Sentada en un taburete en el
balcón la niña observa a la anciana, tan viejita. Pequeña pero no encorvada,
lenta, pero no torpe. Está regando y quitando las hojas muertas de los geranios
que cuida. El espacio no da para mucho, un par de hamacas, un pequeño armario
con herramientas y sus macetas.
Va
totalmente vestida de negro, con una saya larga, una blusa que ella llama
chambra, delantal y toquilla. En la cabeza un pañuelo anudado por detrás
alrededor de un moño de rosca. Vestimenta tradicional y oscura que no la hace
parecer triste. No lo es, tiene los ojos vivaces y enseguida sonríe.
Le
gusta hablar con ella. A veces le cuenta alguna anécdota de su infancia ¡hace
ya tantos años! o le pregunta cosas de su colegio, un mundo extraño para ella,
una mujer analfabeta. La muñeca andadora es un juguete aburrido pero vale la
pena ponerla sólo por ver la risa y el entusiasmo de la abuela.
Mujer
tranquila, no suele hablar del pasado. No menciona antiguas tristezas, se
adapta, vive. Observa a su vez a la pequeña y recuerda. Tantos años dan para
muchos recuerdos. Su propia infancia, la epidemia de cólera. Cómo se escapaba
al campo y se sentaba bajo los árboles a comer la fruta caída que el temor a la
epidemia había impedido recoger.
La
escuela del pueblo. Se asomaba tímidamente a la puerta y el maestro la animaba
a entrar. No se atrevía, sólo había chicos. Ninguna familia del lugar
consideraba necesario instruir a las niñas. Se malograban ―decían.
Su
juventud, su boda. ¡Que buen mozo su marido y que orgullosa estaba ella de su
brazo! ¡Lástima que pronto descubriera que tenía buena planta pero mal vino!
¡Que
duros y tristes aquellos días en que lloraba acodada en la mesa de la cocina
preguntándose cómo iban a salir adelante los chicos y ella con aquel hombre que
gastaba todo su dinero en vino y toda su energía en jurar!
No
le lloró cuando murió, no le lloró nunca, no le rezó un padrenuestro ni le
dedicó un pensamiento. Tras los funerales y las misas de costumbre tiró hacia
adelante. Sin ayuda pero sin estorbos. Trabajó para otros, llegó a montar su
propio negocio. Rabiosa decía: “Si yo supiera letras”
Salieron
adelante, sufrieron una guerra. Sus vecinos, sus amigos, sus parientes, incluso
sus propios hijos fueron muriendo pero su fortaleza, a su pesar, la mantuvo.
Hoy
mira melancólica a lo lejos aunque apenas ve por las cataratas y sonríe
levemente recordando aquella conversación con su hijo pequeño.
―Madre, he ido a echar el veneno
para las ratas en los rincones del gallinero y casi no queda.
―Ya lo sé hijo. Fui a echar yo el
otro día y se me cayó el paquete en el balde de fregar los platos. Tuve que
tirar todo y limpiar muy bien. Sólo quedó un poco en el fondo. No te preocupes,
ve a comprar mas a la tienda del tío Manuel. Coge dinero de la jarra que hay en
la alacena.
―De acuerdo madre, ahora voy.
Duros
años, dura vida, pero sí, consiguieron salir adelante.