Llego al
pequeño restaurante apresurada, con el tiempo justo, como siempre. Tu me
esperas tranquilo en una mesa para dos junto a la ventana. Fumas un cigarrillo
y sonríes, seguro de ti mismo.
―Te va a
gustar este sitio. Vengo a menudo, me encanta la cocina francesa. Si no te
importa te ayudo a elegir.
Alzas la
mano y llamas al que parece ser, no un camarero, sino el propietario del restaurante.
―Claude
¿Puedes atendernos?
El hombre, educado y cortés se
acerca sonriendo. Toma nota de la comanda y se va.
Tú hablas sin parar explicándome
tus éxitos laborales, tus viajes y cuanto deseas compartir tu tiempo conmigo.
Finalizada la comida llamas de
nuevo:
―La cuenta Claude, por favor.
El hombre acude, amable y
solícito. Él y yo nos miramos, sonreímos. Los dos sabemos que el restaurante Claude
es propiedad de una mujer francesa, de nombre Claude y vieja amiga mía. Sabemos
también que suelo frecuentar el local. El adivina y yo sé que tú y yo no vamos
a compartir ninguna otra comida en el futuro.