Esperanza
se levantó temprano como todos los días. Desayunó un bol de kéfir con avena,
unas nueces y un café, por supuesto de comercio sostenible. Echó un vistazo a
la basura. Aunque intentaba reducir el uso de envases de plástico no podía
eliminarlos por completo. Tenía unos cuantos
acumulados que decidió tirar al contenedor por la tarde.
Bajó
al garaje y desenchufó el coche que se había estado cargando toda la noche.
Puso la radio y se encaminó a su trabajo en un polígono de las afueras. La
emisora informaba que la estación espacial internacional iba a sobrevolar la
ciudad esa noche y que se podría observar a simple vista. El locutor
entrevistaba a un eminente profesor de física y a un ingeniero aeroespacial.
Ambos dieron detalles de los logros que había supuesto a nivel científico el
establecimiento de ese gran laboratorio espacial, por ejemplo, la necesidad de
reciclar el agua a bordo de la nave había ayudado a idear un sistema de
desperdicio casi nulo.
Impresionante.
No pudo oír el final porque había llegado a su destino. Terminada la jornada de
trabajo recuperó el programa que estaba grabado en un podcast y continuó donde
lo había dejado. De acuerdo con todos los países intervinientes, la estación
había cumplido su servicio además la mayor parte de los equipos estaban
obsoletos y no tenía objeto prolongar su vida útil más allá del año 2030. En
esa fecha, cuatrocientas toneladas de fragmentos en llamas caerán en el océano
Pacífico en el llamado Point Nemo.
El
Point Nemo, según dijeron, era un lugar entre Nueva Zelanda y América del Sur
que ya llevaba tiempo siendo usado como cementerio de estructuras espaciales.
Al parecer, diversos grupos de empresas incluida la zaragozana Industrias López
Soriano, que para la ocasión se había asociado con Chatarras Ostáriz y con
Aragonesa de Chatarras y Metales, habían presentado una propuesta para el
aprovechamiento de los restos de la instalación.
Por
desgracia, parecía que, ni los portavoces de la NASA, ni los expertos en
política espacial, estaban tomando en consideración estas propuestas y que el
destino final de ese gran logro de la ciencia iba a ser un pozo en el Pacífico
que la humanidad, obviamente, es muy capaz de llenar en pocas décadas.
Esperanza
llegó al garaje, enchufó su vehículo y subió a casa. Al entrar en la cocina vio
la pequeña bolsa de desechos de plástico lista para el contenedor amarillo. Se preparó
en la batidora un zumo de zanahoria y limón con un toque de cúrcuma y, triste,
se lo tomó a la vez que movía la cabeza de un lado a otro y musitaba “pobre
planeta”.