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Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

sábado, 1 de febrero de 2025

EL ESPÍRITU DE LAS COSAS

 

              Llegué a Zaragoza en tren una mañana de otoño fría y húmeda. La estación de ferrocarril, inmensa y gélida, me impresionó desagradablemente. Tomé un taxi para que me llevara a mi alojamiento. Considerando el precio de las residencias y los alquileres podía decirse que era afortunada. Mis tíos eran propietarios de un piso cerca de uno de los parques de la ciudad y, ya jubilados, pasaban la mayor parte del año en Benidorm. El buen clima y el ambiente alegre les ayudaba a olvidar la cifra de su edad. Me cedieron el piso encantados pidiéndome sólo que lo mantuviera razonablemente limpio y cuidado.

              Optimista y contenta iba a entrar en el ascensor cuando oí una voz que provenía del otro extremo del vestíbulo.

              ― ¡Un momento, por favor!

              Una figura encorvada y renqueante recorría con dificultad los veinte metros que separaban la entrada del edificio y la puerta del ascensor. Esperé, por supuesto, y ella, una anciana de aspecto cuidado, me sonrió agradecida. Íbamos al mismo piso y resultó ser la vecina de al lado. Se alegró mucho al saber que iba a ocupar el piso. Ser la única residente del rellano le daba un poco de miedo ―dijo― y me invitó a tomar un café al día siguiente una vez que hubiera deshecho el equipaje y me hubiera instalado.

              Acudí a la hora indicada, un poco porque la señora parecía una de esas ancianas solitarias, un poco por curiosidad y, ¿por qué no decirlo?, porque había olvidado comprar café en mi incursión al supermercado y tenía mono de una buena taza humeante.

              Ilusionada con mi visita me pasó al salón comedor donde tenía preparado un bonito servicio de café de porcelana y unas pastas. De hablar suave y educado, me enseñó fotografías de su familia, que vivía en una ciudad cercana, al igual que la mayoría de sus amigas, tan ancianas y achacosas como ella. Me dijo que había vivido en aquella otra ciudad la mayor parte de su vida y que había venido a Zaragoza por amor.

―Tenía sesenta años ―confesó― pero aun tuve tiempo de disfrutar diecisiete años de felicidad antes de enviudar.

― ¿Por qué no vuelve con su familia ahora? ―pregunté― Ya nada la retiene aquí.

― ¿Nada? ―me contestó irritada―. Todas mis cosas están aquí.

Cuando empezó a enseñarme uno a uno los muebles que componían el comedor, entendí en verdadero motivo de su invitación. No era mi compañía lo que deseaba, sino mostrar lo que para ella era su mayor orgullo, lo que a mi me había parecido un mobiliario anticuado, oscuro y triste. Empezó por la mesa de patas talladas a mano, con seis sillas a juego, continúo con un aparador alto, de grandes puertas con figuras en relieve, terminó con la vitrina, parte del mismo conjunto, repleta de vajilla y objetos de porcelana.

―Herencia de mi madre ―dijo con los ojos brillantes de emoción― maderas nobles, fabricado a mano por los mejores artesanos de la época, mil novecientos. Casi ciento veinticinco años ya. Me correspondía a mí por ser la hija mayor y lo he cuidado y lo cuido, es el legado de mi familia. Está perfecto ¿no te parece? Lo limpio todos los días y lo froto con cera para sacarle brillo una vez al mes.

Acariciaba los muebles con ternura, los consideraba tan parte de ella misma que prefería la soledad con ellos que cualquier cambio que supusiera abandonarlos. Agradecí el café, alabé el mobiliario diciéndole que jamás había visto nada igual ―lo que era cierto― y volví al piso de al lado, el de mis tíos, que me pareció ahora mucho más agradable y acogedor que a mi llegada.

Coincidí con mi vecina algún otro día, cada día más encorvada, más cansada, más achacosa. Me atreví a sugerirle que se fuera con su familia. De nuevo se negó en redondo.

― ¿Qué va a ser de mis cosas si me voy?

Pasaron un par de meses y me fui una semana de vacaciones. A la vuelta encontré la puerta contigua a la mía abierta de par en par. Unos operarios sacaban los preciados muebles con no demasiado cuidado mientras un señor alto de aspecto afable y una mujer de mediana edad observaban el traslado. Les pregunté, dijeron ser el hermano menor y la sobrina de la vecina que había fallecido repentinamente durante mi ausencia.

―Con sus muebles, como ella quería ―dijeron.

― ¿Los han vendido? ―pregunté.

―No ―me respondieron― Los quería tanto que no somos capaces de venderlos ni de tirarlos. Tenemos unos familiares que disponen de una finca con bastante espacio abierto. Vamos a hacer una pira y los quemaremos, las cenizas las recogeremos y las juntaremos con las suyas.

Les pedí permiso para asistir a la peculiar ceremonia y aceptaron. Mientras el humo ascendía y las llamas crepitaban, la sobrina de la fallecida dijo:

―Ahí va su espíritu. En Benarés hubiéramos quemado el cadáver en esta pira, pero aquí no es posible.

Consternados y tristones no nos dimos cuenta de que un todo terreno blanco y verde estacionaba en el camino frente a la entrada de la finca. Dos agentes forestales se acercaron a nosotros preguntando que era aquello. No hubo forma de convencerlos de que eran restos vegetales procedentes de la poda. Pese a que estábamos fuera de la época de peligro y de que no hacía viento, a la familia le cayó una buena multa que, al parecer, abonaron contra la cuenta corriente de la fallecida. A ella no le hubiera importado ―dijeron.

SUERTE

                ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué...