Bienvenida

Bienvenidos a este blog. Espero que disfrutéis de la lectura de los relatos tanto como yo he disfrutado escribiéndolos.

domingo, 3 de mayo de 2026

FANTASÍA DE ABUELOS

               Era un pueblo pequeño, como tantos, ni cerca del mar ni de la montaña. De gente que había vivido siempre a lo suyo, sin demasiado interés por lo que ocurría más allá de los límites de su municipio.

              Mi abuelo había nacido allí, pero no mi abuela, aunque nadie me dio nunca una razón acerca de cual era su lugar de origen. Se ganaban la vida dignamente. No eran ni pobres ni ricos. Mi abuelo ejercía las profesiones de ebanista, zapatero y sepulturero. Aunque pueda parecer mucho trabajo, no lo era. El reducido tamaño de la población requería ejercer más de un oficio para no permanecer ocioso la mayor parte de tiempo.

              Mi abuela, por su parte, también contribuía a la modesta economía familiar. Era una modista de habilidad nada desdeñable y una reputada curandera a la que todos los vecinos acudían en demanda de ayuda para solventar los más diversos problemas y dolencias.

              En las afueras del pueblo, ni cerca ni lejos de la plaza mayor, estaba la casona de los terratenientes. Poseían la mayor parte de las tierras de labor y las arrendaban a los vecinos mediante el arcaico acuerdo denominado “de suelo y vuelo”. Acuerdo que resultaba mejor para el propietario que para el arrendador, pero que, a decir de los ancianos del lugar, no era ni bueno ni malo en comparación a lo que algunos otros amos obligaban a aceptar.

              La señora de la casona se daba muchos humos y le gustaba ir a la moda. Recibía por correo revistas que decía que le llegaban de París, cosa que nadie ponía en duda ya que ninguno de los convecinos hablaba francés.

              Mi abuela era la encargada de copiar los vestidos elegidos por la esposa del hacendado para lucirlos en sus viajes a la capital, cosa que hacía con pericia cobrando lo que ella le parecía poco y a la acaudalada dama, mucho.

              La presumida mujer, no sólo requería los servicios de mi abuela, sino también los de mi abuelo, que se veía obligado a discurrir lo suyo para imitar el calzado fino que nadie en aquel lugar había visto ni usado jamás-

              Todo fue bien hasta que un día el encargo fueron unos zuecos de madera y piel. No unos zuecos de esos bastos que se utilizan en regiones lluviosas para protegerse del barro. No. En la foto los calzaba una mujer elegante y sofisticada con la misma gracia que si llevara un distinguido zapato de salón.

              Mi pobre abuelo no se explicaba como la señora iba a poder andar con un zapato sin ninguna flexibilidad en la suela. Aquello tenía que tener algún truco. Tras darle muchas vueltas, dio con la solución y llevó a cabo el encargo, elaborando un par de zuecos de apariencia idénticos a los de la fotografía.

              A la señora le encantaron. Se los probó entusiasmada y se dirigió a las escaleras para mostrárselos a su esposo que leía el periódico en el piso de abajo. En su precipitación, no se dio cuenta de la pequeña bisagra que unía las dos piezas de madera que formaban la suela y………el resto ya es historia.

              La brecha en la cabeza requirió treinta puntos de sutura; la cicatriz no desapareció, pese a todos los ungüentos que preparó mi abuela; a mi abuelo lo acusaron de querer sacarse un extra como sepulturero; a mi abuela de haber echado mal de ojo.

              Tras el aciago suceso, mi padre decidió emigrar temeroso, no sin razón, de la hostilidad del terrateniente y su familia. Pocos años después, ni del todo tristes ni del todo contentos, mis abuelos lo siguieron. En el pueblo había cada vez menos gente, menos vestidos que hacer, menos muebles, menos zapatos, incluso la demanda de ataúdes se había reducido considerablemente.

Esta historia me contaba mi abuelo cuando, de la mano, ni deprisa ni despacio, me llevaba al colegio. Mi abuela nos despedía en la puerta murmurando: «No hagas caso a tu abuelo que es un fantasías».

No sé si era un fantasías o no, pero lo que es seguro, es que yo sí lo soy. Una fantasiosa auténtica. Si no fuera así, no estaría escribiendo estas líneas, ni contándoos este relato.

