A decir de
todo el mundo su padre era una persona extremadamente culta, siempre rodeado de
libros. Toda la casa era una enorme biblioteca. Su especialidad era la
literatura fantástica y los cuentos. Quizá por ello había decidido que el
nombre de sus hijos iba a ser un homenaje a una de sus obras favoritas, Las mil
y una noches.
Sherezade, la mayor, soportaba el nombre con
resignación, aunque siempre se quejaba de que no tenía diminutivo posible. Ya
tenía doce años y se había vuelto muy presumida. Llevaba una melena larga que
se planchaba de vez en cuando y que movía con un gesto muy estudiado.
Simbad, de
diez, andaba últimamente muy desconsolado porque en un viaje a Madrid había
perdido su barco teledirigido en el estanque del Retiro. Lo había mandado al
centro del lago donde había chocado con una barca de las grandes y se había
hundido sin remedio. Para los próximos Reyes se iba a pedir un dron.
Respecto a
Aladino, el pequeño, los tenía a todos fritos. Su tía le había regalado un
juego de bingo infantil y estaba todo el día cantando línea. Ante las protestas
de su cuñado, la señora prometió que no iba a ocurrir más, el próximo regalo
iba a ser una batería, a ver si desarrollaba su indudable talento musical.
Con vistas a
la celebración de la fiesta de Navidad, en el colegio se les ocurrió la gran
idea de juntar a los tres hermanos para cantar y bailar una exitosa canción de
Bollywood. Los chicos ensayaron concienzudamente e interpretaron el número con
gran eficacia consiguiendo aplausos de todos los asistentes. Con lágrimas en
los ojos, el padre miró a su esposa.
¡Son
maravillosos! ¿Qué te parecería un pequeño Alí Babá para completar el cuarteto?
La mujer
palideció y repuso con firmeza:
―No cariño, ya tenemos tres tesoros. No sea que empecemos de nuevo con Alí Babá y no paremos hasta llegar a los cuarenta ladrones.