La funcionaria miraba por encima
de los cristales de sus gafas de presbicia con cierta irritación. Al otro lado
del mostrador una chica morena de pelo largo y cara angelical le sonreía.
―No
insista señorita, no podemos dar información del expediente de nuestros
alumnos.
―Venga,
por favor, sólo confírmeme en que curso está y no la molesto más.
Suspiró.
Sólo por satisfacer su propia curiosidad introdujo el nombre en la pantalla.
Repitió la operación. Pasó a otra opción del menú, buscó en un listado. Levantó
la mirada y dijo: “Creo que puedo decirle algo”. La chica amplío la sonrisa
expectante.
―No
podemos dar información de los alumnos como he dicho. Pero ―subrayó―, en este
caso no puedo dar información porque el expediente no existe. La persona que
usted menciona no está matriculado en esta facultad. No es alumno.
La
cara que tenía enfrente cambió completamente. Los ojos, muy abiertos, las
pupilas dilatadas, el labio inferior pareció descolgarse mientras la piel
empalidecía.
―¿Cómo
dice? Tiene que ser un error.
―Me
temo que no. Me estoy excediendo, pero le voy a decir que esa persona se
matriculó efectivamente hace cinco años, no se presentó a ninguna asignatura y
no volvió a realizar trámite alguno en años posteriores. Por eso le digo que no
es alumno. ¿Es su hermano?
―No,
es mi novio. Disculpe, ya me voy. Y muchas gracias.
La
funcionaria la miró con pena. Cuando la chica se alejó del mostrador se
apercibió de su vientre abultado. Estaba embarazada. “¡Pobre muchacha!”. Movió
la cabeza a los lados, suspiró, y se dirigió a la siguiente persona que tenía
que atender.
La
joven salió con paso lento y se encaminó a la parada del tranvía. El trayecto
se le hizo eterno pero llegó finalmente a su casa. Se sentó en el escritorio
con una libreta y empezó a hacer cuentas. Tres bocas que mantener y un solo
sueldo, el suyo. Cuando terminó, fue al dormitorio, sacó un par de maletas del
altillo y las fue llenando de ropa. Después las dejó en un rincón del
vestíbulo. Fue a comprar.
Al caer la tarde se puso a guisar. Había adquirido en la carnicería una pechuga de
pavo entera y se dispuso a trocearla. Sacó un par de cuchillos y escogió el más
grande. Tenía una piedra de afilar. Ris, ras, ris, ras frotó con furia hasta
que el filo parecía capaz de cortar el aire.
Preparó
el guiso: zanahoria, manzana, cebolla y vino para salsa. La pechuga en dados
dorada en la sartén y cocida posteriormente en la salsa. Mientras guisaba
pensó: “Que no tenga queja de la última cena.”
No
hizo más que un plato. No quería que la cosa se alargara demasiado. La rapidez
en estos casos en siempre una ventaja. Eran las ocho cuando él apareció. “Cena
especial” ―dijo contento―. Ella sonrió. Se sentaron a la mesa.
―
¿Qué tal el día? ¿Muchas clases?
―Un
poco pesado, como siempre. Hoy hemos tenido clase con el catedrático de
anatomía y es un poco aburrido.
―Claro.
Por cierto, tengo algo que decirte.
Él
alzó los ojos, expectante. Ella mantuvo la sonrisa.
―Dime.
―No
soy feliz y es, sobre todo, porque no he sido sincera contigo. No estoy
enamorada de ti ni nunca lo he estado. Me dejé seducir por tu personalidad y
por tu prometedor futuro como médico, pero me doy cuenta que fue una actitud
egoísta por mi parte. Creo que esta situación debe terminar.
―Pero ¿ qué dices? Vamos a tener un hijo.
―Eso
es lo peor. No sé cómo explicártelo. En fin…. ¿Te acuerdas de aquella cena de
empresa de hace unos meses?
―Sí,
claro.
―
¿Y te acuerdas que te hablé de un auditor polaco que nos revisaba las cuentas
por aquella época?
―Pues
sí. Me decías que era muy tenaz.
―Y
tan tenaz. Insistió en acompañarme a casa y, no sé cómo, acabé acompañándolo yo
al hotel. En fin, el resto te lo puedes imaginar. Hay muchas probabilidades de
que el niño sea pelirrojo.
―Pero…..no
sé qué decir. ―Balbuceó atónito y blanco como el papel.
―No
digas nada. Ya es bastante vergüenza para mí esta explicación. Por eso te digo
que no es justo. Esta farsa por mi parte tiene que terminar. He hablado con tu
madre, te espera. Tienes preparadas las maletas. Un taxi te aguarda en puerta.
Créeme es lo mejor.
―
¿Me echas?
―
¿Echarte? No, al contrario. Por el respeto que te tengo, que mereces sin duda
alguna, te abro la puerta que con mi egoísmo te había cerrado, te devuelvo las
alas que mi inconsciencia te había cortado. Tú eres una persona brillante, con
un gran porvenir y no te mereces un lastre como yo.
―No
quiero irme.
―Por
favor, es lo mejor para todos y, sobre todo, para ti.
―Mira,
estás muy nerviosa. Esta noche me voy, de acuerdo. Pero mañana volveré y
reflexionaremos juntos sobre todo este despropósito.
―Vale,
mañana hablamos.
Él
se fue. No quería llevarse las maletas, pero ante la insistencia de ella
accedió.
Pasados
veinte minutos, cuando estaba claro que ya había cogido el taxi, la muchacha se
dirigió al teléfono.
―¿Hermanos
Pastor cerrajeros veinticuatro horas? Por favor, necesito un cambio de
cerradura urgente. He perdido las llaves y temo que me entren en casa a robar.
¿En media hora? Perfecto, les espero.
Una vez
finalizado el cambio de cerradura se duchó, se limpió los dientes y se dirigió
al dormitorio tarareando la canción tantas veces bailada en la clase de zumba:
“No eres tú, no eres tú, no eres tú, soy yo. Échame la culpa”.
Se puso el
pijama y entre risas y llanto se durmió.