      

sábado, 4 de abril de 2026

SUERTE

 

              ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cuarenta y cinco años ya! Bueno, un poco menos, faltan unos meses para que se cumplan, pero, ¿Qué importan unos meses? Fue el mayor golpe de suerte de mi vida, aunque al principio no fui consciente de ello. Al contrario, aquel secuestro parecía una pesadilla. Nada lo presagiaba. No era alguien que esperara ser víctima de un secuestro: un hombre tranquilo, buen profesional, sociable —tal vez demasiado— con las mujeres.

              Me he buscado en la Wikipedia. Aparece mi historia, pero no si estoy vivo o muerto. Yo mismo no estoy seguro. Quizá creo que soy un viejo recordando y solo soy un espíritu errante incapaz de soltar amarras de este mundo, incapaz de desligarse de la mejor aventura de su vida. Pero, es que, como digo, aquello fue un éxito. Cuando el operativo asaltó la casa, pocos confiaban en mi intuición. Algún compañero se frotaba las manos pensando en ocupar mi puesto tras una sonora metedura de pata. No fue así. Allí estaban, durmiendo tan tranquilos, seguros de que nadie los encontraría en aquel pueblo remoto, frío, ventoso, poblado solo por unos pocos habitantes y muchas leyendas.

              Lo encontramos delgado y ojeroso, pero bastante sereno. Supongo que confiaba en que su familia pagaría. Dinero no les faltaba, sobre todo al hijo. Cuando nos despedimos, me dijo: «Gracias por su eficiencia comisario. No lo olvidaré». Me hice ilusiones pensando que tendrían algún detalle conmigo. Por supuesto, tenemos prohibido aceptar regalos, aunque nadie se va a enterar si te mandan un detallito a casa. Pero transcurrió el año, llegaron las siguientes Navidades y se fueron, y ni una triste cesta llegó a mi puerta.

              Cuando ya no esperaba nada, sonó el teléfono. No era un regalo, era una oferta. Una oferta para contratar mi eficiencia y pagarla adecuadamente. Comparé el sueldo que la brigada me pagaba por mis desvelos con la retribución por proteger a aquella familia. No lo dudé. A partir de ahí, todo fue rodado. Algún tiempo después monté mi propia empresa de seguridad especializada en proteger a celebridades. El final es bien conocido: mis herederos han vendido el negocio por un buen montón de millones de euros. Se puede decir que aquel terrible incidente tuvo un final feliz, no sólo para la víctima, sino especialmente para mí.

              Hace poco vi unos titulares sobre el hijo del secuestrado, que fue quien me contrató y fue mi jefe durante unos años. Siempre le dije que eso de ser tan casquivano le iba a traer problemas, pero nunca me hizo el menor caso. Yo tampoco insistí. Creo que no investigó mucho sobre mi antes de ofrecerme el puesto, si lo hubiera hecho, tal vez de habría enterado de que, además de eficaz, soy muy aficionado al ocultismo, que solía acudir a la feria anual de brujería, que tenía un romance con una aspirante a bruja domiciliada en la localidad y que participaba en aquelarres en el castillo. Ella fue quien ―sin conocer mi profesión―, me comentó las extrañas idas y venidas en aquel caserón de la plaza. Las fechas, los vehículos que utilizaban, lo que sabía y lo que intuía.

              Se enfadó bastante cuando me vio aparecer con los GEO. Me echó una maldición y, tal vez por eso, ahora mismo, no sé si estoy aquí o allá. Aunque igual no es la maldición sino la senilidad. En cualquier caso, el que también me maldijo fue mi compañero, el que logró rescatar al futbolista. Ese sí que fue eficaz de verdad y nada, ni una subida de sueldo. Y es que la suerte, ya se sabe, justa no es, por eso es suerte.

martes, 3 de marzo de 2026

HIJO PRÓDIGO

 Queridos padres:

              No está muy de moda escribir cartas. Yo, de hecho, creo que es la primera que escribo ya de adulto, pero no encuentro otra manera mejor de despedirme. Despedirme, sí: me voy; es decir, me fui hace unos días, no sé si os habéis dado cuenta. Supongo que os sorprende que sea yo el que me vaya esta vez. Siempre era él. Siempre suspirabais por su vuelta. Veremos a ver si suspiráis tanto por mí. No os lo toméis a mal, pero es que estoy harto. No lo estoy del trabajo, me gusta y siento dejarlo, pero las cosas han llegado a un punto en el que creo que esta es la mejor decisión.

