Mis
mañanas empezaban muy temprano. El despertador sonaba y yo, somnolienta,
remoloneaba, apurando el tiempo para disfrutar de la calidez de las sábanas un
poco más. Esos minutos de retraso me obligaban, algo más tarde, a correr para
alcanzar el autobús ― siempre puntual― que me había de llevar al trabajo.
Él
apareció un día del mes de octubre. Vistiendo camiseta remangada y unos
pantalones de trabajo azules con peto, empujaba una carretilla alta y cargada
en dirección a uno de los comercios cercanos. Me cedió el paso con una sonrisa
y me pareció sentir su mirada a mi espalda al alejarme.
Por
alguna razón, tal vez un cambio de turno, nuestros caminos empezaron a cruzarse
todas las mañanas y también todas ellas, se repetía el rito de la cesión de
paso y de la sonrisa discreta y algo burlona.
El
trayecto de media hora hasta el trabajo pasó de ser un rato vacío, en el que mi
cerebro parecía aletargado, a ser el momento más interesante del día. Cada mañana
me fijaba en un detalle nuevo de su aspecto y fantaseaba con lo que no podía
ver. ¿Cómo serían sus manos, siempre cubiertas por aquellos guantes de trabajo?
¿Por qué su sonrisa parecía tan divertida? ¿Era casualidad que nos
encontráramos o tal vez un cambio de horario deliberado?
No
nos saludábamos. Ni un triste “buenos días” salió de nuestros labios. Tal vez
los dos disfrutábamos de ese intercambio de miradas y temíamos que el sonido de
nuestras voces rompiera el encanto.
Un
día, meses después, desapareció. Lo echaba de menos. Me faltaba ese gesto
amigable para empezar la jornada con algo de optimismo. Mis viajes en autobús
volvieron a ser monótonos y mi llegada al trabajo, somnolienta y malhumorada.
Lo olvidé, como se olvidan tantas pequeñas cosas que nos acontecen en el día a
día. Me apunté a una academia de arte y espanté la rutina aprendiendo técnicas
de dibujo y pintura.
Una tarde, mi
profesor me acompañó a una de las aulas del piso superior. “Ya es hora de que
cambies de nivel” ―me dijo―. Al entrar, me quedé petrificada mientras su voz ―que
sonaba en off― insistía: “Adelante, ¿no decías que estabas harta de bodegones?”
Me
acerqué a uno de los caballetes que había preparados y, con un carboncillo,
inicié los trazos que dibujaban un pelo rizado, unos ojos grandes y una
sonrisa. Su sonrisa. Descubrí sus manos, grandes y fuertes, como era
previsible, y su silueta, esbelta, como yo la recordaba. Pero sin camiseta, ni
pantalón de peto, ni carretilla alguna.
A
partir de aquel día, y durante el resto del curso, no dibujé otra cosa. Las
paredes de mi cuarto estaban empapeladas con apuntes y bocetos que sólo lo
mostraban a él: retratos en primer plano, esbozos en la distancia, en negro, en
sepia. Los profesores intentaron, sin éxito, que variara, utilizando otros
modelos de dibujo del natural. Seguíamos sin hablar, sin enturbiar el encanto
de nuestro mudo reencuentro.
Tras
las vacaciones de verano, esperaba impaciente la vuelta a la academia. Compré
una revista y me senté en la terraza a disfrutar de los rayos del sol de
septiembre. Y lo vi. En un anuncio a toda página: pantalones de lino beis,
americana a juego, su sempiterna sonrisa. Sus ojos, en el centro de la
fotografía, parecían mirarme. Cuando lo vi en el anuncio de Armani, supe que aquella
historia había terminado para siempre.