Salió
por la puerta principal y atravesó uno de los tornos que daban acceso a la
factoría. Era noche cerrada y hacía horas que había salido todo el mundo. Sólo
el turno de noche continuaba trabajando y a ellos pertenecían los coches que
estaban aparcados en la explanada.
Saludó
con un gesto al guardia que estaba aburrido en su garita y se subió la
cremallera de la parka hasta arriba. Era tarde y hacía frio, pero, aun así, era
un alivio sentir el fresco del vientecillo en la cara y aspirar profundamente
algo que no fuera el aire viciado de la oficina.
Tenía
el coche en el límite del aparcamiento, allá donde había una hilera de adelfas.
Le gustaba aparcar allí, en el único punto de verdor en muchos metros. Había
luna llena, la observó con una sonrisa. Pensó ― ¡suerte tenían los que
trabajaban de sol a sol!
Ella
había entrado al trabajo antes de las ocho de la mañana, en el camino había
visto amanecer, espectáculo precioso si lo ves ocasionalmente pero que, en su
caso, a menudo cambiaría sin dudarlo por unas cuantas horas más de sueño.
Abrió
la portezuela, se quitó el abrigo, lo echó atrás y se sentó al volante. Llevaba
un buen resfriado y el efecto del último antihistamínico que se había tomado se
le estaba pasando. La moquita le caía sin compasión y no sabía que hacer para
conducir y contenerla a la vez.
Decidió
meter el extremo de un pañuelo de papel por cada uno de los caños de la nariz,
poner una emisora de música animada para no dormirse y de esa guisa poner en
marcha el coche y enfilar la tranquila carretera en dirección a la autovía. El
acceso a la vía principal siempre le daba miedo. Muchos camiones y muy lanzados
y ella cansada y con pocos reflejos.
Tuvo
suerte, sólo venía un vehículo que pasó enseguida y se pudo incorporar
rápidamente. ¡Menos mal que Pedro ha salido pronto! ―pensó. Al menos al llegar
tendría hecha la cena y podría darse una ducha rápida e irse a descansar lo
antes posible.
Hoy
había sido un día de los malos, cerrar el mes y preparar los informes que tenía
que mandar era un trabajo pesado y a contra reloj. Siempre había algún fichero
que se generaba mal o algún dato que no cuadraba. Pero al fin había podido
salir dejando todo bastante hilvanado para poder terminar de analizar los datos
y enviar los informes al día siguiente.
Al
entrar en la ciudad el tráfico se hizo mas denso. El trabajo, la cena, el
resfriado. De repente se dio cuenta de que estaba pasando la estación de
ferrocarril. ¿Qué hacía ahí? Se había pasado el desvío hacia su casa.
La
mujer, que había iniciado la jornada de buena mañana impecable y con sus mechas
perfectamente arregladas se gritó a si misma: ¡H…….pero que m……… hago aquí!
Se
sentía sudorosa, desgreñada y cansada. Farfulló con voz pastosa, ahogada por el
pañuelo que se había puesto en la nariz, unos cuantos juramentos de esos que se
consideran inapropiados en una persona bien educada. A la vez, corrigió su
trayectoria y enfiló hacia su casa.
Al
llegar, efectivamente, una completa y suculenta ensalada la estaba esperando,
eso sí, también la esperaba su hijo para ver si le podía ayudar con los
materiales que necesitaba al día siguiente para un trabajo y su madre la llamó
para recordarle irritada que aún no le había hecho la declaración de la renta y
quejarse de que a ella siempre la dejaba para la última en todo. Después, su
también agotado marido le informó de que todos tenían caducado el pasaporte y
que si no lo renovaban urgentemente no se podrían ir al viaje proyectado para
las vacaciones.
¿Qué
hizo nuestra heroína? Pues recordar a Escarlata O´Hara, ya sabéis, la de “Lo
que el viento se llevó”. Respiró hondo, alzó la cabeza y dijo: Ahora no puedo
pensar, me voy a descansar. Después de todo mañana será otro día.