              Mirad, pase que, desde mi más tierna infancia, esté oyendo a todas horas lo guapo que es mi hermano: los ojazos que tiene, ese pelo ensortijado que da pena cortar, lo salado y lo simpático que es. Pase que, cuando íbamos al colegio, eran más celebrados sus suspensos que mis buenas notas. Pase que, de adolescentes, toleraseis sus salidas de tono y sus comentarios cáusticos con una paciencia digna del mismo Job. Pase que yo me haya tenido que encargar de todo el trabajo de las fincas cuando él se fue de parranda y volvió al cabo de varios meses sin un duro y muerto de hambre. Pase, incluso, que le perdonaseis la segunda vez que volvió después de “tomar prestada” vuestra tarjeta de crédito y haberse fundido el saldo de la cuenta corriente. Pero todo tiene un límite: a la tercera va la vencida, como se suele decir.

              No, no lo entiendo. No comprendo que os haga gracia que me haya quitado la novia; que estéis dispuestos a pagarle la boda; que mamá sea la madrina; que le cedáis el piso de la plaza mayor y que le cojáis el traspaso del colmado para que tenga cómo ganarse la vida. No, no me sirve que me digáis que yo no necesito tanta atención y que solo hacéis todo lo posible por retenerlo; que es un espíritu inquieto como el tío Julián y que no queréis que acabe como él.

              Esos argumentos me han convencido hasta hoy, pero se acabó. Sugiero que él se empiece a encargar de algunas cosas; así os podréis ahorrar el dinero del traspaso. Entre vigilar el melocotón y la cereza, organizar la matanza y mantener en condiciones la parte de las acequias que nos corresponden va a estar entretenido. Yo, de momento, he conseguido un trabajo como carretillero en la fábrica de baterías, esa nueva que han instalado. No pagan mal y es bastante fácil conducir uno de esos cacharros después de tanto manejar el tractor. Me he apuntado, además, a un gimnasio y estoy tonteando con una chavala que he conocido en la sala de pesas y que no tengo la menor intención de presentaros, ni a vosotros ni a él.

              Por último, que sepáis que el que admiraba, de verdad, al tío Julián era yo. El que soñaba con ser instructor de esquí en invierno y monitor de buceo en verano, era yo. El que envidiaba esa capacidad de dejarlo todo y volverse a construir una nueva vida otra parte era vuestro otro hijo: el soso, el flacucho, el tímido. Aún estoy a tiempo y estoy decidido. Os iré mandando postales para que vayáis siguiendo mi trayectoria, pero no; yo no voy a volver.

Un abrazo.

jueves, 5 de febrero de 2026

ERROR

 

              ¡Que calor hace y que cansada estoy! ¡Menos mal que ya llego a casa! Lo he pasado fatal todo el día. Tengo los ojos irritados y cansados y me duele la espalda. La verdad es que fue una buena idea la de la nueva presidenta de escalera al solicitar que pusieran una pantalla con las noticias en el ascensor. Tengo poco tiempo y esos minutos que transcurren hasta la llegada al piso once me permiten enterarme, al menos, de los titulares más importantes del día. Cuando llegue a casa me sentaré ante el televisor a ver si me informo más detalladamente de alguna de ellas. Estoy entre el tema de los Estados Unidos, la vida privada de Julio Iglesias o lo de los chinos. Creo que voy a ver si me entero de lo de los chinos. Con eso de que son callados, discretos y nos quedan lejos, no les hacemos demasiado caso, pero he oído que nos están tomando la delantera en todo.

              Esta cerradura no va nada bien, la llave parece que rasca al entrar. Tendré que llamar al cerrajero y que me la cambie. El día menos pensado me voy a quedar en la calle. Los hermanos Pastor son los mejores. Corre el rumor de que su experiencia la adquirieron delinquiendo, vamos que eran unos hábiles rateros que se acabaron reinsertando. No se si será cierto o es una campaña de descrédito de la competencia. En cualquier caso, los llamaré. Son los mejores y también los más atractivos. Al operario que vino la última vez el mono le quedaba espectacular y el cinturón de herramientas lo llevaba con un estilo digno de la mejor pasarela.

              ¡Que gusto sentarme y quitarme los zapatos! Comprar este sofá fue un acierto. Me voy a preparar algo de merienda para reponer fuerzas que si no me voy a quedar dormida y luego será peor. ¡Qué extraño, no recuerdo haber lavado los platos! Esta cocina tan ordenada no parece mía. Si no fuera porque son mis muebles diría que estoy en otro sitio. Desde luego estoy fatal. Resulta que debí comprar yogur de frutas del bosque en lugar del de mango. Las galletas no son digestive avena sino chocolate y almendras. En fin, más vale eso que nada. Definitivamente cada día estoy más despistada. Me voy a tomar el yogurt mirando el panorama. Lo mejor que tiene este piso son las vistas. Siempre me relajan.

