Eran ya casi las doce cuando se
fue a la cama. Sabía lo que le esperaba, otra larga noche dando vueltas y
vueltas sin poder dormir y al final, cuando por fin rendida había conseguido
conciliar el sueño, el sonido estridente del despertador le indicó que el
tiempo de descanso había terminado.
Intentaba
convencerse de que eran sólo unos pocos días más. Acabaría su contrato y no
tendría que acudir ya a la oficina de la Diputación. Pero era difícil, tardaría
mucho tiempo en superar aquello.
Seguir
con el trabajo era imposible, no sólo porque la presidenta se lo había dicho
con toda claridad, sino porque el ambiente se había tornado irrespirable para
ella.
Por
otra parte, cambiar ¿adónde?. Este había sido su único empleo y en la pequeña
provincia en la que vivía las posibilidades eran pocas para alguien de su
profesión.
¡Que
diferente era todo cuando empezó! Había terminado la carrera con buenas
calificaciones y su familia estaba bien relacionada en la localidad. No le
resultó difícil conseguir una plaza de ingeniera interina en la Diputación.
No
se planteó irse a otro sitio. Para algunos de sus amigos el ambiente de la
pequeña ciudad era asfixiante. Pero ella, en cambio, era feliz allí y no tenía
interés en vivir en ninguna otra parte.
Al
principio la presidenta pareció encantada con ella. Arrastraba fama de persona
dura y difícil de contentar pero no se lo pareció.
Empezó
con pequeños trabajos que asumió con facilidad y enseguida le asignaron tareas
de más responsabilidad. Metódica y muy concienzuda, no se permitía el menor
error.
Poco
a poco fue ganando confianza en sí misma y en su dominio del trabajo. Lo que no
pensó, tal vez por su juventud, tal vez por su carácter, es que ese dominio y
seguridad debía ser moderado con una alta dosis de prudencia en sus
conversaciones y reuniones con la presidenta.
Ingenuamente
pensaba que su seguridad y autoconfianza serían percibidas como alta
competencia en el trabajo y ni por asomo se le ocurrió que podía se considerado
como un exceso de arrogancia por parte de su jefa.
Los
días iban pasando, las reuniones se sucedían y ella, cada vez más
participativa, cada vez defendía su opinión con mayor rotundidad. No se daba
cuenta de que estaba cavando su tumba profesional.
Pese
a su inconsciencia inicial, llegó un momento en el que empezó a percibir un
gesto de antipatía en la cara de la presidenta que gradualmente se fue
transformando en una actitud claramente hostil.
No
supo que hacer. No entendió, al principio, que ocurría. Cuando se dio cuenta
del error cometido la situación no tenía marcha atrás.
Su
plaza salió a concurso. Le dieron a entender de forma inequívoca que no se
molestara en presentar su solicitud.
En teoría seguía
manteniendo sus funciones, en la práctica era claramente ninguneada.
Los
compañeros, mas veteranos y maleados que ella, enseguida se dieron cuenta de la
situación y empezaron a dejarla educadamente de lado no fuera a ser que les
contagiara su mala suerte.
Aquella
mañana entró cabizbaja en el despacho. Los pies le pesaban, respiró hondo y se
sentó frente al ordenador. Al cabo de un par de horas apareció la presidenta.
Secamente comentó:
―Vaya, todavía
estás aquí. Pronto saldrá la plaza, creo que hay algún candidato estupendo que
seguro que introducirá mejoras en el proceso de trabajo.
No le
contestó, sería una pérdida de tiempo. Esa lección, aunque tarde, la había
aprendido.
―Por cierto,
ya que estás, te voy a hacer un encargo. Como sabes mañana celebramos en el
Teatro Principal el día de la provincia. He comprado unos zapatos en Shoe´s, no
tenían de mi número, me los han encargado y ya están. Recógemelos, que los
necesito para el evento.
Se quedó
atónita. ¡Era demasiado!. Ella era ingeniera de la Diputación, no su recadera.
Se daba perfecta cuenta de que sólo quería humillarla y sacarla de quicio.
Estuvo a punto de contestar airadamente y negarse pero…tras unos segundos de
reflexión, un relámpago cruzó por su imaginación y repuso:
―De acuerdo,
no te preocupes, yo te los recogeré. Que no se diga que la presidenta de la
Diputación no acude impecable a los actos oficiales.
Cuando su jefa
se fue, se levantó, cogió el bolso y salió tranquilamente.
Llegó a la
zapatería. El encargo estaba ya preparado. Como había imaginado eran de tacón
muy alto, con plataformas. Mantener el equilibrio con esos zapatos era
francamente difícil.
Se fue a casa.
Sacó la caja de herramientas. Siempre se le habían dado bien las manualidades y
las pequeñas reparaciones. Cogió una pequeña palanca muy fina y el zapato
izquierdo. Introdujo la palanca entre la base del talón y el tacón y fue poco a
poco presionando para separar el tacón del zapato. Con paciencia lo consiguió.
Un clavo unía una parte con la otra pero, una vez separados, aunque se podía
volver a encajar, la unión quedaba floja.
Buscó en el
armario cola de carpintero. Puso una buena cantidad en ambas piezas y las
volvió a unir. Quedó impecable, pero la unión no tenía la solidez inicial. Unos cuantos pasos y
fallaría.
Sonrió al
pensar en el porrazo que la presidenta se iba a pegar. Sonrió aún más
imaginando lo ridícula que se iba a sentir.
