La mañana de domingo amaneció tranquila en el barrio. Era temprano todavía y las calles estaban desiertas. La mayoría de sus habitantes madrugaba el resto de la semana y aprovechaban ese día para descansar algo más.
Todas las casas eran nuevas, calles y calles edificadas en torno a una pequeña colina. El barrio completo había sido construido y posteriormente alquilado por la misma empresa: Construcciones Santahilo. Los vecinos vivían en pisos prácticamente idénticos y pagaban rentas también prácticamente iguales al mismo casero, distante e inaccesible como las autoridades de “El castillo” de Kafka.
En mitad de la ladera se alzaba el colegio religioso. En él destacaba una moderna e imponente iglesia que, pese a sus grandes dimensiones, las monjas denominaban “capilla”.
Miles de personas habitaban el barrio que hubiera podido ser un pueblo salvo por algunas importantes diferencias. No había ni plazas, ni viejos. La inmensa mayoría eran parejas jóvenes con niños pequeños. Los abuelos habían permanecido en sus lugares de origen y sólo alguno de ellos, ya muy anciano, se había trasladado a vivir con sus hijos y nietos. Casi todos ellos provenían del interior y habían acudido en masa ante las expectativas de empleo y con la esperanza de un futuro mejor para sus familias.
Empezó a llover. La lluvia, fina al principio, aumentó su fuerza poco a poco formando grandes charcos, tanto en las mal pavimentadas calles como en las irregularmente enlosadas azoteas.
Fue en las azoteas precisamente donde empezó el problema. El agua disolvía poco a poco las baldosas. Primero se diluyeron los colores, luego toda la superficie, los muretes de parapeto a los que los vecinos se habían asomada tantas veces en los días de verano se desmenuzaban.
Las goteras comenzaban a inundar los áticos cuyos habitantes bajaron a refugiarse en el piso inferior, pero toda la estructura de los pisos superiores se deshacía como terrones de azúcar en un café caliente. Lenta, pero inexorablemente los edificios del barrio se convertían en informes montones de arena.
Un río de agua y tierra corría por las calzadas mientras los desconsolados vecinos llenaban las aceras con las escasas pertenencias que habían conseguido salvar. Demasiado atónitos y aterrados para hablar dirigieron sus miradas a lo alto, hacía la gran iglesia. Sin ponerse conscientemente de acuerdo, se dirigieron hacia ella. La única construcción que parecía sólida en aquel entorno que había resultado como de papel maché.
Les abrieron las puertas y entraron en desbandada. Se acomodaron dónde y cómo pudieron, sintiéndose protegidos por los altos y sólidos muros y, poniendo la mayoría de ellos la cabeza entre las manos, empezaron a sollozar.
De repente, se despertó. La pesadilla le había producido un sudor frío y un intenso desasosiego, pero era tarde y había que levantarse. El día se presentaba atareado, había mucho que hacer.
La lluvia repiqueteaba con fuerza en el techo y en los cristales. Debía haber estado lloviendo desde la madrugada. No creía haberla oído, pero era obvio que a su subconsciente le había afectado. Se desperezó y se levantó.
Pasó al cuarto de estar-comedor de la vivienda. La sorpresa le hizo detenerse. Una gotera estaba mojando, clip, clop, clip, clop, el retrato de comunión de su hija. Debía llevar toda la noche. El marco de madera se había abierto y el cartón de la foto se había ondulado a causa de la humedad emborronando la imagen.
Miró al techo. Una gran mancha de un gris verdoso en diferentes tonos concéntricos se extendía por el techo. Abrió la boca, pero no tuvo tiempo de articular palabra ni de pedir ayuda. De improviso, toda la estructura superior del piso se derrumbó arrastrando con ella su pesadilla y su vida.