Los
dos chicos estaban sentados fumándose un cigarro en el murete que bordeaba uno
de los solares del barrio. Llevaban el pelo largo, cortado en capas y
descuidado. Las cazadoras, estrechas y cortas, escasamente llegaban a la
cintura de los pantalones acampanados.
Se
aburrían. Decidieron acercarse al centro a dar una vuelta. Mientras paseaban iban
tocando las manetas de los coches aparcados a lo largo de la calle. Lo hacían
así con frecuencia. Si encontraban alguno abierto, entraban, hacían un puente
para ponerlo en marcha y se iban a dar una vuelta con él. Después de un par de
horas lo abandonaban en cualquier lugar. Siempre había algún despistado y ellos
aprovechaban la circunstancia para divertirse un rato a su costa.
Ese
día el desprevenido fue el propietario de un Seat 124 coupé azul. Los muchachos
actuaron como de costumbre y salieron rápidamente hacia las afueras de la
ciudad. Iban tan entusiasmados y divertidos que no se dieron cuenta de que estaban
rebasando el límite de velocidad. De repente, un par de motos de la Guardia
Civil apareció, les dio alcance y les obligó a parar.
―Nos
hemos caído tío ―dijo Antonio― Él era el que conducía, aunque su compañero
Ramón era igual de hábil conduciendo todo tipo de coches.
Al
ver a los dos jóvenes, los agentes no dudaron un segundo de que el automóvil era
robado. Carnet de conducir, no tenían. Documentación del vehículo, no sabían
dónde estaba. Suspiraron, ¡otros ladronzuelos de poca monta! Tendrían que
llevarlos al cuartelillo y al día siguiente ya estarían fuera. ¡Había que
seguir el protocolo!
Les
pidieron que abrieran el capó. Lo hicieron. El guardia miró el interior y llamó
a su compañero. En un segundo los dos chicos se vieron apuntados por las
pistolas de los agentes. Los esposaron y llamaron pidiendo refuerzos. Una
furgoneta policial los recogió y los llevó a comisaría.
Una
hora después, sentados en un taburete sin respaldo, en una sala de paredes
grises y húmedas, aterrados por un rigor que no esperaban, vieron aparecer a un
inspector con corbata, tirantes y una pistola en la sobaquera.
―Vamos
directos al grano chicos, y más vale que digáis la verdad. ¿Quién es ese hombre
y porqué lo habéis matado? ¿Para robarle el coche? ¿El dinero? ¿Adónde lo
llevabais? Habéis empezado fuerte para ser tan jóvenes.
Antonio
y Ramón, a menudo tan chulitos y desafiantes, se quedaron petrificados. Sus
rostros casi imberbes parecieron descolgarse, al igual que sus mandíbulas que
se abrieron levemente. Sintieron como se les erizaba el pelo y balbucearon al
unísono: ¿Qué hombre?
― ¿Qué hombre
va a ser? El que llevabais en el maletero.
Si se hubieran
estrellado contra un muro a doscientos por hora el impacto no habría sido mayor.
Se pusieron a hablar a la vez, histéricos. Ramón llorando, juraba y perjuraba
que ellos no sabían nada. Antonio gritaba que era mentira, que se estaban
riendo de ellos, que no habían hecho nada. Bueno, robar el coche sí, pero nada
más.
Pidieron por
favor que llamaran a sus padres, se acusaron mutuamente de haber tenido la idea
de coger el coche y sufrieron, cada uno a su manera, tal ataque de ansiedad que
los funcionarios decidieron mandarlos a calabozos separados para interrogarlos
más adelante.
―Más bien
parecen un par de pardillos ―comentó el inspector a su compañero―. Por otra
parte, ¿no era mucho coche para ese viejo?
―Pues sí ―respondió
el otro agente― creo que tiene 1800 c.c. y cinco marchas nada menos. ¡Ya me
gustaría a mí!
