Bienvenida

Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

miércoles, 2 de marzo de 2022

UN INDIVIDUO DE PROVECHO

 

              Los dos chicos estaban sentados fumándose un cigarro en el murete que bordeaba uno de los solares del barrio. Llevaban el pelo largo, cortado en capas y descuidado. Las cazadoras, estrechas y cortas, escasamente llegaban a la cintura de los pantalones acampanados.

              Se aburrían. Decidieron acercarse al centro a dar una vuelta. Mientras paseaban iban tocando las manetas de los coches aparcados a lo largo de la calle. Lo hacían así con frecuencia. Si encontraban alguno abierto, entraban, hacían un puente para ponerlo en marcha y se iban a dar una vuelta con él. Después de un par de horas lo abandonaban en cualquier lugar. Siempre había algún despistado y ellos aprovechaban la circunstancia para divertirse un rato a su costa.

              Ese día el desprevenido fue el propietario de un Seat 124 coupé azul. Los muchachos actuaron como de costumbre y salieron rápidamente hacia las afueras de la ciudad. Iban tan entusiasmados y divertidos que no se dieron cuenta de que estaban rebasando el límite de velocidad. De repente, un par de motos de la Guardia Civil apareció, les dio alcance y les obligó a parar.

              ―Nos hemos caído tío ―dijo Antonio― Él era el que conducía, aunque su compañero Ramón era igual de hábil conduciendo todo tipo de coches.

              Al ver a los dos jóvenes, los agentes no dudaron un segundo de que el automóvil era robado. Carnet de conducir, no tenían. Documentación del vehículo, no sabían dónde estaba. Suspiraron, ¡otros ladronzuelos de poca monta! Tendrían que llevarlos al cuartelillo y al día siguiente ya estarían fuera. ¡Había que seguir el protocolo!

              Les pidieron que abrieran el capó. Lo hicieron. El guardia miró el interior y llamó a su compañero. En un segundo los dos chicos se vieron apuntados por las pistolas de los agentes. Los esposaron y llamaron pidiendo refuerzos. Una furgoneta policial los recogió y los llevó a comisaría.

              Una hora después, sentados en un taburete sin respaldo, en una sala de paredes grises y húmedas, aterrados por un rigor que no esperaban, vieron aparecer a un inspector con corbata, tirantes y una pistola en la sobaquera.

              ―Vamos directos al grano chicos, y más vale que digáis la verdad. ¿Quién es ese hombre y porqué lo habéis matado? ¿Para robarle el coche? ¿El dinero? ¿Adónde lo llevabais? Habéis empezado fuerte para ser tan jóvenes.

              Antonio y Ramón, a menudo tan chulitos y desafiantes, se quedaron petrificados. Sus rostros casi imberbes parecieron descolgarse, al igual que sus mandíbulas que se abrieron levemente. Sintieron como se les erizaba el pelo y balbucearon al unísono: ¿Qué hombre?

― ¿Qué hombre va a ser? El que llevabais en el maletero.

Si se hubieran estrellado contra un muro a doscientos por hora el impacto no habría sido mayor. Se pusieron a hablar a la vez, histéricos. Ramón llorando, juraba y perjuraba que ellos no sabían nada. Antonio gritaba que era mentira, que se estaban riendo de ellos, que no habían hecho nada. Bueno, robar el coche sí, pero nada más.

Pidieron por favor que llamaran a sus padres, se acusaron mutuamente de haber tenido la idea de coger el coche y sufrieron, cada uno a su manera, tal ataque de ansiedad que los funcionarios decidieron mandarlos a calabozos separados para interrogarlos más adelante.

―Más bien parecen un par de pardillos ―comentó el inspector a su compañero―. Por otra parte, ¿no era mucho coche para ese viejo?

―Pues sí ―respondió el otro agente― creo que tiene 1800 c.c. y cinco marchas nada menos. ¡Ya me gustaría a mí!

