Sentado ante su portátil revisaba su
calendario de tareas mientras esperaba la llegada de sus compañeros. El jueves
era el único día de trabajo presencial y había que aprovechar el tiempo. No era
fácil puesto que, al no verse diariamente como antaño, las conversaciones
derivaban en saludos y comentarios banales acerca de la vida de cada cual. Al
otro lado de la sala un operario instalado en lo alto de una escalera reparaba
el aparato de luz. Algo en él le resultó familiar. Se acercó a uno de los
armarios que estaban en ese extremo de la oficina y lo observó más de cerca.
Era él, sin duda. Ni los años
transcurridos, ni los cambios físicos inherentes a la vida adulta, habían
modificado esa cara ancha y esos gestos fuertes y algo rudos de su antiguo
compañero de colegio. Se complació ante la, algo más que incipiente, barriga
que empujaba los botones del mono de trabajo, a la vez que comparaba su tupida
mata de pelo, recogida en una coleta, con las evidentes entradas de las sienes
del electricista.
Seguro, segurísimo. Ese era Toñín
Peláez Rodríguez, el favorito del padre Edelmiro. A su memoria vinieron
aquellas zancadillas en los pasillos del colegio, las burlas por sus gafas de
miope, por sus kilos de más, por su torpeza al jugar al fútbol. Toñín era
delgado, ágil, simpático. Le caía bien a todo el mundo pese a las bromas
crueles que se permitía con los que, como él, eran sosos, regordetes,
empollones y malos deportistas.
Sufrió mucho en esa etapa infantil,
aún más en la adolescencia. Y aquí estaban, cada uno con su trabajo. El
electricista no pareció reconocerlo, seguramente ni siquiera en el colegio le
había prestado gran atención, pero esa etapa de su vida generaba en él un sordo
rencor del que no había conseguido librarse.
En una de las paredes de la sala estaba
la caja de diferenciales. El primero permitía el paso de corriente a la mitad
izquierda de la oficina en la cual estaba trabajando. El segundo, obviamente
desconectado, a la parte derecha donde se estaba efectuando la reparación.
No fue algo meditado ni consciente.
Sin saber cómo, sus pasos, silenciosos sobre el suelo de moqueta, le llevaron
hasta la caja y su mano, con la seguridad de un ente autónomo, conectó el
diferencial del lado derecho. Un fuerte latigazo de electricidad derribó al
operario de la escalera. El golpe contra el suelo le hizo perder el sentido por
unos segundos, los suficientes para que el volviera a desconectar la corriente.
Avisó a seguridad. Acudieron enseguida
y se llevaron a Toñín a urgencias donde le curaron y le hicieron diversas
pruebas. Resultó que había desayunado un sol y sombra y el nivel de alcohol en
la sangre dio bastante alto lo que resultó en una sanción de empleo y sueldo de
un mes.
El, en cambio, recibió toda clase de
felicitaciones y el diploma de empleado del mes donde constaba su rápida
actuación auxiliando al operario de mantenimiento eléctrico Rodrigo García
García, titulado en Formación Profesional por el instituto de su localidad
natal situada a doscientos kilómetros de la empresa en la que desempeñaba sus
servicios.