizados, diversas mantitas de actividades, lamparitas nocturnas con música para estimular su desarrollo cerebral, una cunita que se balanceaba automáticamente. Absolutamente de todo había en la tiernamente decorada habitación del recién nacido.

Con el año llegaron la piscina de bolas, las cajas musicales de actividades y los andadores en forma de pequeño coche con volante y todo. Un teléfono de estruendoso timbre le permitía pulsar los números y fingir llamadas. Al cumplir los dos años, una moto correpasillos, un ordenador en miniatura y una guitarra eléctrica de plástico fueron los juguetes estrella.

              Por extraño que parezca, Kevin nunca tuvo triciclo, ni bicicleta. Sus padres decidieron que esos era regalos prosaicos y anticuados y, cuando cumplió tres años, le regalaron un coche eléctrico infantil. Estuvieron dudando entre varios modelos, decantándose por un Mercedes de dos velocidades y botón de marcha atrás, capaz de circular a 7 km por hora. Disponía también de un control remoto para que los padres pudieran dirigir el vehículo y evitar percances.

              Mal comedor e inquieto, agotaba a todos y todos lo adoraban. Simpático y alegre sopló las velas de su tercer cumpleaños sin saber lo que se avecinaba.

              Preescolar. Un enorme cambio para un polluelo que no ha dejado jamás el nido. Un edificio extraño, lejos (desde su perspectiva) de su casa. Una mujer desconocida que le hablaba, parecía amable, pero ¿quién era? Un grupo de niños. Unos parecían jugar, muchos lloraban. Su madre le dio un beso, parecía nerviosa. Su padre le dijo, ¡que suerte! ¡que bien lo vas a pasar en el colegio!

              Si que fue bien. A Kevin le gustaban las novedades y el colegio estaba lleno de ellas.  En apenas unos días se había hecho amigo de todos los niños, comía estupendamente y participaba con entusiasmo en todas las actividades organizadas por la profesora.

              El veintiocho de septiembre era el cumpleaños de Rubén, el pelirrojo. Además de llevar caramelos, su madre acudió a clase con una guitarra. Junto con la profesora formaron un dúo más que eficaz, interpretando un amplio repertorio de canciones infantiles.

              Todos estaban sentados en corro, riendo y cantando, pero Kevin estaba muy intrigado. Observaba aquella caja de madera con un agujero y unos hilos. El sonido parecía brotar de allí, alegre, divertido, lo más bonito que había oído nunca. Pero no podía ser, por más vueltas que daba alrededor de las dos mujeres, no veía cable ni motor alguno. Además, la caja era de un marrón muy soso, nada de colores.

              Parecía tan inquieto que la madre de Rubén le preguntó si no le gustaban las canciones. La respuesta la dejó muy sorprendida: “Nos estáis engañando, la música no puede salir de esa cosa. Es demasiado fea.”

              Ella sonrió y se sentó a su lado. Le hizo coger la guitarra entre las manos y deslizar la mano por las cuerdas. Sonidos increíbles surgieron de aquel pequeño gesto. Le pidió que le enseñara más. Esto es “La”, y esto es “Mi”. Eso para empezar, le dijo.

              La maestra observó la escena. Al día siguiente fueron todos al aula de música donde los mayores, esos que ya tenían siete años, formaban un pequeño coro mientras la profesora de música tocaba el piano. Kevin miró todo con mucha atención y confirmó que era cierto lo que había descubierto el día anterior.

              Lo que sus padres descubrieron o, mejor dicho, les descubrieron en el colegio, es que el niño tenía una cualidad inesperada, muy buen oído. Sorprendente cualidad viniendo de una familia que jamás había prestado atención, no ya la música clásica, sino ni siquiera a los cuarenta principales.

              Sólo por probar lo apuntaron a clases de piano. Poco después pidió un violín. Todos los juguetes quedaron en el olvido. El coche fue a parar al mismo primo segundo que había heredado el parque de bolas. Lo recibió con gran entusiasmo sin comprender la preferencia del hijo de la tía Mari Carmen por esos cacharros musicales.

              Algunos años después, los padres acudieron, por primera vez, al Auditorio. Acudían a presenciar el concierto inaugural de la temporada a cargo de la Orquesta de Jóvenes Revelaciones. Todo les pareció impresionante: La amplitud de la sala, la madera que forraba suelos y paredes, el respetuoso silencio del público, los elegantes trajes de los músicos. Ellos mismos le habían comprado el suyo a su hijo, aunque pensaron que era algo estrafalario. Cambiaron de opinión al verlo allí. Cuando el resto de la orquesta enmudeció y su Kevin interpretó aquel sólo de violín, toda la sala, puesta en pie, estalló en aplausos, su madre en sollozos y su padre, también emocionado no pudo evitar pensar: “Habrá que hablar con el sobrino para continuar con el negocio. Con este chico no podemos contar.”

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...