Trascurrieron tres días. Antonio en el calabozo no hacía más que darle vueltas a la cabeza. Tenía que ser verdad, no se les ocurrió mirar el maletero. Nunca lo hacían, ¿para qué si sólo usaban los coches un par de horas? El colmo de la mala suerte, un crimen. Su familia no tenía dinero para abogados. Él, un chaval de barrio, mal estudiante, sin trabajo. Quien quiera que hubiera matado al hombre estaría encantado de que alguien pagara en su lugar. Lloró y lloró, nadie lo veía y aunque lo hubieran visto, nadie lo compadecería.

El miércoles por la tarde a las cinco lo fueron a buscar. “La hora de los toros. Me van a dar la puntilla” ―pensó.

Pasaron a un despacho. Sus padres sentados enfrente de la mesa. Su madre llorosa, su padre ceñudo.

―Aquí tienen a su chaval ―dijo el comisario―. Llévenselo y hagan lo posible para que no vuelva. Firmen aquí.

Antonio no se lo creía, pero no se atrevió a decir nada. Salieron los tres, cogieron un taxi y se sentaron detrás. Él en medio, prensado entre sus progenitores. Todos en absoluto silencio. Llegaron a casa y al traspasar la puerta su madre estalló en sollozos mientras su padre la daba un manotazo que lo lanzó dos metros hacia delante. Los juramentos que siguieron hubieran impresionado al carretero más curtido.

Tras una hora de imprecaciones y lloros el chico empezó a entender lo ocurrido. Al parecer los señores Sánchez del Peral habían salido al campo con el padre de la señora a pasear y a que le diera un poco el aire al abuelo. Lo que le dio al anciano fue, no se sabe si una apoplejía, un síncope, o un mal aire. Pero, en fin, que murió repentinamente y su hija y su yerno se encontraron con el pobre señor difunto en pleno campo.

Si iban a pedir ayuda lo tenían que dejar sólo, si se iba el marido la señora se quedaba asustadísima. Ella no podía ir, no sabía conducir.

Desconcertados pensaron que lo mejor era ponerlo en el maletero, ir a casa, coger una manta y subirlo en brazos como si hubiera sufrido un desmayo. Era domingo y no había mucha gente por la calle. Parecía lo más fácil. Una vez allí, llamarían a su médico para que certificara la defunción.

La impresión cuando bajaron a la calle con la manta fue mayúscula. Tardaron más de una hora en calmarse y centrarse un poco. Llamaron a un amigo de la infancia del señor Sánchez que era abogado y que les aconsejó poner una denuncia por la desaparición del coche. Les dijo además que contaran toda la verdad. Él mismo los acompañaría.

Pero en estos casos, las cosas van despacio. La versión del respetable matrimonio hubo de ser verificada. La autopsia confirmó la muerte natural sin ninguna clase de violencia. Retiraron la denuncia por el robo del coche. Bastante problema era el tema de haber movido el cadáver sin la correspondiente autorización. Los imprudentes jóvenes fueron puestos en libertad.

 

En la cocina de un agradable piso, la familia discute mientras come. El hijo argumenta.

―Papá, no sé porque te empeñas en que haga ese curso de inglés en verano. He sacado buenas notas y quiero descansar, ir a la piscina y salir con los amigos.

―Tienes tiempo de todo. El día es largo y tu madre y yo estamos trabajando. Aprovecha para mejorar, así podremos ir de vacaciones al extranjero y nos harás de intérprete.

―Eres muy exigente, no me dejas parar. No voy a ser perfecto, seguro que tú a mi edad no lo eras.

―Perfecto, perfecto no, pero bastante formal y trabajador sí que era ―sentencia el padre.

Sonríe para sus adentros mientras recuerda la manaza de su propio padre, curtida en mil trabajos duros, agitándose ante su cara mientras gritaba: “Sólo te pido Antonio, sólo te pido que después de esto dejes de avergonzarnos y que te conviertas en un individuo de provecho”.

Algún día se lo contaré ―pensó―. Pero más adelante.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...