              Me estoy mareando un poco. No puede ser. Una cosa es lo del yogurt y las galletas, pero esto no. Esto es increíble. La vista es la misma, pero la perspectiva distinta. Parece que estoy más alta, alcanzo a ver más lejos. Miro a mi alrededor, pero no, esta es mi casa, son mis muebles, he entrado con mi llave. Miro al suelo, es mi alfombra, el libro sobre la mesa es el que estoy leyendo. Lo tomo y miro en que página esta el marcador. No, no es donde lo dejé ayer. Pero eso no quiere decir nada, me pude confundir, era ya tarde. Vuelvo a la cocina, abro los armarios. La vajilla es la mía. Pero todo está limpio, inmaculado, demasiado limpio, extrañamente limpio. El poto, en la maceta junto a la ventana, parece algo más grande y mejor cuidado que estaba ayer. Aguzo el oído, en el piso no hay más que silencio.

              Temblando, avanzo por el pasillo. Al fondo, dos puertas. Empujo despacio la primera, la del cuarto donde tengo el escritorio y los libros. Salto hacia atrás sobresaltada. Lo conozco, aunque nunca hemos hablado. Las escasas veces que nos hemos encontrado en el ascensor apenas me ha saludado.

              Hola me dice el vecino del piso doce ¡Hace tanto tiempo que te esperaba! ¿Está todo a tu gusto?

martes, 6 de enero de 2026

RETORNO DE VACACIONES

 

MADRE― Bienvenido hijo. No esperábamos tu visita tan pronto. ¿Cuándo has llegado de las vacaciones?

HIJO―Ayer, mamá. Tenía ganas de veros y contaros todo. Ha sido estupendo.

PADRE― ¿Dijiste que ibas a la montaña? No has llamado ni mandado una postal. Tu madre y yo estamos un poco enfadados. Hoy día con lo móviles eso de desaparecer y no decir nada ya no lo hace nadie

HIJO―No había cobertura donde he estado. Ha sido un viaje muy especial. Noelia y yo hemos hecho una travesía por el Himalaya: montes inmensos, paisajes desiertos, templos, pueblos anclados en el pasado. Ha sido maravilloso.

MADRE― Estupendo hijo. Y ¿Qué tal tu novia?

HIJO―Eso quería deciros. Noelia ya no es mi novia.

PADRE― Vaya, ¡qué pena! Parecía maja chica.

HIJO―Y lo es. Os comunico que en este viaje nos hemos casado.

MADRE― ¿Cómo?

HIJO―Sí. Por el rito budista. En el monasterio de Thikse a las afueras de Leh, en la zona india del Himalaya. Un monje bendijo nuestra unión con polen y agua sagrada. Llevábamos ropa roja y dorada que habíamos comprado en la ciudad para la ocasión, encendimos velas, recitamos los versos sagrados y, por último, ofrecimos flores y comida como ofrenda a Buda. Fue precioso. No os dijimos nada porque fue una decisión repentina. La atmósfera del lugar, el ambiente nos llevó a ello sin pensar.

PADRE― Ejem…Y por lo demás. El viaje bonito ¿no? Como era ¿en autocar?

HIJO―No, no. Andando, naturalmente. Pero con comodidades, por supuesto. Llevábamos un guía, ayudantes y un par, de mulas que cargaban con la impedimenta, tiendas de campaña, petates, comida, etc.

MADRE― ¿Y tu novia, digo, tu mujer, no se quejaba de ir andando y dormir en el suelo en el viaje de novios?

HIJO― ¡Que va! Si todo ha sido idea de ella. ¡Es fantástica! Mañana venimos a comer y os enseñamos las fotos. Y algún regalillo, claro, no vayáis a pensar que no nos hemos acordado de vosotros.

              El hijo se va.

PADRE― Pilarín, ¿Tu lo entiendes? ¿Qué clase de viaje es ese? ¿Para eso vinimos del pueblo y le dimos una buena educación en un colegio de curas? ¿Para que luego vaya de viaje andando como un pordiosero? ¿Durmiendo en el suelo? ¿Con mulas? ¿Para que se han inventado los coches?

MADRE― ¡Pues lo de la boda! Eso ni es boda ni es nada. ¡Con la ilusión de yo tenía de ser madrina, que me había comprado ya la peineta y la mantilla en La Parisien!

