Bienvenida

Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

miércoles, 1 de marzo de 2023

POBRE MATILDE

 

Sentada en un pequeño velador frente al mar y saboreando un Martini, Matilde intentaba dejar su mente en blanco, aunque no podía evitar que recuerdos lejanos y no tan lejanos volvieran a ella.

Su infancia, feliz, tranquila. Sin hermanos. Jugando a veces con alguna amiga del colegio, muchas veces con su vecino Andrés. ¡Que buen chaval era y que bien lo pasaban juntos! Un día, en su casa, su padre comentó: “Tendrás que irte Andrés, Matilde no ha hecho todavía los deberes y me imagino que tu tampoco”.

Al día siguiente su amigo le comentó:

―¡Pobre Matilde! ¿te obligan a hacer los deberes todos los días? ¿Y vas al colegio, aunque te duela la tripa?

―Si no tengo fiebre sí.

―¡Que padres tan duros!¡Pobre Matilde!

No fue una adolescente precoz. Tardó en desarrollarse. Llevaba, además, pelo corto, pantalones y gafas cuando muchas de sus compañeras habían optado por largas melenas lisas, diminutas minifaldas y lentes de contacto. Se sentía un poco relegada, sobre todo desde el día que oyó que comentaban:

―¡Pobre Matilde! Es buena chica, pero ¡tan sosa! Mejor no le decimos nada de lo del sábado.

Ya en la veintena, su afición por la montaña le hizo apuntarse al club “Montañeros sin fronteras”, lo que le permitió hacer numerosas excursiones por las cordilleras de su país. Estas salidas le encantaban y la hacían muy feliz. Nada le resultaba tan gratificante como sentarse en una cima tras una larga y dura ascensión, respirar profundamente y mirar al horizonte.  Conocía, por supuesto, los comentarios de sus amigas:

―¿Otra vez en el monte? ¡Pues ni las cabras!

 ―¡Pobre Matilde! Ya sabes como es. Se ha negado en redondo a venir a la fiesta de fin de carrera. Dice que lo del traje largo no le apetece nada.

Aprobó las oposiciones al Banco Nacional y poco a poco fue ascendiendo en el escalafón. Continuó viajando siempre que sus obligaciones laborales se lo permitieron. Llegó a integrarse en pequeñas expediciones a Sudamérica o al Himalaya. Se sentía libre y feliz. A gusto con su vida. Interesada por multitud de cosas. Con un grupo de amigos de mentalidad afín a la suya.

Visitaba a sus padres con frecuencia a pesar de que conocía de antemano la irritante frase de despedida. Ora su padre, ora su madre, el afectuoso comentario era siempre el mismo.

―¡Pobre Matilde! ¡Con lo lista, cariñosa y guapa que eres! ¡Esta visto que los hombres son tontos!

Llegó a la jubilación con buena salud y optimismo. Satisfecha de los años trabajados pero deseosa de hacer miles de cosas por las que sentía interés y no le había sido posible realizar. Comenzó con unas clases de canto y se integró en un coro con el que ensayaba semanalmente. Entre las actuaciones con la coral y las salidas a la montaña, que jamás había abandonado, el tiempo pasaba deprisa. La colaboración con un voluntariado dando clases de castellano a inmigrantes recién llegados resultó especialmente gratificante.

La invitaban con cierta periodicidad a reuniones de antiguas compañeras de colegio. No le gustaba acudir. La última vez les comentó la fecha de su próximo concierto por si querían asistir. La respuesta no la sorprendió:

―Así que ahora cantante. Haces muy bien, ¡pobre Matilde! Es una buena idea para entretenerte. Yo no tengo tiempo.

―Ni yo tampoco.

Ahora estaba disfrutando de un rato de sosiego. Las nubes que aquella mañana amenazaban lluvia habían desaparecido. El sol le acariciaba los párpados cerrados y la suave brisa agitaba levemente su melena corta y lisa. Los pequeños sorbos de su bebida le resultaban deliciosos y un sentimiento de paz la invadía cuando una voz la sobresaltó.

―¡Buenos días! ¿Le importa que me siente?

Abrió los ojos. Una mujer en la cincuentena la miraba desplegando una amplia sonrisa.

―He pasado antes al supermercado y la he visto. Ahora he pasado por segunda vez y me he dicho: ¡Pobre mujer! ¡Sola! Un poco de charla le vendrá bien.

Ante el tribunal argumentó que no recordaba nada. Que el rotundo paraguazo que le había propinado a la señora y que había hecho que cayera al suelo inconsciente, había sido un acto reflejo, probablemente debido al temor a ser atracada en aquel barrio cercano al puerto.

La explicación les pareció convincente. ¿Por qué una pobre señora de cierta edad iba a desarrollar un comportamiento violento? Sin duda había sido un desafortunado error. Hubo de pagar, no obstante, una indemnización, cosa que hizo sin lamentarse. Además, le escribió una afectuosa carta de excusas a la víctima, ya repuesta del tremendo chichón producido por el golpe. En el sobre incluyó un bono de fin de semana para dos personas, todo incluido, en el hotel “Don Pepe “de Marbella.

―¡Que detallazo! ―dijo el marido―. Se ve que la pobre mujer lo siente mucho.

La noticia corrió como la pólvora entre amigos y familiares. A la incredulidad siguió la sorpresa y tal vez algo les hizo meditar porque, a partir de entonces, la “pobre Matilde” desapareció por completo de las conversaciones, como arrastrada por un refrescante viento. En su lugar emergió por siempre y para siempre “MATILDE”.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...