Creció convencida de que la
abnegación era la mayor de las virtudes, así se lo habían dicho siempre en
casa, en la escuela y en la iglesia. Vivió de acuerdo con ello. Sacrificó, sin
dudarlo, cualquier afecto o interés que no formara parte de las de se consideraban
sus obligaciones. Deseos no tuvo o, más bien, no se permitió tenerlos. Recibió
alabanzas por su vida sacrificada. Criticó ferozmente a las que no eran como
ella. Tuvo una familia para la que creyó ser imprescindible y tal vez lo fue.
Envejeció, pero para su sorpresa,
no apaciblemente. Se entristecía con frecuencia y lloraba sin razón. Ni
psicólogos ni psiquiatras pudieron ayudarla. El neurólogo le mandó hacer un TAC
en el que aparecieron sombras sospechosas, para alarma de toda su familia y de
ella misma sugirió una operación.
Cuando el cirujano abrió el
cráneo de Socorro una multitud de insectos traslúcidos, como pequeñas mariposas
emergieron de él. Deseos insatisfechos, amores sofocados, ansias aplacadas,
aspiraciones reprimidas, todo voló y se posó en el techo del quirófano. El
medicó cerró y suturó la herida. El diagnóstico postoperatorio fue: la paciente
debe disfrutar de la vida, se recomienda a sus allegados que la ayuden a
identificar y realizar sus propios deseos. Escuchen su nombre, les está
pidiendo ayuda