El
ambiente era alegre en la terraza cubierta del restaurante del parque.
Aproximadamente cuarenta mujeres de diversas edades estaban sentadas en dos
mesas largas que formaban ángulo recto. Predominaban los pelos cortos y
rizados. En el extremo derecho un mostrador para los camareros detrás del cual
se encontraba la cocina.
No
todas habían estado de acuerdo en la elección del sitio, algo apartado para
volver de noche a casa, pero las organizadoras habían argumentado que en pocos
locales les dejaban montar una fiesta como aquella.
La
cena no estuvo mal sin ser nada de particular, pero a ninguna pareció
importarle. Las risas y las bromas se sucedieron hasta el momento del café.
Entonces empezó la música, bailable, facilona. La mayoría salió a bailar. Una
de las más jóvenes apareció con un balde de zinc grande, bajo y de boca ancha.
Las mujeres echaron unos papeles amarillos en su interior. Durante la cena
habían escrito en ellos todo lo que les resultaba triste y odioso en sus vidas,
todo aquello que deseaban ver desaparecer.
Pusieron
unos trozos de madera en el balde y les prendieron fuego. Formaron un círculo
alrededor de las llamas, girando y bailando. De vez en cuando, alguna de ellas
se apartaba un poco, cogía carrerilla y saltaba sobre la improvisada hoguera.
Los
camareros del restaurante las observaban atónitos desde el mostrador. Les
parecía inverosímil esa alegría tan desaforada. No era en absoluto lo que
esperaban encontrar cuando habían acudido a trabajar aquella noche.
Dieron
las doce. Por la entrada que daba acceso al recinto se asomaron tres cabezas.
Miraron al interior sonrientes y pasaron. Tres príncipes en forma de simpáticos
y coloradotes cincuentones acudían a la llamada de la hora bruja. Tres maduras
Cenicientas se levantaron y fueron a su encuentro. Al llegar a su altura se
giraron para despedirse de sus compañeras agitando el brazo protegido por un manguito
elástico color carne.
Sonreían
ellas, felices, sus príncipes habían ido a buscarlas. Sonreían ellos, felices
de verlas felices, conscientes todos de la importancia de ese buen momento.
Temerosos de que esa alegría se evaporara de repente.
Se
fueron. El resto de las mujeres continuaron charlando, riendo y bailando, algo
más de una hora. Después, poco a poco, en pequeños grupos fueron saliendo y
dispersándose en dirección a sus hogares, decididas todas ellas a disfrutar de
la parcela mayor o menor de tiempo y de felicidad que la vida se había dignado
concederles.