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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

viernes, 11 de agosto de 2023

MANUEL

 

Nació Manuel en un pueblo ni demasiado grande ni demasiado pequeño, en una zona esteparia no lejos de poblaciones más grandes con cierta actividad económica y cultural. Un parto más de los muchos que hubo en aquella familia, como en tantas otras de su entorno. La tasa de mortalidad era alta en los recién nacidos, circunstancia aceptada como ley de vida, pero que sumía a las mujeres en un estado de melancolía y tristeza casi permanente.

Una madre, ya no tan joven y agotada tras varios embarazos, recibió con cariño a Manuel, aun sabiendo que la tarea de sacarlo adelante era más dura y difícil que lo pasado los nueve meses anteriores. Y así fue. La criatura no se agarraba al pecho fláccido y lloraba de hambre sin cesar. Los consejos de hermanas y vecinas no daban resultado. El niño perdía peso en vez de ganarlo. Un par de recién paridas se ofrecieron a criarlo a cambio de una pequeña compensación económica. Disponían de suficiente alimento para sus propios hijos y para Manuel. El acuerdo era ventajoso para ambas partes.

No resultó. Aquella terca criatura parecía decidida a seguir la suerte de dos de sus hermanos, fallecidos apenas unos días después de su alumbramiento, cuando la señora Dionisia, la más vieja del lugar, sugirió que probaran con leche de cabra.

A nadie le pareció buena idea ¿Cómo hacerle tomar la leche? Los biberones, algo tan popular y extendido en años posteriores, era algo desconocido por aquellos lares. No había otra forma de alimentar a un bebé que la succión directa de una teta y, obviamente, poner la boquita de una tierna criatura en la ubre de una cabra parecía descabellado.

Pero la anciana insistió ¿Qué más daba si el chaval estaba perdido? Ella misma se ocuparía de hacerlo tal como había visto en su infancia con un hermano suyo. Nada había que perder. Se habló con el pastor. El conocía mejor que nadie a los animales que, de diversos propietarios, conducía diariamente a los pastos, retornándolos al atardecer. Recomendó a Pardilla, una cabra joven, muy sana y con abundante leche. Dionisia se ocupó de darle un buen lavado, cosa que no tenía poco mérito, como podrán acreditar todos aquellos que hayan intentado bañar a una cabra.

Las cuatro patas sobre la mesa de la cocina, el pastor sujetándola de la correa del cuello y acariciándole la cabeza para tranquilizarla, Pardilla no sabía que pasaba. La madre, acobardada ante la perspectiva de ver a su hijito pateado no quiso asistir a aquel primer intento.

Fue Dionisia quien, con el bebé en brazos y canturreando una nana, aproximó la boquita del bebé a la ubre del animal. El asustado padre, los hermanitos y un par de vecinas, conteniendo la respiración vieron al pequeñín succionar del pezón que le ofrecían y a Pardilla tranquilizarse al comprender lo que querían de ella. Algo que, a todas luces, no le parecía mal en absoluto.

La cabra pasó a disfrutar de un trato privilegiado en relación, no sólo a sus compañeras, sino también a cualquier otro animal de los que habitaban en el pueblo. Fue alojada, cuidada y alimentada en casa de la familia de Manuel el cual, por cierto, empezó a engordar y crecer sin ningún problema. Se estableció una rutina horaria aceptada, mejor que por nadie, por la nodriza caprina que, en cuanto llegaba la hora de la toma, acudía mansamente al borde de la cuna.

Pasó el tiempo y el niño fue creciendo. Ya dormía en una cama. Pardilla seguía acudiendo a su lado ofreciéndole generosamente el alimento que tanto bien le hacía. Así continuaron mucho tiempo hasta que los padres de Manuel estimaron que ya era suficiente. Que el muchacho debía desligarse de un animal al que parecía tener más cariño que al resto de la familia.

La cabra volvió al rebaño y el chico empezó la escuela. Pero todos los atardeceres, cuando el numeroso hato de ganado se acercaba al pueblo, un fuerte balido, sin interés para el resto de los habitantes del lugar, inconfundible para Manuel, sonaba con insistencia. Sólo cesaba cuando el chico acudía a la llamada de su nodriza y descargaba sus ubres de la leche que el animal destinaba a su retoño adoptivo.

Pardilla, cuidada y querida, murió de vieja. Nadie se planteó jamás sacrificarla. Ni que decir tiene que Manuel, inevitablemente apodado El Choto, muy bien alimentado para la época, fue el más alto de todo el pueblo. Debía tener un gran éxito entre las mujeres, a juzgar por alguna foto en la que se le ve, gallardo y altanero, rodeado de chicas. Tuvo dos hijas. A la mayor la llamó Dionisia y a la segunda Pastora, ya que el cura se negó a ponerle Pardilla ¡quién sabe por qué!

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...