Se encaminó
hacia la oficina.
―Aquí tienes.
Son preciosos ¡color fucsia! Estarás muy elegante.
―Gracias,
respondió la presidenta.
Llegó el día
siguiente. Por la tarde se veía bullicio alrededor del teatro donde se iban a
celebrar los actos. Señoras elegantes, señores trajeados y multitud de curiosos
se habían acercado a ver el ambiente.
En el patio de
butacas se habían habilitado unas pequeñas escaleras para acceder al escenario.
Un grupo
folklórico abrió el evento. Después las principales autoridades, entre las que
se encontraba la presidenta, subieron al estrado para proceder a la entrega de
los premios.
Empresarios y
artistas se repartieron los galardones.
Al bajar las
autoridades las escaleras para dirigirse a sus asientos algo sucedió. Todos
vieron a la presidenta torcerse bruscamente hacia un lado y caer de cabeza
sobre las butacas de la primera fila.
Acababa de darse
una ducha y estaba en albornoz y con la cabeza mojada cuando puso la radio. En
vez de la música que esperaba oyó un boletín de últimas noticias. Escuchó
asombrada:
“La presidenta de la Diputación fallece de
manera imprevista durante los actos de celebración del día de la provincia.
El accidente de la desafortunada señora se
produjo al partirse el tacón de uno de sus zapatos, eso hizo que cayera sobre
una de las butacas de patio y su cabeza golpeó contra el reposabrazos,
resultando el golpe mortal.
Los desesperados intentos por reanimarla de
los servicios de emergencia han
resultado inútiles. El día de celebración se ha convertido en día de luto para
todos nuestros conciudadanos.”
Palideció, no
esperaba esto. La odiaba pero no hasta el punto de matarla, sobre todo
porque……..¿Qué iba a pasar?¿Una investigación?¿Descubriría alguien que el
zapato había sido manipulado?.
El terror
empezó a dominarla. Un intenso dolor de estómago le hizo doblarse sobre sí
misma.
Por la mañana
intentó sobreponerse a la ansiedad. De momento nadie podía sospechar nada
y debía comportarse con normalidad.
Se arregló y
acudió al trabajo. El accidente era el tema de conversación de todo el mundo.
Muchos detestaban a la vícitma, algunos le debían favores, pero para todos
había sido inesperado.
¿Quién la
sucedería? Se avecinaba un cambio, nuevo jefe, nuevas directrices de trabajo. El
nerviosismo del personal era evidente.
Llegó a su
mesa y encendió el ordenador. Abrió el
enlace con el principal periódico local y leyó el titular de la primera página
: “ Sus zapatos fueron la causa de su
muerte”.
Un escalofrío
la invadió, pero siguió leyendo……”La
infortunada presidenta calzaba unos zapatos del prestigioso diseñador canario
Manolo Blahnik cuando uno de los finos tacones se partió en el preciso momento
en que bajaba la escalera…..etc….etc.”
Pero…..¿cómo?
Al final se había puestos los “Manolos” de los que estaba tan orgullosa en vez
de los zapatos que le había mandado recoger. Desde luego, eran mucho mas
elegantes y apropiados para la ocasión.
Sólo había
sido un pretexto para irritarla. De todos modos, eso ya no importaba.
El alivio la
invadió con la misma intensidad que lo había hecho el terror la noche anterior.
Entabló conversación con los colegas, fue de corrillo en corrillo a la vez que
pensaba que ahora lo de la plaza no estaba perdido ni mucho menos. Ella era la
mas preparada con diferencia.
Meses más
tarde, en una misión situada en una alejada aldea del Congo las monjitas
recibieron un paquete de ropa procedente de una ONG.
Había toda
clase de prendas, algunas de ellas muy elegantes y poco prácticas para el clima
del país y para el ambiente de aquella localidad en particular. No obstante,
sabían que eran esas ropas las que más ilusión les hacían a los lugareños así
que cuando aparecieron aquellos zapatos color fucsia de enormes tacones y
plataforma no dudaron en ponerlos a disposición de las habitantes del poblado.
Fue Oyi, una
oronda madre de familia la que los consiguió. Se fue a casa entusiasmada con su
suerte. Cuando saliera a pasear por el poblado iba a ser y la envidia de todas.
Seguro que a sus hijos les inspiraba más respeto si les reñía desde mayor
altura.
¡Dicho y hecho!.
El día de mercado se vistió su mejor túnica y sus altos zapatos, cogió a un
niño de cada mano y fue a lucirse ante sus vecinas.
Llevaba un
buen rato pavoneándose yendo y viniendo entre los puestos cuando, al tropezar
con una piedra, el tacón del zapato izquierdo se desprendió y Oyi dio con sus
huesos en el suelo, cosa que produjo una
gran hilaridad en sus pequeños hijos y entre sus vecinas.
Se levantó,
molesta y algo humillada. Cogió los zapatos con ánimo de tirarlos pero miró el
tacón desprendido y pensó: “Esto se puede arreglar”.
Sonrió
satisfecha. Lo repararía y seguiría siendo la más alta. Ahora sólo tenía que ir
al puesto de N’gué y comprar un buen pegamento.
Mientras
tanto, a muchos kilómetros de allí, en una lejana capital de provincia, una
flamante ingeniera tomaba posesión de su ansiada plaza fija en la Diputación
General del territorio.