Llegué
a Zaragoza en tren una mañana de otoño fría y húmeda. La estación de
ferrocarril, inmensa y gélida, me impresionó desagradablemente. Tomé un taxi
para que me llevara a mi alojamiento. Considerando el precio de las residencias
y los alquileres podía decirse que era afortunada. Mis tíos eran propietarios
de un piso cerca de uno de los parques de la ciudad y, ya jubilados, pasaban la
mayor parte del año en Benidorm. El buen clima y el ambiente alegre les ayudaba
a olvidar la cifra de su edad. Me cedieron el piso encantados pidiéndome sólo
que lo mantuviera razonablemente limpio y cuidado.
Optimista
y contenta iba a entrar en el ascensor cuando oí una voz que provenía del otro
extremo del vestíbulo.
―
¡Un momento, por favor!
Una
figura encorvada y renqueante recorría con dificultad los veinte metros que
separaban la entrada del edificio y la puerta del ascensor. Esperé, por
supuesto, y ella, una anciana de aspecto cuidado, me sonrió agradecida. Íbamos
al mismo piso y resultó ser la vecina de al lado. Se alegró mucho al saber que
iba a ocupar el piso. Ser la única residente del rellano le daba un poco de
miedo ―dijo― y me invitó a tomar un café al día siguiente una vez que hubiera
deshecho el equipaje y me hubiera instalado.
Acudí
a la hora indicada, un poco porque la señora parecía una de esas ancianas
solitarias, un poco por curiosidad y, ¿por qué no decirlo?, porque había
olvidado comprar café en mi incursión al supermercado y tenía mono de una buena
taza humeante.
Ilusionada
con mi visita me pasó al salón comedor donde tenía preparado un bonito servicio
de café de porcelana y unas pastas. De hablar suave y educado, me enseñó
fotografías de su familia, que vivía en una ciudad cercana, al igual que la
mayoría de sus amigas, tan ancianas y achacosas como ella. Me dijo que había
vivido en aquella otra ciudad la mayor parte de su vida y que había venido a
Zaragoza por amor.
―Tenía sesenta
años ―confesó― pero aun tuve tiempo de disfrutar diecisiete años de felicidad
antes de enviudar.
― ¿Por qué no
vuelve con su familia ahora? ―pregunté― Ya nada la retiene aquí.
― ¿Nada? ―me
contestó irritada―. Todas mis cosas están aquí.
Cuando empezó
a enseñarme uno a uno los muebles que componían el comedor, entendí en
verdadero motivo de su invitación. No era mi compañía lo que deseaba, sino
mostrar lo que para ella era su mayor orgullo, lo que a mi me había parecido un
mobiliario anticuado, oscuro y triste. Empezó por la mesa de patas talladas a
mano, con seis sillas a juego, continúo con un aparador alto, de grandes
puertas con figuras en relieve, terminó con la vitrina, parte del mismo
conjunto, repleta de vajilla y objetos de porcelana.
―Herencia de
mi madre ―dijo con los ojos brillantes de emoción― maderas nobles, fabricado a
mano por los mejores artesanos de la época, mil novecientos. Casi ciento
veinticinco años ya. Me correspondía a mí por ser la hija mayor y lo he cuidado
y lo cuido, es el legado de mi familia. Está perfecto ¿no te parece? Lo limpio
todos los días y lo froto con cera para sacarle brillo una vez al mes.
Acariciaba los
muebles con ternura, los consideraba tan parte de ella misma que prefería la
soledad con ellos que cualquier cambio que supusiera abandonarlos. Agradecí el
café, alabé el mobiliario diciéndole que jamás había visto nada igual ―lo que
era cierto― y volví al piso de al lado, el de mis tíos, que me pareció ahora
mucho más agradable y acogedor que a mi llegada.
Coincidí con
mi vecina algún otro día, cada día más encorvada, más cansada, más achacosa. Me
atreví a sugerirle que se fuera con su familia. De nuevo se negó en redondo.
― ¿Qué va a
ser de mis cosas si me voy?
Pasaron un par
de meses y me fui una semana de vacaciones. A la vuelta encontré la puerta
contigua a la mía abierta de par en par. Unos operarios sacaban los preciados
muebles con no demasiado cuidado mientras un señor alto de aspecto afable y una
mujer de mediana edad observaban el traslado. Les pregunté, dijeron ser el
hermano menor y la sobrina de la vecina que había fallecido repentinamente
durante mi ausencia.
―Con sus
muebles, como ella quería ―dijeron.
― ¿Los han
vendido? ―pregunté.
―No ―me
respondieron― Los quería tanto que no somos capaces de venderlos ni de
tirarlos. Tenemos unos familiares que disponen de una finca con bastante
espacio abierto. Vamos a hacer una pira y los quemaremos, las cenizas las
recogeremos y las juntaremos con las suyas.
Les pedí
permiso para asistir a la peculiar ceremonia y aceptaron. Mientras el humo
ascendía y las llamas crepitaban, la sobrina de la fallecida dijo:
―Ahí va su
espíritu. En Benarés hubiéramos quemado el cadáver en esta pira, pero aquí no
es posible.
Consternados y
tristones no nos dimos cuenta de que un todo terreno blanco y verde estacionaba
en el camino frente a la entrada de la finca. Dos agentes forestales se
acercaron a nosotros preguntando que era aquello. No hubo forma de convencerlos
de que eran restos vegetales procedentes de la poda. Pese a que estábamos fuera
de la época de peligro y de que no hacía viento, a la familia le cayó una buena
multa que, al parecer, abonaron contra la cuenta corriente de la fallecida. A
ella no le hubiera importado ―dijeron.