Érase una
vez, en un país no tan lejano, un rey y una reina a los que les encantaba el
cine. Estaban siempre pendientes de la cartelera y no desperdiciaban ocasión de
ver las películas más renombradas que más tarde, dulcificando algunos pasajes, relataban
a su pequeña hija, como si de cuentos se tratase.
Una gélida
tarde de invierno, el rey propuso acudir a un estreno muy esperado, algo
verdaderamente especial. La reina objetó que el hada madrina estaba resfriada y
no podía quedarse a cuidar de la princesa como habitualmente. Pero su esposo,
que era de los que no cejan fácilmente en su empeño, arguyó que, siendo la
película tolerada y dado que la princesa era una niña educada y paciente, no
había ningún problema en que la llevaran con ellos porque, sin duda,
disfrutaría de la proyección y empezaría a desarrollar la misma afición por el
celuloide que sus padres.
Así pues, a
eso de las cinco de la tarde, la regia familia se acomodó en tres confortables
butacas de una sala amplia. Una enorme pantalla ocupaba la pared del fondo.
Pronto se apagaron las luces y de la oscuridad emergieron unas imágenes
sorprendentes que nadie esperaba y que a la princesa le resultaron incomprensibles
y algo aburridas. Sin poderlo remediar, era la hora de la siesta, se le
cerraron los ojos y se sumió en un sopor del que despertó repentinamente: Se vio
rodeada por el cielo estrellado que invadía todo el espacio a la vez que una
música suave y envolvente parecía arrastrarla hacia el fondo de esa inmensidad.
Se sintió volar y jugó con una enorme rueda que giraba al compás de la melodía.
Las imágenes se sucedieron, incomprensibles, pero fascinantes: hombres y
mujeres que conversaban, astronautas, misteriosos personajes que se mantenían
en silencio, voces que se apagaban lentamente y, más espacio, más estrellas,
más inmensidad.
Abrió los
ojos. El rey, inclinado sobre ella le decía: “Arriba Bella Durmiente, la
película ha terminado”. Se levantó y, sintiéndose flotar, inició el camino de
retorno hasta el palacio.
Tan grande
fue el impacto de la película sobre la princesa que, años más tarde, renunció
al trono, prefiriendo doctorarse en astrofísica y consiguiendo una plaza en un
lejano observatorio llamado El Roque de los muchachos. El paisaje era
inhóspito, pero las noches oscuras y el cielo estrellado le evocaban aquella
primera sensación de infancia y hacían que se sintiera más feliz allí que en
cualquier otro lugar. Uno de sus compañeros de trabajo era un extraño joven del
que nadie sabía de donde había venido. Cuando le preguntaban, respondía que
había ido a parar allí por casualidad, procedente de un pequeño planeta, y se
negaba a dar más explicaciones. Por ese motivo le apodaron “El principito” y
nadie lo conocía por otro nombre.
La princesa y
el principito se enamoraron perdidamente y decidieron pasar el resto de sus
vidas juntos. Acordaron ser felices, pero no comer perdices ya que el
principito era vegano. Celebraron su unión con una enorme tarta de calabaza ya
que, como dijo la princesa, las calabazas resultan mucho mejor en pasteles que en
carroza.
Y colorín colorado. Este cuento se ha acabado.