Estoy
leyendo en el jardín trasero, apenas más grande que una pequeña terraza. Félix
me acompaña, como siempre. Lo miro y sonrío. He perdido más de una novia por
él. Ni siquiera Paula, la veterinaria del zoo, una muchacha tranquila y amante
de los animales, estuvo dispuesta a construir una vida en común conmigo por su
causa.
Y
eso que, tanto Félix como yo, somos sosegados y cariñosos. Yo fui siempre
responsable y trabajador. Mis padres apenas se preocupaban de mis estudios, no
era necesario. Saqué la licenciatura fácilmente y me doctoré con honores. No
tuve problema para encontrar una plaza de interino en el departamento de Física
computacional, como tampoco lo tuve para aprobar la oposición y conseguir mi
plaza fija. Se podía decir que no había dado un paso en falso en toda mi vida y
que me encaminaba de forma rápida y directa a convertirme en una persona
respetable y absolutamente prosaica.
¡Que
diferencia con mi tío Feliciano! Irreverente, anárquico. Una persona de gran
capacidad, sin duda mucho mayor que la mía, pero que no sacaba nada práctico de
sus múltiples habilidades.
Solía
burlarse, a veces cruelmente, de mi seriedad. Se reía cuando me encontraba
siempre estudiando y repasando los temas de mis exámenes. Con ironía me
aconsejaba relajarme y no dar tanta importancia al asunto. ¡Tranquilo chaval!,
vas camino de convertirte en un obseso de los libros en lugar de disfrutarlos ―me
dijo en una ocasión.
Pese
a sus comentarios, yo le tenía un gran aprecio, diría incluso que lo admiraba.
De forma totalmente autodidacta había llegado a tener una gran cultura y su
biblioteca era muy amplia. Le gustaba regalarme libros y, tengo que decir,
siempre acertaba en su elección. Viajaba mucho, por su cuenta, con una mochila,
siempre solo y buscando los destinos más exóticos y alejados de las rutas
frecuentadas por turistas convencionales.
Pasaron
algunos años y yo, ya independizado, había alquilado un pequeño apartamento
cercano a la Facultad. De acuerdo a mi carácter, tenía mi rutina perfectamente
organizada y establecida, cuando un día, inesperadamente, sonó el timbre de la
puerta.
―
¡Hola sobrino! ―me dijo la voz alegre y entusiasmada de mi tío―. Vengo sólo un
momento a saludarte. ¡Hace tanto que no nos vemos! Voy a dar una vuelta por los
fiordos noruegos y vengo de Tanzania. Un lugar extraordinario, sin duda. Como
sé que eres un comodón y no te vas a acercar por allí, te he traído un regalo.
Me
pasó una cesta bastante grande y allí estaba: Una cría de orangután. Levanté la
vista y nos miramos fijamente. No sé, ni sabré, que pretendía realmente. Pero
sus ojos burlones me hicieron reaccionar como nunca, ni él, ni yo, hubiéramos
supuesto que reaccionaría.
Erguido
y orgulloso, le sonreí con aplomo y, como la cosa más natural del mundo, le
dije:
―
¡Pero que amable tío! ¡No me podía imaginar un regalo mejor! Por supuesto, ya
que te llamas Feliciano, él se va a llamar Félix, en tu honor.
Desde
entonces han pasado algunas cosas. Félix ha crecido. Yo me he acostumbrado a su
compañía, me escucha, asiente, lanza pequeños gruñidos de aprobación. No me
cabe duda de que percibe mis diferentes estados de ánimo, como yo noto los
suyos.
Es
educado, mucho más que alguno de mis colegas. Eso sí, me he tenido que mudar a
una casita adosada con un pequeño patio trasero. Aquí él tiene más libertad y
los vecinos son también más tolerantes. En la verdulería nos aprecian mucho.
Supongo que nuestro alto consumo de plátanos y bananas tiene algo que ver en
ello.
No
he vuelto a ver al tío Feliciano. Probablemente tiene miedo de que le devuelva
a Félix pero, si es así, se equivoca. No creo que mi amigo desee ya cambiar de
domicilio ni yo quisiera perderlo.