PADRE―Ahí creo que te precipitaste un poco. Mi hermana dice que eso ya no se estila.

MADRE―Mi cuñada que no quiere que luzca, pero yo miro las revistas y las madrinas de postín llevan. Mi ilusión era ser como ellas: como Cayetana de Alba, como Carmina Ordoñez, como Nati Abascal. Pero lo de apuntarle al club de montaña fue un error fatal, tuyo, por cierto.

PADRE―Pues lo de dejarle hacer Físicas en vez de Empresariales fue idea tuya ¡Que iba a salir científico! Lo veías de premio Nobel y en vez de eso profesor de secundaria. ¡Y ni siquiera tiene coche!

MADRE―Al final será todo culpa mía. Encima de que me he quedado sin boda, sin peineta y sin limusina. Que ya tenía mirados los precios. Hay una de color de rosa preciosa. ¿Qué novia no querría ir en una de esas el día más feliz de su vida? Esto lo tengo que arreglar yo que con vosotros dos no se puede contar.

              Noticiario de la radio local:

LOCUTOR―Un luctuoso suceso ha acaecido en la Avenida de Navarra de la capital aragonesa: Una sexagenaria enfurecida ha agredido a su nuera causándole serias lesiones. La víctima, que acababa de incorporarse a la familia, ha recibido un rotundo golpe propinado con una estatuilla de Buda en posición de loto obsequiada a su familia política tras el viaje de novios. Se desconocen las razones de la animadversión de la agresora por la joven, estimada profesora de educación física de un instituto local, pero ha trascendido que durante el interrogatorio la mujer ha dicho que deseaba que su hijo enviudara. No ha sido así. Desde esta emisora deseamos a la novia una pronta recuperación y mucha suerte a la feliz pareja. Visto lo visto, la van a necesitar.

martes, 2 de diciembre de 2025

EL UNIVERSO Y LA PRINCESA


Érase una vez, en un país no tan lejano, un rey y una reina a los que les encantaba el cine. Estaban siempre pendientes de la cartelera y no desperdiciaban ocasión de ver las películas más renombradas que más tarde, dulcificando algunos pasajes, relataban a su pequeña hija, como si de cuentos se tratase.

Una gélida tarde de invierno, el rey propuso acudir a un estreno muy esperado, algo verdaderamente especial. La reina objetó que el hada madrina estaba resfriada y no podía quedarse a cuidar de la princesa como habitualmente. Pero su esposo, que era de los que no cejan fácilmente en su empeño, arguyó que, siendo la película tolerada y dado que la princesa era una niña educada y paciente, no había ningún problema en que la llevaran con ellos porque, sin duda, disfrutaría de la proyección y empezaría a desarrollar la misma afición por el celuloide que sus padres.

Así pues, a eso de las cinco de la tarde, la regia familia se acomodó en tres confortables butacas de una sala amplia. Una enorme pantalla ocupaba la pared del fondo. Pronto se apagaron las luces y de la oscuridad emergieron unas imágenes sorprendentes que nadie esperaba y que a la princesa le resultaron incomprensibles y algo aburridas. Sin poderlo remediar, era la hora de la siesta, se le cerraron los ojos y se sumió en un sopor del que despertó repentinamente: Se vio rodeada por el cielo estrellado que invadía todo el espacio a la vez que una música suave y envolvente parecía arrastrarla hacia el fondo de esa inmensidad. Se sintió volar y jugó con una enorme rueda que giraba al compás de la melodía. Las imágenes se sucedieron, incomprensibles, pero fascinantes: hombres y mujeres que conversaban, astronautas, misteriosos personajes que se mantenían en silencio, voces que se apagaban lentamente y, más espacio, más estrellas, más inmensidad.

Abrió los ojos. El rey, inclinado sobre ella le decía: “Arriba Bella Durmiente, la película ha terminado”. Se levantó y, sintiéndose flotar, inició el camino de retorno hasta el palacio.

Tan grande fue el impacto de la película sobre la princesa que, años más tarde, renunció al trono, prefiriendo doctorarse en astrofísica y consiguiendo una plaza en un lejano observatorio llamado El Roque de los muchachos. El paisaje era inhóspito, pero las noches oscuras y el cielo estrellado le evocaban aquella primera sensación de infancia y hacían que se sintiera más feliz allí que en cualquier otro lugar. Uno de sus compañeros de trabajo era un extraño joven del que nadie sabía de donde había venido. Cuando le preguntaban, respondía que había ido a parar allí por casualidad, procedente de un pequeño planeta, y se negaba a dar más explicaciones. Por ese motivo le apodaron “El principito” y nadie lo conocía por otro nombre.

