Se
asomó a la barandilla. La distancia respecto al lecho del río era mucha. A su
alrededor todo el grupo reía mientras se ponían los cascos y los arneses. El
también rio un poco disimulando el pavor que lo dominaba. Quería quedar bien,
aquella actividad promovida por el departamento de personal de su empresa
perseguía estrechar los lazos entre compañeros y mejorar la labor en equipo. El
psicólogo de recursos humanos era aficionado a los deportes extremos y
argumentaba que no había mejor forma de conocer el potencial de un empleado que
viéndolo comportarse en un entorno de riesgo.
Primero
saltó el responsable de control de calidad. La cuerda, bien sujeta por el guía
a la balaustrada demostró una cierta elasticidad y aguantó el tirón sin
problemas. La imagen del valeroso empleado le recordó a su compañero a los
yoyós de su infancia. Sudando, pero contento, el involuntario aventurero subió
el caminito en cuesta y se reincorporó a la pandilla.
Uno
tras otro se lanzaron: una ingeniera de producción recién incorporada, dos
responsables de compras, la jefa del departamento fiscal y uno de los encargados
de mantenimiento. A todos les fue bien, eso le tranquilizó. Le tocaba el turno
y subió a la baranda. Pese a lo que le habían advertido varias veces miró hacia
abajo. Levantó la cabeza, hinchó el pecho, dio un paso atrás saltando de nuevo
al centro del puente y con una sonrisa dijo a sus sorprendidos acompañantes: He
decidido hacer oposiciones.