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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

viernes, 1 de octubre de 2021

DECEPCIÓN

 

            La funcionaria miraba por encima de los cristales de sus gafas de presbicia con cierta irritación. Al otro lado del mostrador una chica morena de pelo largo y cara angelical le sonreía.

              ―No insista señorita, no podemos dar información del expediente de nuestros alumnos.

              ―Venga, por favor, sólo confírmeme en que curso está y no la molesto más.

              Suspiró. Sólo por satisfacer su propia curiosidad introdujo el nombre en la pantalla. Repitió la operación. Pasó a otra opción del menú, buscó en un listado. Levantó la mirada y dijo: “Creo que puedo decirle algo”. La chica amplío la sonrisa expectante.

              ―No podemos dar información de los alumnos como he dicho. Pero ―subrayó―, en este caso no puedo dar información porque el expediente no existe. La persona que usted menciona no está matriculado en esta facultad. No es alumno.

             La cara que tenía enfrente cambió completamente. Los ojos, muy abiertos, las pupilas dilatadas, el labio inferior pareció descolgarse mientras la piel empalidecía.

              ―¿Cómo dice? Tiene que ser un error.

         ―Me temo que no. Me estoy excediendo, pero le voy a decir que esa persona se matriculó efectivamente hace cinco años, no se presentó a ninguna asignatura y no volvió a realizar trámite alguno en años posteriores. Por eso le digo que no es alumno. ¿Es su hermano?

              ―No, es mi novio. Disculpe, ya me voy. Y muchas gracias.

              La funcionaria la miró con pena. Cuando la chica se alejó del mostrador se apercibió de su vientre abultado. Estaba embarazada. “¡Pobre muchacha!”. Movió la cabeza a los lados, suspiró, y se dirigió a la siguiente persona que tenía que atender.

              La joven salió con paso lento y se encaminó a la parada del tranvía. El trayecto se le hizo eterno pero llegó finalmente a su casa. Se sentó en el escritorio con una libreta y empezó a hacer cuentas. Tres bocas que mantener y un solo sueldo, el suyo. Cuando terminó, fue al dormitorio, sacó un par de maletas del altillo y las fue llenando de ropa. Después las dejó en un rincón del vestíbulo. Fue a comprar.

              Al caer la tarde se puso a guisar. Había adquirido en la carnicería una pechuga de pavo entera y se dispuso a trocearla. Sacó un par de cuchillos y escogió el más grande. Tenía una piedra de afilar. Ris, ras, ris, ras frotó con furia hasta que el filo parecía capaz de cortar el aire.

              Preparó el guiso: zanahoria, manzana, cebolla y vino para salsa. La pechuga en dados dorada en la sartén y cocida posteriormente en la salsa. Mientras guisaba pensó: “Que no tenga queja de la última cena.”

              No hizo más que un plato. No quería que la cosa se alargara demasiado. La rapidez en estos casos en siempre una ventaja. Eran las ocho cuando él apareció. “Cena especial” ―dijo contento―. Ella sonrió. Se sentaron a la mesa.

              ― ¿Qué tal el día? ¿Muchas clases?

              ―Un poco pesado, como siempre. Hoy hemos tenido clase con el catedrático de anatomía y es un poco aburrido.

              ―Claro. Por cierto, tengo algo que decirte.

              Él alzó los ojos, expectante. Ella mantuvo la sonrisa.

              ―Dime.

              ―No soy feliz y es, sobre todo, porque no he sido sincera contigo. No estoy enamorada de ti ni nunca lo he estado. Me dejé seducir por tu personalidad y por tu prometedor futuro como médico, pero me doy cuenta que fue una actitud egoísta por mi parte. Creo que esta situación debe terminar.

              ―Pero ¿ qué dices? Vamos a tener un hijo.

              ―Eso es lo peor. No sé cómo explicártelo. En fin…. ¿Te acuerdas de aquella cena de empresa de hace unos meses?

              ―Sí, claro.

          ― ¿Y te acuerdas que te hablé de un auditor polaco que nos revisaba las cuentas por aquella época?

             ―Pues sí. Me decías que era muy tenaz.

            ―Y tan tenaz. Insistió en acompañarme a casa y, no sé cómo, acabé acompañándolo yo al hotel. En fin, el resto te lo puedes imaginar. Hay muchas probabilidades de que el niño sea pelirrojo.

              ―Pero…..no sé qué decir. ―Balbuceó atónito y blanco como el papel.

              ―No digas nada. Ya es bastante vergüenza para mí esta explicación. Por eso te digo que no es justo. Esta farsa por mi parte tiene que terminar. He hablado con tu madre, te espera. Tienes preparadas las maletas. Un taxi te aguarda en puerta. Créeme es lo mejor.

              ― ¿Me echas?

              ― ¿Echarte? No, al contrario. Por el respeto que te tengo, que mereces sin duda alguna, te abro la puerta que con mi egoísmo te había cerrado, te devuelvo las alas que mi inconsciencia te había cortado. Tú eres una persona brillante, con un gran porvenir y no te mereces un lastre como yo.

              ―No quiero irme.

              ―Por favor, es lo mejor para todos y, sobre todo, para ti.

      ―Mira, estás muy nerviosa. Esta noche me voy, de acuerdo. Pero mañana volveré y reflexionaremos juntos sobre todo este despropósito.

              ―Vale, mañana hablamos.

              Él se fue. No quería llevarse las maletas, pero ante la insistencia de ella accedió.

             Pasados veinte minutos, cuando estaba claro que ya había cogido el taxi, la muchacha se dirigió al teléfono.

―¿Hermanos Pastor cerrajeros veinticuatro horas? Por favor, necesito un cambio de cerradura urgente. He perdido las llaves y temo que me entren en casa a robar. ¿En media hora? Perfecto, les espero.

Una vez finalizado el cambio de cerradura se duchó, se limpió los dientes y se dirigió al dormitorio tarareando la canción tantas veces bailada en la clase de zumba: “No eres tú, no eres tú, no eres tú, soy yo. Échame la culpa”.

Se puso el pijama y entre risas y llanto se durmió.

 

 

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...