Trascurrieron
tres días. Antonio en el calabozo no hacía más que darle vueltas a la cabeza. Tenía
que ser verdad, no se les ocurrió mirar el maletero. Nunca lo hacían, ¿para qué
si sólo usaban los coches un par de horas? El colmo de la mala suerte, un
crimen. Su familia no tenía dinero para abogados. Él, un chaval de barrio, mal
estudiante, sin trabajo. Quien quiera que hubiera matado al hombre estaría
encantado de que alguien pagara en su lugar. Lloró y lloró, nadie lo veía y
aunque lo hubieran visto, nadie lo compadecería.
El miércoles
por la tarde a las cinco lo fueron a buscar. “La hora de los toros. Me van a
dar la puntilla” ―pensó.
Pasaron a un
despacho. Sus padres sentados enfrente de la mesa. Su madre llorosa, su padre
ceñudo.
―Aquí tienen a
su chaval ―dijo el comisario―. Llévenselo y hagan lo posible para que no
vuelva. Firmen aquí.
Antonio no se
lo creía, pero no se atrevió a decir nada. Salieron los tres, cogieron un taxi
y se sentaron detrás. Él en medio, prensado entre sus progenitores. Todos en
absoluto silencio. Llegaron a casa y al traspasar la puerta su madre estalló en
sollozos mientras su padre la daba un manotazo que lo lanzó dos metros hacia
delante. Los juramentos que siguieron hubieran impresionado al carretero más
curtido.
Tras una hora
de imprecaciones y lloros el chico empezó a entender lo ocurrido. Al parecer
los señores Sánchez del Peral habían salido al campo con el padre de la señora
a pasear y a que le diera un poco el aire al abuelo. Lo que le dio al anciano
fue, no se sabe si una apoplejía, un síncope, o un mal aire. Pero, en fin, que
murió repentinamente y su hija y su yerno se encontraron con el pobre señor
difunto en pleno campo.
Si iban a
pedir ayuda lo tenían que dejar sólo, si se iba el marido la señora se quedaba
asustadísima. Ella no podía ir, no sabía conducir.
Desconcertados
pensaron que lo mejor era ponerlo en el maletero, ir a casa, coger una manta y
subirlo en brazos como si hubiera sufrido un desmayo. Era domingo y no había
mucha gente por la calle. Parecía lo más fácil. Una vez allí, llamarían a su
médico para que certificara la defunción.
La impresión
cuando bajaron a la calle con la manta fue mayúscula. Tardaron más de una hora
en calmarse y centrarse un poco. Llamaron a un amigo de la infancia del señor
Sánchez que era abogado y que les aconsejó poner una denuncia por la
desaparición del coche. Les dijo además que contaran toda la verdad. Él mismo
los acompañaría.
Pero en estos
casos, las cosas van despacio. La versión del respetable matrimonio hubo de ser
verificada. La autopsia confirmó la muerte natural sin ninguna clase de
violencia. Retiraron la denuncia por el robo del coche. Bastante problema era
el tema de haber movido el cadáver sin la correspondiente autorización. Los
imprudentes jóvenes fueron puestos en libertad.
En la cocina
de un agradable piso, la familia discute mientras come. El hijo argumenta.
―Papá, no sé
porque te empeñas en que haga ese curso de inglés en verano. He sacado buenas
notas y quiero descansar, ir a la piscina y salir con los amigos.
―Tienes tiempo
de todo. El día es largo y tu madre y yo estamos trabajando. Aprovecha para
mejorar, así podremos ir de vacaciones al extranjero y nos harás de intérprete.
―Eres muy
exigente, no me dejas parar. No voy a ser perfecto, seguro que tú a mi edad no
lo eras.
―Perfecto,
perfecto no, pero bastante formal y trabajador sí que era ―sentencia el padre.
Sonríe para
sus adentros mientras recuerda la manaza de su propio padre, curtida en mil
trabajos duros, agitándose ante su cara mientras gritaba: “Sólo te pido
Antonio, sólo te pido que después de esto dejes de avergonzarnos y que te
conviertas en un individuo de provecho”.
Algún día se
lo contaré ―pensó―. Pero más adelante.