La princesa y el principito se enamoraron perdidamente y decidieron pasar el resto de sus vidas juntos. Acordaron ser felices, pero no comer perdices ya que el principito era vegano. Celebraron su unión con una enorme tarta de calabaza ya que, como dijo la princesa, las calabazas resultan mucho mejor en pasteles que en carroza.

Y colorín colorado. Este cuento se ha acabado. 

martes, 4 de noviembre de 2025

UNA SONRISA Y UNA OBSESIÓN

 

              Mis mañanas empezaban muy temprano. El despertador sonaba y yo, somnolienta, remoloneaba, apurando el tiempo para disfrutar de la calidez de las sábanas un poco más. Esos minutos de retraso me obligaban, algo más tarde, a correr para alcanzar el autobús ― siempre puntual― que me había de llevar al trabajo.

              Él apareció un día del mes de octubre. Vistiendo camiseta remangada y unos pantalones de trabajo azules con peto, empujaba una carretilla alta y cargada en dirección a uno de los comercios cercanos. Me cedió el paso con una sonrisa y me pareció sentir su mirada a mi espalda al alejarme.

              Por alguna razón, tal vez un cambio de turno, nuestros caminos empezaron a cruzarse todas las mañanas y también todas ellas, se repetía el rito de la cesión de paso y de la sonrisa discreta y algo burlona.

              El trayecto de media hora hasta el trabajo pasó de ser un rato vacío, en el que mi cerebro parecía aletargado, a ser el momento más interesante del día. Cada mañana me fijaba en un detalle nuevo de su aspecto y fantaseaba con lo que no podía ver. ¿Cómo serían sus manos, siempre cubiertas por aquellos guantes de trabajo? ¿Por qué su sonrisa parecía tan divertida? ¿Era casualidad que nos encontráramos o tal vez un cambio de horario deliberado?

              No nos saludábamos. Ni un triste “buenos días” salió de nuestros labios. Tal vez los dos disfrutábamos de ese intercambio de miradas y temíamos que el sonido de nuestras voces rompiera el encanto.

              Un día, meses después, desapareció. Lo echaba de menos. Me faltaba ese gesto amigable para empezar la jornada con algo de optimismo. Mis viajes en autobús volvieron a ser monótonos y mi llegada al trabajo, somnolienta y malhumorada. Lo olvidé, como se olvidan tantas pequeñas cosas que nos acontecen en el día a día. Me apunté a una academia de arte y espanté la rutina aprendiendo técnicas de dibujo y pintura.

Una tarde, mi profesor me acompañó a una de las aulas del piso superior. “Ya es hora de que cambies de nivel” ―me dijo―. Al entrar, me quedé petrificada mientras su voz ―que sonaba en off― insistía: “Adelante, ¿no decías que estabas harta de bodegones?”

              Me acerqué a uno de los caballetes que había preparados y, con un carboncillo, inicié los trazos que dibujaban un pelo rizado, unos ojos grandes y una sonrisa. Su sonrisa. Descubrí sus manos, grandes y fuertes, como era previsible, y su silueta, esbelta, como yo la recordaba. Pero sin camiseta, ni pantalón de peto, ni carretilla alguna.

              A partir de aquel día, y durante el resto del curso, no dibujé otra cosa. Las paredes de mi cuarto estaban empapeladas con apuntes y bocetos que sólo lo mostraban a él: retratos en primer plano, esbozos en la distancia, en negro, en sepia. Los profesores intentaron, sin éxito, que variara, utilizando otros modelos de dibujo del natural. Seguíamos sin hablar, sin enturbiar el encanto de nuestro mudo reencuentro.

              Tras las vacaciones de verano, esperaba impaciente la vuelta a la academia. Compré una revista y me senté en la terraza a disfrutar de los rayos del sol de septiembre. Y lo vi. En un anuncio a toda página: pantalones de lino beis, americana a juego, su sempiterna sonrisa. Sus ojos, en el centro de la fotografía, parecían mirarme. Cuando lo vi en el anuncio de Armani, supe que aquella historia había terminado para siempre.

FANTASÍA DE ABUELOS

                Era un pueblo pequeño, como tantos, ni cerca del mar ni de la montaña. De gente que había vivido siempre a lo suyo, sin dema...